Entre tintas, sedas y cenizas

Capítulo 25

El atardecer teñía las columnas de mármol de la entrada con un matiz cobrizo, casi cálido, que contrastaba con la frialdad habitual de la mansión. Las pisadas de los guardias sonaban distantes, amortiguadas por el viento leve de la tarde. Tras horas de risas, juegos y carreras por el césped, mi hijo se había quedado profundamente dormido en mis brazos, exhausto y con la mejilla apoyada contra mi hombro, respirando con una tranquilidad que no conocía desde hacía meses.
Acompañé a Matteo hasta el gran portal de madera de la residencia. Los hombres de Lorenzo nos seguían a unos pasos de distancia, en absoluto silencio, con las manos apoyadas en las empuñaduras de sus armas como recordatorio constante del peligro que nos cercaba. Sin embargo, en ese rincón de la entrada, entre las sombras de los arcos, pareció formarse un paréntesis de paz.
Matteo se detuvo antes de cruzar el umbral. Estiró la mano con lentitud, cuidando de no hacer un movimiento brusco que alertara a los escoltas, y acarició los rizos dorados de nuestro hijo con una ternura infinita. Luego, alzó la vista hacia mí.
No hizo falta que dijera nada. No hubo promesas en voz alta ni suspiros desesperados. Matteo simplemente me dedicó una sonrisa. Una sonrisa leve, pausada, que brillaba con una serenidad recuperada y una determinación inquebrantable. Era una mirada que decía más de lo que cualquier palabra podría expresar: nos decía que el dolor no había sido en vano, que el amor que compartíamos seguía intacto y que, pese a las cadenas y a la vigilancia constante, volvía a sentirse completo. Un diálogo mudo en el que me transmitía que confiaba en mí, así como yo confiaba en él.

-hasta mañana, Caterina

Murmuró con la voz firme y serena.

-hasta mañana, Matteo

Respondí, devolviéndole el gesto mientras lo veía alejarse con paso erguido por el sendero de gravilla.
Lo observé hasta que su silueta se desvaneció tras la reja principal de la propiedad. Solo entonces di media vuelta y me adentré en los pasillos de la casa.
Por primera vez en años, el peso sobre mi pecho se sentía más ligero. Todo parecía marchar bien. Lorenzo creía tener el control absoluto de la situación al mantenernos bajo su atenta mirada, confiado en que su presencia y su guardia armada bastaban para someternos. Pero su arrogancia era precisamente su mayor debilidad. Ciego por su orgullo, no era capaz de ver que el trato que habíamos firmado no era más que el velo con el que ocultaba mi verdadero propósito.
Al llegar a mi habitación, recosté con delicadeza a mi hijo en su cuna. Le acomodé las mantas y me quedé velando su sueño durante unos minutos. Luego, me acerqué al ventanal que daba a los establos traseros y a las viejas colinas que bordeaban la finca.
En mi mente, el plan que había diseñado meticulosamente durante las últimas semanas estaba a punto de culminar. La estrategia estaba trazada al detalle y cada pieza del rompecabezas comenzaba a encajar en su lugar.
Había logrado restablecer el contacto con los antiguos aliados de mi familia, hombres leales que Lorenzo había apartado pero que no habían olvidado mi apellido. A través de Lucía y de mensajes cifrados en pequeñas notas escondidas, había organizado el salvoconducto definitivo. En dos noches, coincidiendo con el cambio de guardia nocturno y la llegada de un cargamento de suministros que mantendría ocupado al capataz, se abriría una pequeña ventana de oportunidad.
Lucía facilitaría la salida por el antiguo pasadizo de la bodega, una vía de escape que Lorenzo jamás se molesto en inspeccionar por considerarla derrumbada. Al otro lado de los olivos, Matteo nos estaría esperando con caballos frescos. Teníamos asegurado un pasaje seguro en un barco mercante que zarparía desde el puerto sur al amanecer, lejos de la influencia y de los contactos políticos de mi esposo.
Las pruebas de los fraudes financieros de Lorenzo y su implicación en la falsa carta que daba a Matteo por muerto estaban ya a buen recaudo, listas para ser entregadas a las autoridades de la capital una vez que estuviéramos fuera de su alcance. Eso no solo nos daría la libertad física, sino que destruiría la legitimidad de sus reclamos sobre mí y sobre mi hijo.
Solo restaban unas pocas horas de paciente simulación. Debía seguir interpretando el papel de la esposa resignada, la mujer que se conformaba con pequeños encuentros supervisados en el jardín para no levantar la menor sospecha.
Me acerqué al espejo peinando mi cabello hacia atrás. Contemplé mi rostro: ya no veía a la muchacha aterrorizada que había cedido al chantaje de Lorenzo tras la falsa noticia de la muerte de su amado. En mis ojos brillaba una determinación helada, indestructible. La libertad, esa libertad por la que habíamos pagado un precio tan amargo, estaba finalmente al alcance de nuestras manos. Volveríamos a ser una familia, lejos de las sombras de esta jaula de oro, y nada ni nadie podría volver a separarnos.




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