Entre tintas, sedas y cenizas

Capítulo 20

La niebla invernal se colaba entre los balaustres de mármol del Palazzo Di Santis, pero en el jardín interior el aire parecía un poco más tibio. Observaba a mi pequeño correr entre los arcos de piedra, tropezando con sus pies inquietos y riendo con ese sonido limpio que me devolvía la vida cada día. Tenía casi dos años. Se llamaba Matteo, un nombre que guardaba en el alma como un refugio sagrado, la única huella viva del hombre que creía perdido para siempre en Carso.
A pocos pasos, Lorenzo caminaba tras él. Con el tiempo, la rigidez entre nosotros había cedido. No había amor en nuestro matrimonio, pero sí un entendimiento tácito, un respeto tranquilo. Lorenzo había aprendido a querer al niño; a pesar de todo, lo trataba con paciencia y afecto, consciente de que en las venas de ese pequeño descansaba el único heredero del apellido Di Santis. Ver a Lorenzo agacharse para atrapar la pelota de cuero y entregársela al niño con una leve sonrisa me brindó una punzante sensación de paz dentro de mi tormenta.
El murmullo del jardín se rompió de golpe. Un sirviente de librea oscura apareció a toda prisa por el pasillo del claustro, con el rostro desencajado y la respiración agitada.

-señor... disculpe

Dijo el sirviente, inclinándose apenas.

-hay un hombre en la entrada principal. Ha forzado el umbral. Exige hablar con usted

Lorenzo frunció el ceño, recuperando al instante su compostura aristocrática.

-¿Un intruso? ¿A estas horas? Quédate aquí con el niño

Me dijo con tono firme pero calmado antes de alejarse con paso rápido hacia el vestíbulo.
Sintiéndome inquieta, entregué de inmediato a mi pequeño a una de las sirvientas.

-llévalo a su dormitorio, por favor

Le pedí, y sin esperar respuesta, seguí los pasos de Lorenzo por la galería.
Cuando me asomé a la balaustrada de la gran escalinata del vestíbulo, el aire se me congeló en los pulmones.
Allí abajo, envuelto en las sombras del gran portal y con un capote militar desgastado por el barro y la guerra, había un hombre. Se quitó el sombrero de fieltro. La luz del ara de cristal iluminó sus rasgos marcados por cicatrices, la barba poblada y una mirada oscura que ardía con una fiereza contenida.
El corazón me dio un vuelco violento. El suelo bajo mis pies pareció desaparecer y me quedé totalmente pálida, incapaz de exhalar.
Matteo.
Estaba vivo. El hombre por el que había llorado noches enteras, al que creía enterrado bajo la tierra de Carso, estaba de pie sobre el mármol de la mansión.

-¿A qué se debe esta osadía?

Espetó Lorenzo, bajando los primeros escalones con voz helada.

-si buscas limosna, te has equivocado de puerta
-me daban por muerto en Carso, ¿Verdad, Lorenzo?

Pronunció Matteo. Su voz, rasposa y cargada de un veneno amargo, hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.

-el Ministerio de Guerra trabaja muy bien cuando los favores de los Moretti y los Di Santis abren las puertas adecuadas

Las lágrimas me nublaron la vista mientras descendía torpemente por los peldaños, aferrándome a la barandilla.

-Matteo...

Logré articular en un hilo de voz, pero mi murmullo se perdió en la tensión que ahogaba el aire.
Él ni siquiera me miró a los ojos al principio; su rabia estaba fija en Lorenzo. Sacó del bolsillo interior de su abrigo un sobre amarillento y ajado.

-tengo la trama completa

Dijo Matteo, dando un paso al frente que retumbó en la estancia.

-no solo el telegrama falso que enviaron para hacerme desaparecer, sino los registros contables del fraude de la fábrica con la firma de tu difunto padre y de Carlos Moretti. Mañana toda Florencia sabrá sobre qué basura construyeron sus fortunas

Lorenzo se tensó, el rostro pálido de furia al ver los documentos que Matteo le arrojaba con desprecio sobre el pecho.

-¡Estás demente!

Masculló Lorenzo apretando los dientes.

-si crees que vas a arruinar a esta familia y reclamar a Caterina, estás perdiendo el tiempo. Ella es mi esposa ante la Iglesia y ante la ley. Firmó el contrato. No hay nada que un soldado de pueblo pueda hacer
-¡Caterina nunca te perteneció!

Bramó Matteo, y por primera vez sus ojos se clavaron en los míos, cargados de una mezcla devastadora de dolor y rencor.

-te vendiste a ellos... engañaron a mi gente, nos robaron todo, ¡Y tú te entregaste al hombre que destruyó nuestras vidas!
-¡No es lo que piensas, Matteo! ¡Creí que habías muerto!

Grité entre sollozos, intentando acercarme, pero la rabia de su mirada me detuvo como un muro de piedra.

-¡Basta!

Intervino Lorenzo, interponiéndose entre nosotros con tono imperioso.

-no voy a tolerar esto en mi casa, ¡Guardias, echen a este hombre!

Lorenzo ya avanzaba para encararlo y obligarlo a salir, cuando unos pasos rápidos y torpes resonaron en lo alto de la escalera.

-¡Mami!

Resonó una vocecita aguda.
Mi hijo se había escapado de la sirvienta y bajaba los peldaños a trompicones, riendo sin entender la gravedad del momento. El pánico me dominó. Me abalancé hacia él y lo tomé rápidamente en brazos, pegándolo a mi pecho mientras intentaba calmar mi respiración agitada y limpiar mis lágrimas.
Un silencio sepulcral cayó sobre el vestíbulo.
Matteo, que estaba a punto de cruzar la puerta, se congeló sobre sus pasos. Se giró despacio. Sus ojos pasaron de mi rostro bañado en lágrimas al pequeño que sostenía entre mis brazos, y de ahí a Lorenzo, que instintivamente dio un paso hacia nosotros, colocándose a mi lado en una postura protectora.
Vi el preciso instante en que el corazón de Matteo se rompió en mil pedazos. La furia en sus rasgos dio paso a una palidez mortal. Su boca quedó entreabierta, incapaz de articular palabra. La mirada le bailaba de mi persona a Lorenzo, una y otra vez, uniendo los puntos de una historia equivocada. Dos años. Un niño en mis brazos. Lorenzo a mi lado.
En sus ojos no vi comprensión, sino la sombra absoluta de la traición. Creyó que lo había olvidado. Creyó que había entregado mi vida y mi amor al aristócrata que lo había despojado de todo.
Sin pronunciar una sola palabra más, golpeado por una herida mucho más profunda que cualquier metralla de la guerra, Matteo me dedicó una última mirada cargada de desprecio y dolor, dio media vuelta y se perdió en la niebla de la noche florentina.




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