Entre tintas, sedas y cenizas

Capítulo 15

El espejo de cuerpo entero del tocador devolvía una imagen que apenas lograba reconocer como propia. El vestido de corte imperial, confeccionado en pesado tafetán de seda color marfil, caía sobre mi silueta con una estructura rígida que disimulaba con fría maestría el incipiente abultamiento de mi vientre. Tres costureras trabajaban de rodillas a su alrededor, hincando alfileres en el dobladillo con la precisión de cirujanos, mientras mi madre supervisaba cada pliegue desde el sofá con una taza de té de porcelana fina entre las manos.
Para el mundo exterior, yo era la prometida afortunada a escasos días de unir su vida con el heredero de la casa Di Santis. Para la Villa Moretti, era la pieza central de un espectáculo que no admitía fisuras. Pero por dentro, caminaba por un desierto de cenizas.
Desde la llegada del telegrama con el sello negro, el tiempo se había transformado en un tormento lento y espeso. El dolor por la supuesta muerte de Matteo se alojaba en mi garganta como una piedra afilada que le impedía tragar y le robaba el aliento. Sin embargo, en aquella casa, hasta el dolor estaba sometido a las leyes del protocolo. No se me permitía vestir de negro, no se me permitía guardar silencio durante las visitas de la aristocracia ni mucho menos dejar caer una sola lágrima que pudiera arruinar el encaje de Flandes del vestuario o disparar los susurros de los invitados.

-ajusten más la cintura en la parte trasera

Ordenó mi madre, señalando con la punta de la pluma el talle del vestido.

-no podemos permitir que el tejido se vea suelto. Debe lucir impecable para la recepción de esta noche
-madre, el vestido aprieta demasiado

Murmuré con una voz apagada, desprovista de cualquier matiz de protesta, sintiendo cómo la estructura de ballenas de ballena ejercía una presión peligrosa sobre mi abdomen.

-es el talle adecuado para una novia de tu alcurnia, Caterina

Replicó ella, poniéndose de pie y acercándose para mirarme fijamente a los ojos a través del espejo.

-y quita esa expresión lúgubre de tu rostro. En dos horas comenzarán a llegar los invitados a la cena de ensayo. Lorenzo estará aquí y no toleraré una sola muestra de apatía por tu parte
-Matteo está muerto

Pronuncié en un susurro casi inaudible, buscando con desesperación una grieta de humanidad en su rostro.
Mi madre no pestañeó. Su rostro permaneció tan liso y distante como el mármol de las estatuas del jardín.

-ese nombre no vuelve a cruzarse por tus labios en esta casa

Dijo con un tono de voz que helaba la sangre.

-el pasado se ha cerrado. Tu deber es con esta familia, con tu padre y con el futuro que hemos construido para ti. Compórtate como la mujer que educamos, o te juro que las consecuencias no solo las sufrirás tú

La amenaza flotó en el aire, pesada y sofocante. Apreté los dientes, tragándome la impotencia. Cerré las manos en puños ocultos entre los pliegues de la falda de seda y clavé las uñas en mis palmas hasta sentir dolor, usando esa punzada física para anclar mi cordura y no quebrarme frente a las costureras.
Al caer la tarde, los grandes salones de la villa se llenaron con el murmullo ensordecedor de la alta sociedad florentina. Decenas de invitados vestidos con sus mejores galas circulaban entre bandejas de plata, copas de cristal de Murano y acordes de un cuarteto de cuerdas que interpretaba piezas alegres.
Yo permanecía erguida en el centro del salón, al lado de Lorenzo di Santis. Llevaba una sonrisa de cera dibujada en el rostro, respondiendo de forma mecánica a las felicitaciones de los condes, industriales y magistrados que se acercaban a saludarnos.

-luces encantadora esta noche, Caterina

Comentó Lorenzo, pasando un brazo por mi cintura con un dominio posesivo que me hizo erizar la piel de asco.

-aunque he notado que apenas has probado el vino ni la cena. Espero que no estés cultivando melancolías absurdas antes de nuestro gran día
-es solo el cansancio de los preparativos, Lorenzo

Respondí, desviando la mirada hacia las grandes puertas de cristal que daban al jardín.

-me alegra escucharlo

Dijo él, inclinándose hacia su oreja para hablar en un susurro bajo y tajante.

-porque en nuestro matrimonio no habrá espacio para fantasías del pasado. Serás la señora Di Santis, y tu única lealtad estará en mantener la reputación de mi apellido intacta

Sentí una oleada de náuseas recorrerme el estómago, pero obligué a mi cuerpo a mantenerse firme. En medio de aquel mar de risas falsas, joyas deslumbrantes y discursos vacíos sobre el honor y la tradición, me sentía más sola que nunca. Aquella sociedad refinada y opulenta que se jactaba de su cultura no era más que un nido de víboras que devoraba a cualquiera que intentara vivir con verdad.
Aprovechando que Lorenzo se distrajo en una conversación sobre inversiones inmobiliarias con su padre, me escabullí discretamente hacia el pasillo lateral y me refugié en el pequeño balcón que daba a los establos traseros.
El aire frío de la noche de noviembre me rozó el rostro ardiente, trayéndome un alivio instantáneo. Me apoyé contra la barandilla de piedra y miré hacia la oscuridad de las colinas. Allá a lo lejos, el barrio de Oltrarno dormía en silencio, ajeno a la farsa que se celebraba en la mansión.
Me llevé la mano derecha al vientre de forma instintiva, sintiendo bajo la frialdad de la seda la tibieza viva de mi cuerpo.
El dolor por la pérdida de Matteo me quemaba por dentro, pero en medio de la penumbra y del luto sofocado que imponían mis padres, el recuerdo del amor que habían compartido se transformó en una coraza de hierro. Aunque me prohibieran llorar, aunque me obligaran a vestirse de novia y sonreír a hombres despreciables, no podrían tocar el secreto que llevaba guardado en mis entrañas.

-no voy a rendirme

Susurré hacia la noche florentina, dejando que una sola lágrima, la única que se me permitió en toda la velada, resbalara por mi mejilla antes de secármela con la mano.




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