Mi dulce Caterina:
Te escribo desde el rincón más oscuro del barracón, bajo la luz parpadeante de un farol gastado y con el barro de la instrucción aún pegado a las botas. A mi alrededor solo hay silencio interrumpiéndose por el murmullo de hombres cansados, pero en mi mente sigue resonando el eco de tu risa junto al río Arno y el roce de tus labios bajo la luz de las farolas.
El frío de este lugar intenta colarse hasta los huesos, y la disciplina militar busca borrar el nombre de cada uno de nosotros para convertirnos en números. Sin embargo, no lo consiguen. Cada vez que el cansancio amenaza con derribarme, cierro los ojos y me refugio en el recuerdo de tu mirada, en la calidez de tu piel y en la fuerza de la promesa que nos hicimos antes de que naciera el alba.
Sé que la distancia es grande y que las paredes de tu mansión querrán hacerte creer que este amor fue solo un sueño pasajero. Sé que tus padres presionarán para apagar tu luz y cerrar las rejas de tu jaula. Pero te imploro que no lo permitas. Que guardes este fuego intacto en tu pecho.
No importa cuántas leguas nos separen, ni cuántos días pasen sin que pueda volver a tocar tu mano. El uniforme que llevo no me cambia por dentro, sigo siendo el mismo hombre que se enamoró de una chica manchada de azul cobalto. La distancia solo es tiempo que espera a ser devorado cuando vuelva a sostenerte entre mis brazos.
Resiste, mi amor. Mantén la cabeza alta y el corazón firme.
Tuyo en cada pensamiento,
-Matteo
Editado: 08.10.2026