Hacía exactamente diez años que no salían de vacaciones y ese verano también hubieran “ardido” en la incandescencia de la urbe, de no ser por el apartamento en la playa del que con total gratuidad iban a disfrutar la segunda quincena de agosto por gentileza de la empresa en la que trabajaba el padre, que realizaba todos los años un sorteo entre sus empleados y que pese al “complejo de gafe” que la familia venía arrastrando en los últimos tiempos, especialmente Socorro, la primogénita, les había tocado en suerte.
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Apiñados en aquel Seat 131 naranja de segunda mano que sustituía a un modelo de alta gama vendido por el padre cuando llegaron “las vacas flacas”, Socorro y sus dos hermanos pequeños junto a su inseparable amiga Garza, como piezas de un puzle humano en el que encajar, buscaban la postura más adecuada para acomodarse en el escaso espacio del asiento trasero del automóvil, sin que faltaran las quejas y algún amago de pelea por la preferencia del lado de la ventanilla, solventadas enseguida para asombro de los padres, con una desacostumbrada buena disposición por parte de las adolescentes, propiciada sin duda por la ilusión del viaje.
A Socorro le había costado “sangre, sudor y lagrimas” convencer a su amiga Garza, que por primera vez a sus 17 años podía presumir de novio formal y no quería prescindir de su compañía, para que le acompañara al viaje, habiendo tenido que recurrir incluso, ante las reiteradas negativas, al chantaje emocional como “último cartucho”, haciéndole ver que a ella, su íntima amiga de la infancia, la estaba dejando de lado sin el más mínimo pestañeo, por un “quasidesconocido”, con el que apenas llevaba saliendo seis meses de los cuales, a juicio de Socorro no contaban los tres primeros por haber sido “de tonteo”, lo cual subrayaba una y otra vez con el mismo empeño con el que Garza los reivindicaba como periodo de tiempo incluido en el noviazgo oficial.
Por fortuna al final ninguna tuvo que dar su brazo a torcer porque Eugenio, el novio en discordia, que pese a sus supuestas intenciones formales era bastante espabilado y se olió “la tostada” de que acabarían por incluirle sin consulta previa en un más que probable insufrible viaje, en el que seguro se iba a sentir como fiambre aplastado entre dos panes, listo para ser engullido, fuera o no cierto, les comunicó que se iba de vacaciones justo en la misma fecha con su familia, a la que le parecía prematuro que Garza les acompañara, y como pretendida ayuda al “mal trago” de la inesperada noticia, camufló el oportuno “escaqueo” aderezándolo con la promesa de veranear juntos el año siguiente .
Así, ambas amigas cómplices y felices aunque “torrándose” con el incontenible sol de agosto que se colaba desvergonzado por las ventanillas abiertas de aquel coche sin aire acondicionado, pierna con pierna y brazo contra brazo, compartiendo sudor con una dosis de familiaridad casi letal, apta unicamente para jóvenes púberes, tejiendo fantasías en sus mentes adolescentes que pudieran materializar una vez “aterrizadas”en el entorno playero que les esperaba y en el que aprovechando la “bajada de guardia” paterno-filial típica de las vacaciones, pensaban desplegar en todo su esplendor sus contenidas alas de libertad.
Pero en un instante como en un repentino giro de guión la perspectiva de esta libertad en otro tiempo tan anhelada se materializó en una punzada de dolor atravesándole el pecho que intensificó el sentimiento de orfandaz de Garza ante la reciente muerte de su progenitor y cerrando los ojos como frágiles escudos al sobrevenido sentimiento, se dejó embeber por el efecto narcotizante y paleativo de la ensoñación que a través del sonido monocorde del motor del 131 naranja la conectó con otro más antiguo el de aquel citröen de antaño viajando junto a su hermano, lo dos de rodillas en el asiento con la náriz pegada al cristal trasero del vehículo desoyendo la bronca de los padres, absortos en su juego, obedeciendo con rapidez en cuanto se elevaba el tono de los gritos, para volver a las andadas en cuanto aparecía otro seiscientos por la carretera:
-Mira ahí viene otro “gatito”- gritaban ambos casi al unísono con un entusiasmo incompresible para un adulto
Y es que así habían bautizado ellos a aquel modelo de coche tan de la época desde su percepción infantil de que el “ morro” se asemejaba al del animal y cuyos faros parecían los ojos del minino en tanto que unas rayas, quizás imaginarias se les antojaban los bigotes del felino. Y luego exhaustos de jugar cantando con el padre al mismo son: “Vamos a la playa calienta el sol, Chivirivirí poropo Pó, Chiviriviri Poropo Pó gritaba el hermanito eufórico en su alegría enfatizando de forma exagerada la última sílaba y haciendo las delicias de su padre que le seguía en la melodía imitándole divertido en esa particular acentuación final y riendo unidos en la breve sintonía de aquél tiempo tan féliz.
Garza regresó de un plumazo al estado de vigilia monopolizado por un descomunal atasco, ante la intensidad de un nuevo frenazo del padre de Socorro que les hizo rebotar contra el respaldo de la tapicería .
Solo llevaban dos horas de viaje y parados casi la mitad, el único paisaje una infinita y serpenteante hilera de coches.
La playa nunca había estado tan lejos.
Socorro hiperventilaba atrapada en aquel viejo Seat 131 junto a Garza que se derretía a goterones.
Una pareja en una Kawasaki atravesó ligera el atasco desapareciendo entre los coches y Socorro se hubiera cambiado sin dudarlo por la chica subida a su “grupa”.
El calor y el aburrimiento unidos a la impotencia de verse atrapados habían transmutado en un momento los sueños en pesadillas