Mi amado Matteo:
Esta carta nunca cruzará los campos de batalla ni llegará a tus manos, pero necesito escribirla para no enloquecer en medio de este silencio helado. Mis padres me mostraron el telegrama con el sello negro. Quieren que crea que te has ido para siempre, que la tierra de Carso tragó tu vida y que nuestro amor ha quedado reducido a cenizas en una trinchera lejana. Me obligan a vestir de marfil, a sonreír a los extraños y a tragarme las lágrimas porque en esta casa el luto por un soldado está prohibido.
Pero dentro de mí ocurre un milagro que ni sus mentiras ni sus decretos pueden tocar. Me llevo las manos al vientre y siento el latido constante y silencioso de nuestro hijo. Es tu sangre, Matteo, es tu fuego y es la prueba indestructible de la noche que compartimos en el refugio. En medio de esta jaula de cristal que se cierra sobre mí, este bebé es mi única patria y la única verdad que me mantiene en pie.
Le hablo de ti cada noche en la penumbra de mi cuarto. Le cuento de tus manos manchadas de pintura, de la fuerza de tus abrazos y de la promesa que nos hicimos bajo las farolas de Florencia. Si es verdad que te has ido, te prometo que cuidaré de este pequeño ser con mi propia vida y que jamás dejaré que lleve las cadenas de esta familia.
Y si todo esto no es más que una trágica farsa de mis padres para doblegarme, te esperaré hasta el último aliento.
Tuya y para siempre,
-Caterina
Editado: 08.10.2026