Las semanas tras la marcha de Matteo se desglosaron en una lenta y agónica sucesión de días grises. El sol parecía haber perdido su fuerza sobre la villa, dejando paso a una niebla perpetua que se colaba por las rendijas de la mansión, enfriándolo todo a su paso. Cada mañana amanecía con la misma pesada certidumbre: la guerra se lo había vuelto a tragar y el mundo continuaba girando, indiferente al vacío feroz que me carcomía las entrañas.
Me despertaba antes del alba, impulsada por un nerviosismo punzante que no me dejaba descansar. Recorría los pasillos en penumbra, apretando entre mis dedos el medallón con el retrato de Matteo, esperando en vano escuchar el trote distante del caballo del correo. Pero el camino de entrada permanecía desierto. Una semana. Dos semanas. Un mes. Ni una sola carta. Ni una nota escueta, ni un mensaje cifrado de sus antiguos compañeros. Nada. La ausencia total de noticias era un veneno que se filtraba en mis venas, alimentando los peores fantasmas de mi mente. ¿Habría llegado a tiempo al frente? ¿Estaría herido en un hospital de campaña sin poder escribir? ¿O acaso la historia se repetía y la muerte me lo había arrebatado de nuevo, esta vez de forma definitiva?
Para hacer la angustia aún más difícil de sobrellevar, la dinámica dentro de las paredes de la mansión había tomado un giro inquietante y retorcido. Lorenzo, lejos de mostrar la hostilidad despiadada de antes, había comenzado a convivir con mi hijo.
A pesar de saber perfectamente que por las venas del pequeño no corría ni una gota de su sangre, Lorenzo paseaba con él por los corredores, le permitía sentarse a su lado en el gran despacho mientras revisaba sus libros de contabilidad y hasta le ofrecía pequeños juguetes de madera que mandaba traer de la ciudad. Verlos juntos me causaba un escalofrío indescriptible; era una escena grotesca, una farsa perfectamente calculada que me revolvía el estómago.
-mira, Caterina
Me dijo una tarde en el comedor, mientras el niño jugaba distraído en la alfombra con unos soldados de plomo.
-se adapta rápidamente. Sabe quién manda en esta casa y quién le asegura su futuro
-él no es tu hijo, Lorenzo
Le respondí en un susurro cargado de amargura, asegurándome de que el pequeño no notara la tensión en mi voz.
Lorenzo soltó una risita fría, acomodándose el puño de la camisa mientras observaba al niño con una mirada ilegible.
-para el mundo exterior lo es. Lleva mi apellido, vive bajo mi techo y come de mi mesa. Ese soldado vagabundo está en el frente, arriesgando el pellejo en una trinchera embarrada mientras yo le doy a este niño una vida de príncipe. Si ese muchacho no regresa... bueno, el pequeño terminará llamándome padre de todos modos. La memoria de un niño de dos años es muy frágil, Caterina. Se borra con suma facilidad
Las palabras de Lorenzo resonaron en mi cabeza como una amenaza sorda. Esa era su verdadera estrategia: no necesitaba matar a Matteo con sus propias manos ni encerrarme en un calabozo; solo debía esperar a que la guerra hiciera el trabajo sucio por él, mientras ocupaba gradualmente el espacio vacío en la vida de mi hijo.
Casi todos los días bajaba a los jardines para ver el rincón exacto donde Matteo y el pequeño habían estado jugando antes de su partida. Me sentaba en el banco de piedra bajo el roble, apretando a mi hijo contra mi pecho mientras contemplaba la hierba verde. El niño, ajeno a la tormenta que nos rodeaba, a veces señalaba las flores y balbuceaba cosas incomprensibles, o miraba hacia la entrada principal como si en su pequeña e inocente memoria todavía guardara el recuerdo del hombre que lo había levantado por los aires.
-pronto vendrá, mi amor... pronto va a regresar
Le susurraba al oído, intentando convencerme a mí misma más que a él, mientras contenía las lágrimas para no asustarlo.
Mis nervios estaban deshechos. Pasaba las noches en vela, paseando de un lado a otro de mi habitación, sobando el pergamino de la última carta que me había dejado antes de irse. La incertidumbre me estaba consumiendo viva. Cada vez que escuchaba a Lorenzo caminar por el pasillo o cada vez que un guardia se acercaba a la puerta principal con algún recado, el corazón se me salía del pecho pensándolo peor, ¿Y si Lorenzo estaba interceptando las cartas de Matteo? Esa posibilidad me hacía sudar frío. Traté de buscar respuestas a través de Lucía, pero la sirvienta tampoco había logrado obtener información en el pueblo. El ejército mantenía un hermetismo absoluto sobre los movimientos de las tropas en el norte.
Una tarde, mientras la lluvia volvía a repicar contra los cristales de mi ventana, vi a Lorenzo desde el balcón. Estaba en el patio interior, sujetando la mano de mi hijo mientras le enseñaba a caminar erguido sobre los peldaños de mármol. El niño le sonreía sin comprender la red de mentiras que lo envolvía.
Apreté los puños contra el marco de madera hasta que las uñas se me clavaron en las palmas. No podía permitir que la desesperación me paralizara, ni podía dejar que Lorenzo ganara este juego de desgaste mental. Si la guerra pretendía tragar el nombre de Matteo y si el silencio de las cartas intentaba sepultarlo en el olvido, yo me convertiría en el guardián de su memoria. Mantendría viva su presencia en el corazón de nuestro hijo, cueste lo que cueste, hasta el día en que aquel soldado volviera a cruzar el portal de la mansión para reclamar lo que por derecho era suyo.
Editado: 08.10.2026