Entre trampas y decisiones

2. Entre mensajes y secretos

Al llegar a casa, no podía dejar de pensar en lo que había ocurrido en la escuela. Por más que intentaba distraerme, mi mente regresaba una y otra vez al mismo momento: aquel encuentro tan inesperado y bochornoso con Sebastián.

Todavía podía recordar la sensación de sus manos sujetándome antes de que terminara en el suelo, su mirada fija en la mía y, sobre todo, lo cerca que habíamos estado.

Suspiré y dejé mi mochila sobre la silla. Quizá para cualquier otra persona aquello no habría sido más que un simple accidente, pero para mí había sido algo completamente inesperado. Sebastián no era precisamente la clase de chico con la que acostumbraba relacionarme. De hecho, apenas sabía qué pensar de él.

Negué con la cabeza, intentando sacar aquellos pensamientos de mi mente.

—Fue un accidente, Alexa. Solo un accidente —murmuré para mí misma.

Como si repetirlo fuera suficiente para convencerme, cerré la puerta de mi habitación y me dejé caer sobre la cama. Saqué mi teléfono del bolsillo y abrí el chat grupal que compartía con mis mejores amigos. Necesitaba distraerme, y hablar con ellos siempre era una buena manera de olvidarme de cualquier problema.

Sin embargo, los últimos mensajes llamaron inmediatamente mi atención.

Daniela: Creo que me van a transferir de colegio.

Fruncí el ceño y me incorporé de golpe.

Fernando: ¿Cómo así? ¿No hay opción de que te quedes en la casa de tu abuelo?

María: Puedes quedarte en mi casa. Nos conocemos desde pequeñas, mi mamá no tendría ningún problema.

Daniela: Ya le di esas opciones a mi mamá, pero ustedes saben que ella no me dejará quedarme.

Me quedé mirando la pantalla durante unos segundos, tratando de asimilar lo que acababa de leer.

¿Daniela se iba a ir?

Sentí una presión extraña en el pecho. Nuestros padres eran amigos desde hacía años y nosotros habíamos crecido prácticamente juntos. Habíamos compartido cumpleaños, vacaciones, tardes de películas y un sinfín de recuerdos que, hasta ese momento, siempre había dado por sentado que seguiríamos creando.

No podía imaginarme los días en la escuela sin ella. ¿Con quién me sentaría durante los descansos? ¿A quién buscaría cuando necesitara contarle algo? ¿Quién entendería mis miradas cuando Fernando comenzara a hacer alguna de sus tonterías?

Sabía que las cosas podían cambiar en cualquier momento, pero nunca había pensado que ese cambio llegaría tan pronto.

Alexa: ¿No hay nada que se pueda hacer?

La respuesta de Daniela no tardó demasiado en aparecer.

Daniela: Nada. Ya lo intenté. Le dije a mi mamá que no quiero irme, pero la oferta de trabajo no es negociable. Necesitamos el dinero para las medicinas de mi abuelo.

Mi expresión cambió. Conocía la situación de su familia y sabía cuánto le preocupaba la salud de su abuelo. No podía culpar a su madre por aceptar una oportunidad que podía ayudarles económicamente, pero eso no hacía que la noticia doliera menos.

María: ¿Cuándo te vas?

Alexa: ¿Ya tienes una fecha de viaje?

Daniela: Todavía no. Recién le dijeron a mi mamá en el trabajo que la iban a trasladar. Ella quería decírmelo primero para que pudiera ir asimilando las cosas.

Fernando: Te vamos a extrañar un montón.

Daniela: Y yo a ustedes. Por eso quiero que disfrutemos todo este tiempo que nos queda juntos.

Me mordí el labio inferior. No quería pensar en ese supuesto tiempo que nos quedaba, como si alguien hubiera comenzado una cuenta regresiva para separarnos.

Alexa: Tienes razón. Tenemos que hacer planes. Podemos ir a la playa, al cine o salir a comer algo.

María: ¡Sí! Tenemos que aprovechar cada día.

Fernando: Mientras no me obliguen a caminar durante horas bajo el sol, estoy de acuerdo con todo.

Daniela: Qué dramático eres. Nadie te está pidiendo que corras una maratón.

Fernando: Todavía. Con ustedes nunca se sabe.

No pude evitar sonreír. Incluso en medio de aquella noticia, Fernando encontraba la manera de hacernos reír. Era una de las cosas que más apreciaba de él: podía convertir cualquier conversación triste en una oportunidad para bromear, aunque a veces sus comentarios fueran tan absurdos que termináramos queriendo lanzarle algo por la cabeza.

María: Por cierto, también tenemos que conocer chicos. No pienso dejar que Daniela se vaya sin que tenga una historia romántica que contarnos.

Al leer aquel mensaje, sentí que las mejillas comenzaban a arderme.

Y, por supuesto, mi mente volvió inmediatamente a Sebastián.

¿Por qué tenía que recordarlo justo ahora?

Alexa: JAJAJA, ¿y esa idea de dónde salió?

Escribí el mensaje, pero antes de enviarlo me quedé mirando la pantalla. Borré las palabras y volví a escribirlas. No sabía por qué estaba actuando de aquella manera; solo estábamos hablando de chicos.

El problema era que, por alguna razón, esta vez no podía dejar de pensar en uno en particular.

Fernando: ¿Alexa? ¿Por qué te demoras tanto en responder?

María: Es verdad. Estás un poco rara desde la salida de la escuela.

Me quedé inmóvil.

No podía creer que se hubieran dado cuenta. Bueno, tampoco era tan difícil. Mis amigos me conocían desde hacía demasiado tiempo y, aunque intentara ocultarlo, siempre terminaban descubriendo cuando algo me preocupaba.

Daniela: Esperen… Escuché a Brayan mencionarte y decir que había ocurrido algo con Sebastián.

Abrí los ojos de par en par.

¿Brayan? ¿Por qué estaba hablando de mí?

Me incorporé sobre la cama y volví a leer el mensaje, esperando haberlo entendido mal.




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