Entre tintas, sedas y cenizas

Carta de Matteo

Caterina:

Escribo estas líneas con las manos aún temblándome y la mente sumida en el más absoluto caos. Desde que cruzaste el umbral de mi taller y te vi marcharte de regreso a esa mansión que hoy se siente más como una prisión que como tu hogar, no he podido conciliar el sueño ni por un segundo. El olor a óleo en mis manos se ha mezclado con el recuerdo amargo de mi furia, una rabia ciega de la que hoy me avergüenzo profundamente. Perdoname por dudar de ti, por haber dejado que el veneno del despecho me nublara el juicio antes de escuchar tu verdad.
Aún me cuesta articular lo que sentí cuando tus palabras rompieron el aire. Pero más allá de las cartas robadas, de las mentiras de Lorenzo y de la maldita guerra que intentó destruirme, hubo un instante que lo cambió todo para siempre. Cuando me acerqué a ese pequeño niño y sus ojos se clavaron en los míos... no vi al hijo de mi enemigo. Me vi a mí mismo. Vi la prueba irrefutable de que nuestro amor fue más fuerte que la muerte y más sabio que la desesperación.
Saber que ese niño lleva mi sangre y tu valentía ha encendido un fuego en mi pecho que creí apagado para siempre. Ya no soy solo un soldado roto buscando venganza; ahora tengo una razón para luchar y un destino que proteger. No voy a dejar que Lorenzo los conserve bajo su sombra un solo día más. Esperame. Encontraré la manera de sacarlos de esa celda de oro y devolvernos la vida que nos robaron.

Tuyo para siempre,
-Matteo




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