Entre tintas, sedas y cenizas

Capítulo 6

[Matteo Rossi]
La noche sobre el barrio de Oltrarno no traía el silencio de las colinas residenciales, sino el eco lejano del río y el crujir de las vigas viejas. En la penumbra del taller, trabajaba bajo la luz vacilante de un lámpara de aceite. Con una espátula fina, retiraba capas de barniz oxidado de un retablo del siglo XVI, buscando devolverle la luz a un rostro de madera desgastada. Sin embargo, mi mente no estaba en la obra. Llevaba tres días sin saber de Caterina, tres días de silencio en los que la ausencia de su risa convertía el espacio en un desierto de madera y trementina.
El sonido de varios pasos pesados irrumpió en el pasadizo exterior. Antes de que pudiera levantarme a comprobar la cerradura, la puerta de entrada de madera maciza saltó en pedazos de un golpe seco y violento.
Tres hombres vestidos con abrigos oscuros y sombreros de ala ancha se adentraron en la estancia. El primero en cruzar el umbral era alto, de hombros anchos y rostro surcado por una expresión de fría brutalidad profesional. No eran matones de poca monta ni ladrones de callejón, la elegancia sobria de sus cortes de tela delataba a quién servían.

-¿Matteo Rossi?

Preguntó el hombre al frente, con un tono neutro que no esperaba respuesta.
Me puse en pie de inmediato, apretando la espátula entre mis dedos. La adrenalina me recorrió la espalda como una descarga de corriente.

-este es un taller privado

Dije, manteniendo la voz firme y la mirada fija en el cabecilla.

-si buscan un encargo, no es la forma ni la hora

El hombre no se molestó en responder. Con un movimiento deliberado y parsimonioso, avanzó hacia uno de los grandes lienzos en los que había estado trabajando durante semanas: un paisaje de la Toscana donde la luz del atardecer doraba los cipreses. Sacó una navaja del bolsillo interior de su saco, desplegó la hoja de acero brillante con un chasquido sordo y la atravesó en el centro del lienzo, rasgándolo de arriba a abajo con un chirrido desgarrador.

-¡Oye!

Grité, avanzando impulsivamente hacia él.
Los otros dos hombres reaccionaron con precisión calculada. Uno me atrapó el brazo por la espalda, retorciéndolo hacia arriba con una fuerza brutal, mientras el segundo me propinó un golpe seco en el estómago con el puño cerrado.
Caí de rodillas sobre el suelo de piedra, ahogando un gemido mientras el aire se me escapaba de los pulmones. El olor a polvo de tiza y pintura fresca mezclado con el sudor de la agresión me saturó los sentidos.
El cabecilla se acercó a él despacio. Con la punta de la bota de cuero lustrado, volcó una mesa auxiliar, enviando al suelo docenas de frascos de vidrio, pinceles de cerda fina y tarros de pigmentos en polvo que se esparcieron formando una nube de rojo bermellón y azul sobre las losas.

-traigo un mensaje del señor Carlos Moretti

Dijo el hombre, agachándose a mi altura y tomándome del cabello con brusquedad para obligarme a mirarlo de frente.

-pareces un tipo inteligente, Rossi. Un artesano que sabe lo que cuesta construir algo con las manos. Sería una lástima que esas manos terminaran partidas en varios pedazos antes de que termine la semana

Apreté los dientes, sintiendo el sabor metálico de la sangre en el labio inferior, pero no bajé la mirada.

-dile a Moretti que Caterina no es de su propiedad

Articulé con dificultad, sosteniendo la vista del agresor con un desafío ardiente.
El hombre sonrió con una frialdad espeluznante y me aplicó una leve presión sobre la mandíbula con los nudillos.

-a la familia Moretti no le importa lo que pienses. Te lo explicaremos de forma sencilla: la señorita Moretti pertenece a un mundo en el que tú ni siquiera serías contratado para barrer los establos. Si vuelves a acercarte a ella, si intentas buscarla, si pronuncias su nombre o si respondes a sus cartas, la próxima vez no romperemos tus pinturas. Romperemos tu taller, arruinaremos a tu familia en el barrio y nos aseguraremos de que termines en una fosa del Arno

El matón me soltó de golpe, haciendo que mi cabeza rebotara levemente contra el piso.

-el señor Moretti tiene recursos infinitos

Añadió el hombre, poniéndose de pie y limpiándose los guantes de piel con parsimonia.

-tú solo tienes esto: un rincón lleno de trapos viejos y madera podrida. Desaparece de Florencia. Si tienes algo de aprecio por esa muchacha, sabrás que permanecer a su lado solo va a destruirla a ella y a ti

Los tres hombres se giraron sin prisa, dejando tras de sí el rastro de la puerta destrozada y el silencio pesado de la noche.
Permanecí unos minutos tendido en el suelo, tratando de recuperar el aliento mientras la ira y el dolor le abrasaban el pecho. Me incorporé despacio, apoyándome contra la pata de la mesa de trabajo. A mi alrededor, la escena era desoladora: meses de trabajo meticuloso yacían destruidos, cubiertos por manchas de pigmento rojo que parecían sangre derramada sobre la piedra.
Me pasé la mano por el rostro, dejando un rastro de tiza y sangre en su piel. Las amenazas de Moretti no me asustaban, conocía los riesgos de desafiar a los poderosos de la ciudad. Pero las palabras del matón sobre Caterina resonaban en mi cabeza como un eco martilleante: permanecer a su lado solo va a destruirla a ella.
Sabía que Carlos Moretti era un hombre implacable, capaz de encerrar a su propia hija en una jaula de oro y privarla de todo aire si eso servía para mantener sus alianzas. Si me quedaba en Florencia intentando verla a escondidas, solo lograría que la presión sobre Caterina fuera cada vez más asfixiante y peligrosa. Para protegerla de las garras de su propia familia, necesitaba convertirme en alguien que la familia Moretti no pudiera aplastar de un plumazo desde su despacho. Necesitaba poder, estatus y un escudo que los hilos del imperio textil no pudieran rasgar.
Miré el lienzo rasgado en el suelo y apreté el puño con determinación. Había tomado una decisión. Una decisión dolorosa, nacida del amor más puro y la valentía más desesperada, que cambiaría el rumbo de nuestras vidas para siempre.




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