Entre tintas, sedas y cenizas

Capítulo 5

El aire fresco de la mañana en Florencia solía traer una serenidad engañosa a la Villa Moretti, pero esa jornada se sentía enrarecida desde las primeras horas. En la biblioteca principal, donde las estanterías de caoba cobijaban siglos de historia, el aroma habitual a cuero antiguo y café recién colado estaba desplazado por una tensión sofocante.
Mi padre permanecía de pie junto al gran escritorio de nogal, con los nudillos apoyados sobre la superficie de madera pulida. Frente a él, mi madre hojeaba una libreta de notas con tapas de piel y un fajo de fotografías tomadas desde la distancia. Sus rostros no expresaban ira desmedida, sino algo mucho más peligroso: una fría y calculadora indignación.
Entré en la estancia tras ser convocada con una urgencia inusual. Llevaba un vestido sencillo de punto azul marino, pero el estómago se me encogió en cuanto crucé el umbral y percibí la atmósfera pesada de la habitación.

-pasa, Caterina

Ordenó mi padre sin levantar la mirada de los papeles, con un tono neutro que helaba la sangre.
Mi madre cerró la libreta con un golpe seco que resonó en las paredes de la biblioteca.

-nos hemos tomado la molestia de investigar tus recientes y repentinas salidas de la universidad

Comenzó ella, manteniendo una postura erguida e impecable.

-durante semanas has estado evadiendo la vigilancia de tu chofer y tus acompañantes. Pensamos que quizás te tomabas licencias para estudiar en la biblioteca central o preparar tus exámenes finales. Sin embargo, los rumores han comenzado a circular por lugares donde el apellido Moretti jamás debería ser mencionado

Sentí cómo la sangre se me helaba en las venas. Intenté mantener la barbilla en alto, imitando la compostura que me habían enseñado desde la infancia, pero mis manos comenzaron a temblar levemente.

-madre, no entiendo de qué hablan...

Inicié, tratando de dar a mi voz una firmeza que no sentía.

-¡No mientas!

Estalló mi padre, golpeando el escritorio con la palma de la mano. El eco del impacto hizo vibrar los tinteros de cristal.

-no nos insultes a tu madre y a mí intentando negar lo evidente. Tenemos informes detallados. Un muchacho de los barrios obreros, un restaurador con las manos manchadas de pintura y sin un solo centavo a su nombre

Mi padre lanzó sobre la mesa dos fotografías impresas en papel mate. Bajé la mirada y sentí una punzada en el pecho: en una de ellas, aparecía saliendo del taller de Oltrarno bajo la luz dorada del atardecer; en la otra, reía abiertamente junto a Matteo en un puesto de la feria, con las manos entrelazadas en un gesto involuntario de complicidad.

-¿Es esto lo que esperas de tu vida?

Intervino mi madre, acercándose a ella con paso firme y la mirada llena de desprecio.

-¿Arruinar generaciones de prestigio por un capricho juvenil con un don nadie? Los Di Santis ya han escuchado susurros en los clubes aristocráticos. Lorenzo ha preguntado sutilmente a tu padre si hay algo de qué preocuparse, ¿Tienes idea de la humillación que esto representa para esta familia?
-Matteo no es un don nadie

Articulé, sorprendiéndome a mí misma por la valentía de mis palabras, aunque la voz me tembló al pronunciar el nombre.

-es un hombre honesto, un artista que trabaja con sus manos. Él no me ve como un negocio ni como una pieza de intercambio para consolidar un apellido

Mi madre soltó una risa amarga y corta, sacudiendo la cabeza con lástima.

-¿Honesto?

Repitió la matriarca con desdén.

-es un oportunista, Caterina. Un muchacho de la clase trabajadora que sabe perfectamente quién eres y cuánto vale la firma Moretti. Te ha utilizado para escalar o para extorsionarnos, ¿De verdad eres tan ingenua como para creer que un hombre de su calaña se fijaría en ti por algo distinto a tu fortuna?
-¡Eso no es verdad!

Protesté, sintiendo cómo las lágrimas de impotencia pugnaban por salir de mis ojos.

-él ni siquiera sabía quién era yo cuando nos conocimos. No todos en este mundo miden el afecto en libras esterlinas o en acciones de bolsa

Mi padre rodeó el escritorio y se plantó frente a mí, reduciendo el espacio entre ambos hasta que pude sentir la presión sofocante de su presencia.

-escúchame bien, Caterina

Dijo el patriarca con una voz grave y firme, señalándola con un dedo inquisidor.

-la diversión ha terminado. No volverás a poner un pie en la ribera sur del Arno. No volverás a salir de esta propiedad sin una escolta permanente y tus clases en la universidad quedan suspendidas indefinidamente hasta que la boda con Lorenzo esté fijada en el calendario
-¡No pueden encerrarme como a una prisionera!

Exclamé, dando un paso atrás.

-podemos y lo haremos, si es necesario para protegerte de ti misma

Sentenció mi padre sin un solo rastro de duda.

-este imperio no se construyó para que una chiquilla mimada lo destruya por una fantasía de novela. Si ese muchacho vuelve a acercarse a ti, o si tú intentas contactarlo, me encargaré personalmente de que no vuelva a encontrar trabajo de restauración en toda Italia. Le arruinaré la vida, Caterina. Y sabes perfectamente que tengo el poder para hacerlo

Las palabras de mi padre no eran una amenaza vana, eran un hecho frío e innegable. Conocía el alcance de sus influencias en la ciudad, su capacidad para cerrar puertas y aplastar vidas sin despeinarse.

-Por favor... no le hagan nada

Supliqué en un murmullo, sintiendo cómo el orgullo se me desmoronaba en el pecho.

-él no tiene la culpa
-eso depende exclusivamente de ti

Concluyó mi madre, tomándome del brazo para conducirme hacia la puerta.

-ahora ve a tu habitación. Debes prepararte, esta noche cenaremos con la familia Di Santis para fijar la fecha oficial del compromiso. Y quiero verte sonreír, Caterina. La sombra de este escándalo morirá hoy mismo

Subí las escaleras hacia mi dormitorio como si arrastrara cadenas invisibles. Al cerrar la puerta tras de mí, me apoyé contra la madera y dejé caer las lágrimas que había contenido frente a mis padres. Miré por la ventana hacia el horizonte de Florencia, donde el sol matutino iluminaba las colinas de la Toscana. El mundo exterior seguía su curso, brillante y ajeno a su dolor, mientras las sombras de la ambición familiar se cerraban sobre mí, amenazando con sofocar la única chispa de vida verdadera que había conocido.




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