Entre tintas, sedas y cenizas

Capítulo 23

El cielo sobre la mansión se tiñó de un violeta plomizo, hinchado de nubes densas que anunciaban la inminente llegada de la tormenta. El viento azotaba las pesadas cortinas de mi habitación, trayendo consigo el olor a tierra mojada y a peligro. Sentada junto al ventanal, mantenía a mi hijo apretado contra mi regazo, peinando suavemente sus rizos dorados. Mi mente no dejaba de dar vueltas a las palabras que Matteo me había escrito en aquella carta, quemándome el pecho con un fuego mitad esperanza, mitad terror.
El golpe seco de la puerta al abrirse me hizo dar un brinco.
Lorenzo entró a la estancia con paso lento y medido, la silueta rígida y una sonrisa fría esculpida en el rostro. Su mirada era como el metal helado.

-no creas que no me di cuenta de tu pequeña escapada nocturna, Caterina

Dijo, cruzando los brazos mientras se detenía a pocos pasos de mí.

-sé perfectamente dónde fuiste y a quién fuiste a ver. Esta mansión tiene ojos, y mi paciencia se agota

Se me congeló la sangre. Apreté a mi hijo con más fuerza, buscando en vano la voz para defenderlo, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, unos pasos apresurados y pesados resonaron por el pasillo exterior.
Atrás de él entró Matteo. Caminaba a toda prisa, con el uniforme aún manchado de lluvia reciente y una mirada tan seria y decidida que parecía capaz de partir la habitación en dos. Traía los puños apretados y el pecho agitado. Apenas medio metro detrás de él, un guardia de la mansión intentaba en vano sujetarle el brazo, gritándole que se detuviera, pero Matteo simplemente lo apartó con un empujón seco y firme, ignorándolo por completo.

-¡Lárgate de aquí antes de que mande a que te cuelguen, soldado de poca monta!

Bramó Lorenzo, dando un paso al frente mientras echaba la mano a la empuñadura de su espada.

-¡Inténtalo, Lorenzo! ¡Inténtalo y juro que será lo último que hagas!

Rugió Matteo, acortando la distancia entre ambos.
El aire de la habitación se volvió sofocante. Los dos hombres se encararon, gritándose con una rabia contenida por años, mientras el guardia intentaba intervenir y Lorenzo exigía a gritos que llamaran al resto de la escolta. En medio del tumulto, el llanto asustado de mi hijo comenzó a resonar, agudo y frágil.

-¡Lucía! -

Llamé a la sirvienta con voz desesperada, haciéndole una señal rápida hacia la puerta lateral.

-llévatelo a los jardines. Ahora mismo

Lucía, temblando de miedo, tomó rápidamente al niño en sus brazos y corrió hacia los pasillos traseros, alejándolo del estruendo.
Con el niño a salvo, la habitación pareció detenerse en un instante suspendido en el tiempo. Ignorando por completo la presencia de Lorenzo y del guardia que desenfundaba su arma, Matteo dio dos pasos largos y se acercó a mí.
Tenía el rostro demudado por la emoción, y con una duda casi reverencial, extendió la mano. Con un temor palpable, como si temiera que yo fuera un fantasma que pudiera desvanecerse al menor contacto, acarició la mejilla que tantas veces había besado en el pasado. Su roce me abrasó la piel. Me quedé inmóvil, con la respiración agitada y el corazón martillándome contra las costillas. Nos miramos fijamente, y en ese segundo eterno, los ojos de ambos se perdieron entre sí, borrando las paredes de la mansión, el peligro y los años de dolor.
Una leve, casi imperceptible sonrisa apareció en la mirada de Matteo, una chispa de pura ternura en medio de la tormenta que lo rodeaba.

-vente conmigo, Caterina

Rogó, con la voz quebrada y sumisa, una súplica desesperada que me atravesó el alma.

-por favor... tú y nuestro hijo. Vengan conmigo hoy mismo. Te imploro que me dejes protegerlos. No puedo perderlos otra vez

El dolor en mi pecho se volvió insoportable, una masa caliente que amenazaba con ahogarme. Lo miré a los ojos, sabiendo el destino que nos aguardaba si cedía a ese impulso.

-no puedo, Matteo... no puedo

Advertí con la voz temblorosa, tragándome las lágrimas.

-si voy contigo, Lorenzo usará todo su poder para darte caza. Te acusará de traición, de secuestro... te matará, Matteo. Tienes que entenderlo. No puedo permitir que te cueste la vida
-¡Dije que te retires de mi propiedad!

Interrumpió Lorenzo, empujando a Matteo por la espalda con furia desenfrenada.

-¡Es mi esposa y no tienes nada que hacer aquí!

Matteo ni siquiera se inmóvilizó por el empujón; se giró hacia Lorenzo con los ojos encendidos en ira divina, desobedeciendo la orden y encarándolo a escasos centímetros.

-¡Cállate! ¡No te metas, no te atrevas a hablarme a mí!

Gritó Matteo, alzando el puño, al límite de perder el control y abalanzarse sobre él.

-¡Matteo, mírame!

Exclamé.
Con todas las fuerzas que me quedaban, me interpuse entre los dos y tomé su rostro curtido entre mis manos. Mis palmas se adhirieron a sus mejillas frías por el viento de la tormenta, obligándolo a romper el contacto visual con Lorenzo y a verme directamente a los ojos.
Ese toque mágico surtió efecto. La ira salvaje en la mirada del soldado comenzó a amainar, reemplazada por la conmoción al sentirse sujetado por mí. Su respiración se volvió menos convulsiva y se calmó lentamente, atrapado en mi contacto.

-mírame a mí, solo a mí

Le pedí, sintiendo las lágrimas rodar finalmente por mis mejillas, pero manteniendo la firmeza en las manos que sostenían su rostro.

-no sabes cuántas noches le pedí al cielo este momento. Cuánto había anhelado este reencuentro, volver a tocarte y saber que estás vivo... pero no podemos huir así, no ahora. Te lo suplico, vete. Prométeme que te cuidarás. Te juro que encontraré la manera de resolver esto, buscaré la forma de que al menos puedas estar presente para tu hijo, de que él sepa quién es su padre. Pero debes irte ya

Matteo me miró, asimilando cada una de mis palabras mientras las primeras gotas de lluvia comenzaban a golpear violentamente contra el cristal de las ventanas. Apretó sus manos sobre las mías, que aún sostenían su rostro, me dio un último beso desesperado en la palma de la mano y, sin decir una sola palabra más a Lorenzo, dio media vuelta y salió de la estancia, perdiéndose en el umbral mientras el primer trueno retumbaba en el cielo.




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