La mañana amaneció con un cielo limpio, pero el aire traía un presagio helado que me erizaba la piel sin motivo aparente. Desde el ventanal de mi habitación, contemplaba el camino de grava esperando la llegada de Matteo. Mi corazón batía con un ritmo apresurado, no de miedo, sino por la cuenta regresiva que resonaba en mi mente: solo faltaban veinticuatro horas para ejecutar nuestro plan de escape. Los salvoconductos estaban listos, la embarcación nos aguardaba en el puerto sur y la libertad estaba tan cerca que casi podía palparla con la yema de los dedos.
A la hora pactada, la pesada reja de hierro de la mansión se abrió. Matteo cruzó el portal flanqueado por los guardias de Lorenzo, como de costumbre, pero en cuanto vi su silueta a la distancia, un nudo amargo me oprimió la garganta.
No caminaba con la ligereza de los días anteriores ni traía en los ojos esa chispa de esperanza que iluminaba sus facciones cada vez que venía a ver a nuestro pequeño. Tenía la cabeza gacha, los hombros rígidos y el paso pesado, como si arrastrara una cadena invisible de plomo. La cálida sonrisa que solía regalarme al verme había desaparecido por completo; en su lugar, su rostro mostraba una palidez cenicienta y una expresión quebrada por la desesperanza.
Apreté las manos contra mi falda y me apresuré a salir al patio de entrada, encontrándome con él a mitad del camino de piedra.
-Matteo... ¿Qué ocurre?
Pregunté en un susurro cargado de angustia, buscando desesperadamente su mirada.
-¿Qué sucedió? Por favor, dime algo
Matteo se detuvo a un paso de mí. Evitó mis ojos por un segundo, apretando la mandíbula con tal fuerza que la vena de su cuello se marcó violentamente. Cuando finalmente me miró, vi en el fondo de sus pupilas un abismo de dolor que me heló la sangre.
-me han convocado, Caterina
Confesó con la voz rota, apenas un hilo de aire devastado.
-ha llegado la orden oficial del alto mando hace unas horas. Debo presentarme en el cuartel al amanecer... me mandan nuevamente al frente de batalla
Las palabras impactaron en mi pecho como un golpe seco y demoledor. El suelo bajo mis pies pareció desmoronarse por completo y el aire desapareció de mis pulmones. Mi plan, la huida, el barco, la vida que habíamos estado a punto de tocar... todo se agrietó en un instante. Un abismo negro se abrió ante mis ojos. La guerra, esa bestia insaciable que ya me lo había arrebatado una vez y que casi lo mata, volvía a extender sus garras para arrancármelo de los brazos. Estaba completamente devastada. Las lágrimas amenazaron con desbordarse de mis ojos, abriendo un surco de desesperación en mi alma.
Estaba a punto de romper a llorar, a punto de dejarme caer sobre las piedras del sendero consumida por el pánico, cuando un sonido agudo y lleno de pura vida cortó la pesadez del aire.
-¡Papi!
Una voz pequeña y clara resonó desde la escalinata del jardín. Por detrás de mí, esquivando las piernas de la sirvienta que intentaba alcanzarlo, nuestro hijo venía corriendo a toda prisa sobre la hierba. Sus bracitos estaban abiertos de par en par y una sonrisa radiante iluminaba su pequeño rostro.
Gritaba esa palabra a los cuatro vientos, sin miedo, sin dudas, llenando el silencio de la mansión con el eco más hermoso que jamás se hubiera escuchado entre esas paredes de piedra fría. Era la primera vez que lo llamaba así. La primera vez que pronunciaba con perfecta claridad el nombre del hombre que le había dado la vida.
Al escuchar ese grito, el tiempo pareció detenerse para Matteo. La sombra de la guerra, la orden militar y el peso de la devastación parecieron evaporarse de su rostro en un milagroso segundo. Matteo soltó un ahogo de conmoción y se hincó de golpe sobre la hierba verde. Se olvidó del cuartel, se olvidó del frente de batalla y de la tragedia que lo acechaba a las puertas del amanecer.
-¡Mi niño!
Exclamó con la voz entrecortada por la emoción, recibiendo al pequeño que se arrojó directamente contra su pecho.
Matteo lo abrazó con una fuerza desesperada pero infinitamente tierna, levantándolo en el aire mientras el niño reía a carcajadas, enredando sus diminutas manos en el cabello de su padre y dándole pequeños besos torpes en las mejillas.
Tragué saliva, me limpié con brusquedad la lágrima que amenazaba con rodar por mi mejilla y contuve la respiración. Miré a mi hijo y luego a Matteo, cuya mirada se cruzó con la mía desde el suelo. En su gesto vi un pedido mudo: regálame este día.
Guardé la compostura. Sepulté el terror en lo más profundo de mi pecho, cerrándole la puerta a la desesperación. Ya habría tiempo para las lágrimas en la soledad de la noche; hoy, cada segundo era un tesoro incalculable que no podíamos permitirnos envenenar con el miedo.
Por el resto de aquella tarde, nos olvidamos del mundo. Nos olvidamos de la noticia devastadora, de las órdenes de reclutamiento y de las miradas vigilantes de Lorenzo y sus guardias, quienes observaban la escena desde la sombra de los balcones como estatuas de piedra.
Nos entregamos por completo a disfrutar de nuestro hijo. Nos sentamos juntos en el césped, bajo la sombra de los viejos robles del jardín. Matteo se convirtió de nuevo en el hombre alegre que siempre debió ser: corría imitando el rugido de criaturas fantásticas, se dejaba caer sobre la hierba para que el pequeño caminara sobre su pecho y construía pequeños barcos de hojas secas para hacerlos navegar en la fuente del patio.
Yo me uní a sus juegos, riendo con ellos, persiguiendo al niño entre los rosales y dejándome envolver por la calidez de sus brazos cada vez que Matteo se acercaba a mí para tomar mi mano a escondidas. Por unas cuantas horas, la mansión dejó de ser una prisión y el jardín se convirtió en nuestro único universo. Jugamos los tres juntos, regalándonos sonrisas, abrazos apretados y miradas cargadas de un amor eterno, aferrándonos con uñas y dientes a la luz de ese día antes de que las sombras de la noche y el destino volvieran a reclamar lo que era suyo.
Editado: 08.10.2026