Entre tintas, sedas y cenizas

Capítulo 17

La mañana previa a la ceremonia amaneció bajo un cielo cárdeno, sofocado por una neblina densa que descendía desde las colinas sobre los tejados de Florencia. En la planta noble de la Villa Moretti, el ajetreo era incesante, pero se desarrollaba con una pulcritud fantasmal. Los sirvientes se desplazaban en silencio por los pasillos, transportando candelabros de plata, arreglos de lirios blancos y baúles de cuero repletos de la dote que viajaría a la residencia de Fiesole tras el enlace.
En el salón Principal, trasformado temporalmente en vestidor novial, tres costureras de la casa Di Santis ajustaban los últimos encajes de mi vestido. La prenda, una obra maestra de raso de seda pesado y mantilla de encaje de Bruselas, caía alrededor de mi figura con una rigidez ceremonial. El diseño, meticulosamente modificado en los hombros y la cintura por orden de mi madre, disimulaba con elegancia absoluta la incipiente madurez de mi cuerpo.
Frente al gran espejo veneciano, permanecía de pie, inmóvil, observando mi propio reflejo como si mirara a una desconocida. La palidez de mi piel contrastaba con la frialdad del tejido blanco, y en mis ojos oscuros no quedaba rastro del brillo dócil que antaño buscaba la aprobación familiar.

-asegúrense de que el velo caiga con suficiente peso sobre la espalda

Ordenó mi madre desde la puerta, haciendo entrada con paso pausado.

-no queremos que se mueva durante la bendición en la capilla

Las costureras asintieron sin atreverse a elevar la vista, hincando las rodillas sobre la alfombra para fijar la cola del vestido. Mi madre se acercó y me observó a través del cristal del espejo. La matriarca lucía un vestido de terciopelo borgoña, impecable y severo, con un collar de perlas de tres vueltas rodeándole el cuello.

-luces regia, Caterina

Comentó madre, alistándome el encaje del puño con un gesto mecánico.

-todo el mundo en la ciudad hablará de esta unión. Es el triunfo de la perseverancia y de la cordura sobre los desvíos del temperamento
-es el triunfo de las conveniencias, madre

Respondí con la voz plana, sin alterar el pulso ni mirar a mi madre.

-no le llames cordura al precio que han pagado para comprar el silencio de Lorenzo

Mi madre endureció el gesto, pero no levantó la voz. Se limitó a inclinarse sutilmente hacia mi oreja, asegurándose de que las sirvientas no escucharan.

-ese precio nos permite mantener la cabeza alta. Aceptaste las cláusulas y tu padre ha cumplido su parte del trato asignándote la estancia en Fiesole. A partir de hoy serás la señora Di Santis, y la historia de esta casa continuará sin manchas. Olvida las tragedias y haz tu papel con la dignidad que se te exige
-mi papel terminó cuando firmé el contrato

Repliqué en un susurro helado.

-lo que ocurra a partir de ahora en esa capilla no tiene nada que ver con ustedes

Antes de que mi madre pudiera responder, unos pasos firmes anunciaron la llegada de Lorenzo di Santis. Llevaba el frac de gala de la aristocracia florentina, con los botones de oro pulido y un clavel blanco prendido en la solapa. Su presencia llenó la estancia con una fragancia pesada de agua de colonia y cuero.

-Eleonora, si me permite un momento a solas con la prometida antes de que el capellán nos convoque

Pidió Lorenzo con una inclinación de cabeza perfectamente calculada.
Mi madre me miró, hizo una seña a las costureras para que salieran y abandonó la habitación cerrando las puertas dobles tras de sí.
Lorenzo caminó rodeando la estructura del vestido de mi vestido, evaluándome de arriba abajo con la satisfacción de un coleccionista que contempla una adquisición valiosa. Se detuvo a medio paso, cruzando los brazos a la espalda.

-debo reconocer que el vestuario es impecable

Dijo con tono pausado.

-pareces la imagen misma de la pureza y la devoción familiar. Nadie que te vea hoy en esa capilla podría imaginar la frialdad con la que redactaste las amenazas de la semana pasada en el despacho de tu padre
-no vine a hacer teatro contigo, Lorenzo

Dije, girándome despacio para encararlo.

-la ceremonia es un trámite formal para validar el contrato. Las cláusulas están firmadas y el notario tiene las copias. Cumple tu parte y yo cumpliré la mía

Lorenzo esbozó una sonrisa estrecha y carente de calidez. Dio un paso hacia mí, reduciendo la distancia hasta que pude oler el matiz amargo del tabaco en su aliento.

-cumpliré el trato, Caterina. Te irás a Fiesole esta misma noche tras el banquete de recepción, lejos de mis asuntos y de la vida de la ciudad. Tendrás tu apellido, tu pensión y la villa de campo. Pero no olvides quién mandará en esa relación frente a la ley. Si en algún momento intentas utilizar esos documentos contra mi familia, el acuerdo se romperá y no habrá título que te proteja de las consecuencias

Le sostuve la mirada, sintiendo una punzada de asco que logré dominar con una serenidad de piedra. Se llevó una mano al vientre de forma imperceptible, buscando bajo el grosor del raso el calor constante del hijo de Matteo.

-el contrato te protege a ti tanto como a mí, Lorenzo. No pretendas venderme una autoridad que tuviste que comprar cediendo a mis exigencias. Casarnos apaga el escándalo de tu bancarrota y oculta el delito de mi padre. Ninguno de los dos tiene moral para dar lecciones al otro

Lorenzo apretó la mandíbula, y por un instante una chispa de ira cruzó sus ojos claros. Sin embargo, recuperó la compostura de inmediato, ajustándose los puños del frac con fingida indiferencia.

-el carruaje está listo en el patio

Dijo él, dando media vuelta hacia la salida.

-procura sonreír ante el obispo. Sería una lástima que la concurrencia piense que la novia camina hacia el altar con el corazón de luto por un fantasma del frente

Cuando la puerta se cerró tras él, dejé escapar un suspiro largo y helado. Me acerqué a la ventana y miré hacia los jardines empapados por la neblina. A lo lejos, el tañido de las campanas de la capilla privada comenzó a resonar, llamando a los pocos invitados seleccionados para presenciar el enlace.
Tomé el velo de encaje sobre la mesa y me lo coloqué sobre la cabeza, cubriéndome el rostro con la transparencia del tejido. Al mirar mis manos cubiertas por los guantes de seda blanca, sentí que caminaba sobre las cenizas de un pasado que mis padres habían intentado quemar a la fuerza.
Pero bajo aquellas cenizas, guardado en lo más profundo de mis entrañas, el fuego de la verdad seguía ardiendo. Caminaría hacia el altar, pronunciaría los votos vacíos y aceptaría el apellido del aristócrata; pero lo haría sabiendo que cada paso me acercaba a la libertad de mi hijo, el heredero legítimo del amor puro que la guerra y la codicia no lograron destruir.




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