Entre trampas y decisiones

1. El Inicio

2015
*POV ALEXA*

—Me gustas.

Dos palabras.

Solo dos palabras habían sido suficientes para poner mi mundo de cabeza.

Miraba la pantalla de mi teléfono una y otra vez, como si al hacerlo pudiera encontrar alguna explicación lógica a lo que acababa de leer. Mi corazón latía tan rápido que sentía que, en cualquier momento, terminaría saliéndose de mi pecho.

La verdad, mi cuerpo no sabía cómo reaccionar. Agradecía internamente a Dios que él no estuviera frente a mí, porque estaba casi segura de que, si lo tenía delante, saldría corriendo sin mirar atrás.

¿Y cómo se suponía que debía responder a eso?

¿Con un simple «yo también»? ¿Con un «¿hablas en serio?»? ¿O fingiendo que no había leído el mensaje?

El problema era que no se trataba de cualquier chico.

Era Sebastián.

Sí, ese Sebastián. El mismo que apenas unos meses atrás me había parecido una persona completamente ajena a mi mundo. El mismo que pertenecía a un grupo de amigos con el que jamás imaginé tener algo en común. Y ahora estaba ahí, al otro lado de una pantalla, diciéndome que le gustaba.

A mí.

Desbloqueé el teléfono por tercera vez, aunque no había llegado ningún mensaje nuevo. Mis dedos permanecían suspendidos sobre el teclado, incapaces de escribir una respuesta.

—Esto no puede estar pasando… —murmuré, escondiendo el rostro entre las manos.

¿Cómo habíamos llegado a esto?

Para entenderlo, tendría que regresar al principio. A aquellos días en los que Sebastián era simplemente un chico más de la escuela y yo no tenía la menor idea de que, con el tiempo, terminaría provocándome tantas emociones.

Y todo comenzó con algo tan insignificante que, en aquel momento, ni siquiera mereció un segundo pensamiento.

Un sábado cualquiera.

(Meses atrás)

Era un día soleado, de esos en los que el calor parecía acompañarnos hasta en los pasillos de la escuela. Todo transcurría con normalidad, o al menos eso creía.

Los sábados eran, particularmente, los días más largos. Las clases parecían no terminar nunca y, para cuando llegaba la hora de salida, todos estábamos contando los minutos para volver a casa.

Aunque, si había algo positivo en aquella rutina, era el desayuno y el almuerzo. Por alguna razón, la comida siempre lograba que el día pareciera un poco menos pesado.

—¡Alexa! —escuché a lo lejos.

Giré la cabeza y vi a María acercándose a mí casi a la carrera. Tenía la mochila colgada de un solo hombro y el cabello ligeramente despeinado por haber corrido desde el otro extremo del pasillo.

—¡Apresúrate! ¡Nos vamos a quedar al final de la fila! —exclamó, sujetándome del brazo para arrastrarme hacia el comedor.

—De todas formas, siempre les dan preferencia a los más pequeños —respondí tranquilamente, caminando a mi propio ritmo—. Vamos despacio.

María se detuvo y me miró como si acabara de decir la mayor tontería del mundo.

—¡Es injusto! ¿Por qué tenemos que esperar tanto nosotros?

Me encogí de hombros.

—Porque así funciona la vida, María.

—No me gusta cómo funciona la vida.

Solté una carcajada al ver su expresión indignada. María tenía esa capacidad de convertir cualquier pequeña inconveniencia en una tragedia personal. Si la fila era larga, era injusto. Si el profesor dejaba demasiadas tareas, era injusto. Y si alguien se terminaba el último postre antes de que ella pudiera alcanzarlo, aquello ya era prácticamente una ofensa imperdonable.

Sin embargo, antes de que pudiera seguir quejándose, su expresión cambió de repente.

—¡Mira! ¡Es Fernando!

Siguió con la mirada a un chico que se encontraba unos metros más adelante, conversando con otros estudiantes.

—Llámalo —le dije—. O se quedará sin comida.

María no necesitó que se lo repitiera.

—¡FERNANDO! ¡POR AQUÍ!

Varias personas voltearon a mirarnos. Yo cerré los ojos durante un instante, deseando que el suelo se abriera y me tragara. No porque me avergonzara estar con María, sino porque ella parecía incapaz de llamar a alguien sin que todo el colegio se enterara.

Fernando giró la cabeza y, al reconocernos, se acercó con una sonrisa burlona.

—¿Qué pasa? ¿Por qué gritas tanto?

—¡Porque no escuchas! —respondió María, cruzándose de brazos.

—Estaba a tres metros de ti.

—¡Y aun así tuve que llamarte!

—Bueno, perdón por no tener superoído.

—Ya, dejen de discutir —intervine antes de que aquello se convirtiera en otra de sus interminables peleas—. Mejor avancemos antes de que de verdad nos quedemos sin comida.

Fernando se colocó a nuestro lado y los tres nos dirigimos hacia el comedor.

Después de esperar unos minutos, finalmente recibimos nuestros respectivos platos. María comenzó a comer como si llevara días sin probar bocado, mientras Fernando aprovechaba cada oportunidad para molestarla.

Yo simplemente disfrutaba de la comida, escuchándolos discutir por cosas que, en el fondo, ninguno de los dos se tomaba demasiado en serio.

Éramos así. Podíamos pasar de una discusión absurda a una conversación importante en cuestión de segundos, y luego volver a reírnos como si nada hubiera pasado.

Al terminar, me despedí de ellos y me dirigí a mi salón.

A diferencia de María y Fernando, yo era un año mayor, así que nuestras clases no siempre coincidían. Aunque nos veíamos durante los descansos, muchas veces tenía que conformarme con escuchar sus historias al final del día.

Cuando llegué al aula, encontré a Daniela sentada en nuestro lugar habitual.

—¡Por fin! —exclamó al verme entrar—. Pensé que te habías perdido en el camino.

—Muy graciosa. Estaba almorzando.

—¿Con María y Fernando?

—¿Con quién más?

Daniela sonrió y apartó su mochila para dejarme espacio a su lado.

Ella era una de las personas que mejor me conocía. Nos habíamos vuelto inseparables con el tiempo y, aunque teníamos personalidades diferentes, siempre encontrábamos algo de qué hablar. Desde los problemas más insignificantes hasta nuestros secretos más personales, prácticamente no había nada que no termináramos contándonos.




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