Entre tintas, sedas y cenizas

Carta de Caterina

Matteo, mi amor eterno:

Te escribo esta noche desde el silencio profundo de mi habitación, mientras el viento suave del otoño roza los ventanales de la mansión. Miro al cielo estrellado y siento, en lo más íntimo de mi alma, que desde algún lugar me estás escuchando. Hoy no te escribo con el dolor desgarrador que me quebró el pecho cuando recibí tu medalla y tu bandera. Te escribo con una paz que tardó mucho en llegar, pero que al fin habita en esta casa. Necesito contarte todo esto, mi valiente soldado, para que puedas soltar el peso de este mundo y descansar en paz.
Quiero que sepas que nuestro hijo está bien. Crece sano, fuerte y hermoso, llenando cada rincón de nuestras vidas con una luz divina. Si pudieras verlo, Matteo... es tu retrato vivo. Tiene tu mirada profunda, tu risa sincera y esa misma determinación firme que me enamoró de ti desde el primer día. Cada vez que corre por el jardín, veo en sus pasos la huella de tu valentía.
Está rodeado de un amor inmenso y de un cuidado absoluto. Lorenzo se ha convertido en su protector más leal. Los viejos rencores quedaron sepultadas en el pasado; hoy, él cuida de nuestro pequeño con una paciencia y una ternura genuinas, asegurándose de que jamás le falte nada y de que crezca en un hogar seguro.
No pienses que te hemos olvidado. Tu nombre se pronuncia en esta casa con el respeto y el amor más sagrados. Le cuento a nuestro hijo los cuentos del héroe que fue su padre, para que lleve siempre con orgullo tu sangre y tu memoria.
Puedes partir tranquilo, mi vida. Cumpliste tu misión, nos dejaste el fruto más hermoso de nuestro amor y nos enseñaste a ser fuertes. Vuela alto, mi soldado. Cuídanos desde donde estés, que aquí abajo nosotros estaremos bien.

Eternamente tuya,
-Caterina




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