Entre tintas, sedas y cenizas

Capítulo 8

[Matteo Rossi]
El barro grisáceo del campamento de instrucción se adhería a las botas de cuero rígido con la terquedad de un parásito. Bajo un cielo plomizo y constante que parecía haber olvidado el azul brillante de la Toscana, permanecía alineado junto a un centenar de reclutas. El silbato del sargento perforaba el aire de la mañana con la violencia de una navaja, marcando un ritmo implacable de marchas, maniobras y órdenes gritadas a escasos centímetros de los rostros exhaustos.
Mis manos, acostumbradas a sujetar pinceles de cerda fina y a rozar con paciencia las capas de barniz de los lienzos antiguos, lucían ahora ásperas, cubiertas de callos gruesos, grietas abiertas por la cal y manchas de grasa de fusil. La pesada carga de la mochila militar me hundía los hombros, y el roce del uniforme de lana sobre la piel me recordaba en cada paso que su antigua vida había sido reducida a escombros.
Sin embargo, en medio del agotamiento físico y la disciplina sofocante del cuartel, mi mente habitaba en otro lugar. Cuando los músculos me pedían tregua durante las largas jornadas de instrucción bajo la lluvia, cerraba los ojos e invocaba la imagen de Caterina bajo la luz de la farola, sintiendo la textura de su piel y el calor de aquel último beso de despedida. Ese recuerdo no era una simple distracción, era la única armadura real que me mantenía en pie entre la mugre y el frío.
Al caer la noche, en la penumbra del barracón iluminado apenas por un par de lámparas de kerosén, el espacio se llenaba con los ronquidos pesados de los soldados, los murmullos de nostalgia y el olor a tabaco barato. Me acomodaba en mi yacija de paja, sacaba un pequeño trozo de lápiz de plomo que guardaba en el bolsillo interior de la guerrera y, sobre un papel gastado que protegía del agua, escribía las palabras que el orgullo y la distancia no podían acallar. Sabía que mis cartas tardarían semanas en llegar o que quizás serían interceptadas, pero plasmarlas sobre el papel era la única forma de no volverme loco.

[Caterina Moretti]
En las colinas de Florencia, el silencio de la Villa Moretti resultaba infinitamente más doloroso que cualquier grito de cuartel.
Permanecía sentada frente al gran ventanal de mi dormitorio. La mansión familiar se había convertido en una prisión de mármol y cortinajes pesados. Tras el incidente con Matteo y las amenazas de mi padre, la vigilancia se había multiplicado por diez. El chofer tenía órdenes estrictas de no desviarse un solo metro de los trayectos autorizados, las salidas a la universidad habían sido canceladas con la excusa oficial de una «indisposición de salud» y dos sirvientas de confianza de mi madre me acompañaban discretamente incluso durante los breves paseos por los jardines privados.
El vacío en mi pecho era una presencia física, un peso constante que me dificultaba la respiración. Mis días transcurrían en una monotonía asfixiante: mañanas dedicadas a revisar los catálogos de encajes para el vestuario de la próxima temporada, tardes de lecciones de protocolo con su madre y noches silenciosas contemplando las luces de la ciudad desde la distancia.

-tienes que comer algo más, Caterina

Dijo mi madre una tarde, entrando en el tocador mientras la joven miraba fijamente una taza de té intacta.

-luces pálida, y la próxima semana vendrá el sastre de la familia Di Santis para tomar las medidas finales del vestido de gala para la fiesta de la cosecha. No podemos permitir que te veas deslucida

Ni siquiera me molesté en girarme. Mantuve los ojos fijos en el horizonte, donde la silueta lejana del cupal del Duomo se recortaba contra el atardecer.

-no me importa el vestido, madre

Respondí con una voz desprovista de emoción, neutra y helada.
Mi madre dejó escapar un suspiro de impaciencia, acercándose a mí para ajustar el cuello de la bata de seda.

-superarás esta necedad

Sentenció la matriarca con dureza calculada.

-las mujeres de nuestra estirpe no nos entregamos a dramas de novela pasional. Tu padre ha actuado como debía para proteger tu futuro. Ese muchacho está donde debe estar, sirviendo a la patria y aprendiendo cuál es su verdadero lugar en el mundo. En unos meses ni siquiera recordarás su nombre

«Jamás lo olvidaré» pensé en silencio, apretando los puños debajo de la tela del vestido hasta que las uñas se me clavaron en las palmas.
La frialdad de mi familia era un muro infranqueable, pero por dentro algo había cambiado. La muchacha sumisa que ensayaba sonrisas frente al espejo ya no existía. En su lugar, el dolor de la ausencia y el recuerdo de la pasión descubierta en los brazos de Matteo habían sembrado una semilla de resistencia silenciosa. Aceptaba las órdenes de mis padres, caminaba con la espalda recta por los pasillos de la mansión y escuchaba sin replicar los planes sobre el compromiso con Lorenzo, pero todo era una fachada. Una actuación meticulosa para ganar tiempo y evitar que volvieran a ensañarse con el hombre que amaba.
Aquella noche, cuando la casa quedó sumida en la oscuridad, me deslicé fuera de la cama. Caminé hasta el pequeño escritorio de caoba, abrí el cajón secreto oculto bajo el doble fondo del mueble y saqué el trozo de papel arrugado que Matteo me había dejado entre las pinturas semanas atrás.
Me llevé el papel a los labios, inhalando el rastro casi invisible de trementina que aún conservaba la fibra. En la oscuridad de mi encierro, mientras la brisa de la noche movía las pesadas cortinas de la habitación, renové mi voto en silencio. Estaba aislada, rodeada de muros de piedra y cadenas de oro, pero mi corazón marchaba al mismo paso firme que las botas de aquel soldado entre el barro del frente.




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