Entre tintas, sedas y cenizas

Capítulo 11

La lluvia torrencial que azotaba Florencia aquella noche era una bendición velada. El agua repiqueteaba con violencia contra los tejados de terracota, ahogando cualquier ruido y cegando las ventanas de la Villa Moretti. La vigilancia en la mansión se había relajado tras la interceptación de la carta, mis padres creían que, despojada de toda esperanza y confinada a sus aposentos, me había entregado finalmente a la resignación.
No podían estar más equivocados.
A través de un aviso deslizado a una de las sirvientas de la cocina cuya familia pertenecía al barrio obrero de Oltrarno, me enteré de la verdad: el regimiento de Matteo haría un alto de pocas horas en el antiguo refugio de cazadores a las afueras de la ciudad antes del despliegue definitivo hacia el frente. Era una sola noche. La última oportunidad antes de que el batallón marchara al amanecer.
A medianoche, usando la llave de servicio que había conseguido durante mis incursiones a los archivos, me deslicé fuera de la mansión. Llevaba una capa de lana oscura que la protegía del frío y botas de montar. Atravesé el bosque de olivos bajo la tormenta, corriendo sin mirar atrás, guiada únicamente por el latido salvaje de mi corazón y la desesperación de tocar al hombre que amaba.
El viejo refugio de piedra, oculto entre los cipreses de la colina, permanecía en penumbra. Una tenue luz dorada se filtraba por las rendijas de la puerta de madera.
Empujé la puerta con las manos temblorosas. El olor a leña quemada, paja seca y lluvia sobre la piedra me envolvió de inmediato. Y allí, junto a la chimenea donde las brasas crujían en silencio, estaba él.
Matteo vestía su uniforme militar, pero la chaqueta yacía desabrochada sobre una silla. Al escuchar el crujido de la puerta, se giró de golpe. Sus ojos, marcados por la fatiga de semanas de dura instrucción, se abrieron de par en par al ver la figura empapada que cruzaba el umbral.

-¿Caterina?

Murmuró, como si invocara un fantasma o un sueño imposible. No respondí con palabras. Dejé caer la capa mojada al suelo y me arrojé a sus brazos.
El impacto de nuestros cuerpos hizo retroceder a Matteo un paso, pero de inmediato me rodeó con la fuerza de un hombre que recupera el aire tras estar a punto de ahogarse. Sus manos, áspera presencia de callos y cicatrices de soldado, se enredaron en mi cabello húmedo, atrayéndome hacia sí con un frenesí desesperado.

-no podía dejar que te fueras sin volver a tocarte

Sollocé contra su cuello, buscando el calor de su piel.

-mi dulce amor

Susurró Matteo, besándome el rostro, las mejillas frías por la lluvia, las lágrimas que se mezclaban con las gotas de agua y, finalmente, mis labios.
Fue un beso abrumador, cargado del dolor de la distancia, la rabia por las injusticias sufridas y una pasión voraz que llevaba meses contenida.
Matteo me tomó en brazos y me llevó hacia la yacija de mantas secas extendidas junto al fuego de la chimenea. Las brasas proyectaban sombras cálidas y anaranjadas sobre las paredes de piedra, convirtiendo el modesto refugio en un altar sagrado.
Con dedos temblorosos pero decididos, Matteo comenzó a desabrochar los botones de mi vestido. Cada trozo de tela que cedía dejaba al descubierto mi piel blanca y estremecida. Él me miraba con una devoción casi religiosa, adorando cada centímetro de mi cuerpo con la ternura de un artista y el deseo desbordante de un hombre enamorado.

-eres mi vida entera, Caterina

Murmuró Matteo, inclinándose para trazar con sus labios un camino de besos desde su cuello hasta sus hombros descubiertos, haciéndome arquear la espalda con un suspiro ahogado.
Guiada por un instinto puro y sin los frenos del miedo o la vergüenza, le retiré la camisa militar. Deslicé mis manos por el pecho firme y marcado de Matteo, sintiendo el galope acelerado de su corazón bajo la piel cálida.
Aquella noche no hubo prisas ni sombras del pasado. En cada caricia, en cada gemido sofocado por la penumbra y en cada choque de nuestras pieles, fundiéndose en una unión madura donde la pasión se convirtió en un pacto indestructible.

***
Sobre el lecho improvisado, permanecía tendida con la mirada fija en las vigas del techo. La fina camisa de lino de Matteo me cubría apenas el torso. A mi lado, Matteo me contemplaba en penumbra, apoyado sobre un codo, trazando con la yema del índice líneas invisibles sobre la curva de mi espalda desnuda.

-a veces pienso que todo esto es un espejismo

Murmuró Matteo, rompiendo la quietud con una voz áspera y baja, cargada de una ternura infinita.

-que al cerrar los ojos despertaré en la celda del cuartel y que nunca te tuve entre mis brazos

Me giré despacio hacia él. Estiré la mano y apoyé la palma abierta sobre el pecho al descubierto de mi valiente soldado, sintiendo la firmeza de sus músculos y el latido sereno de su corazón.

-tócame, Matteo

Dije en un susurro grave, guiando la mano de él hasta posarla sobre mi cuello, justo donde la pulsación de mi sangre latía con fuerza.

-¿Sientes esto? Esto es lo único real que me queda en el mundo. La mujer que está aquí contigo no es una heredera, ni la prometida de un aristócrata. Soy yo. Tuya

Matteo se inclinó sobre mí, atrapando nuestros labios en un beso pausado, dulce y abrasador. No había prisa en el movimiento. Deslizó las manos por mi cintura, pegándome de nuevo contra la calidez de su cuerpo. El contacto volvió a encender una chispa inevitable.
Ahogué un suspiro entre los labios de Matteo cuando los dedos de él se enredaron en mis muslos, elevándome sutilmente para acomodarme bajo su peso.

-si el mundo de allí fuera exige que nos destruyamos, que lo intente

Susurró Matteo contra la piel de mi garganta, descendiendo una senda de besos ardientes hacia el nacimiento de sus pechos.

-enséñame a no tener miedo

Le imploré, cerrando los ojos mientras me arqueaba levemente hacia su toque, sintiendo un estremecimiento de puro placer recorrerme la espina dorsal.




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