Entre tintas, sedas y cenizas

Carta de Matteo

Caterina:

Te escribo estas líneas con las manos temblorosas y la mente nublada por la amargura. Durante dos largos años, el recuerdo de tu rostro fue mi única luz entre las trincheras sangrientas de Carso, la única razón por la que soporté el barro, la metralla y el frío glacial. Sobreviví al infierno aferrado a la idea de regresar a tus brazos, convencido de que nuestro amor era más fuerte que la distancia y la muerte.
Pero lo que presencié en el Palazzo Di Santis congeló mi alma más que cualquier noche en el frente. Verte allí, envuelta en las seda de los nobles que destruyeron mi vida, me despojó de lo poco que me quedaba de humanidad. Sin embargo, nada se compara al dolor de ver a ese niño en tus brazos, corriendo libremente y buscando el amparo de Lorenzo. En esa mirada atónita que intercambiamos, sentí cómo el filo helado de la traición me atravesaba el pecho.
Me di cuenta de que, mientras yo sangraba en el barro pensando en ti, tú rehacías tu vida en los salones de la burguesía con el hombre que me robó todo. Creí que habías sido una víctima de sus extorsiones, pero te vi ahí, junto a él, construyendo un hogar sobre las cenizas de lo que fuimos. No he vuelto a Florencia para rogar por las sobras de un afecto que ya le pertenece a otro. Volví por justicia, y aunque la imagen de tu traición me persiga hasta el fin de mis días, juro que ni tú ni los Di Santis podrán detener la ruina que se avecina.

-Matteo




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