Valeria abrió los ojos con pesadez. La almohada seguía empapada; había llorado hasta quedarse sin fuerzas, abrazando el vacío.
Se obligó a levantarse, lavarse la cara, sonreír por compromiso cuando su madre la llamó a la mesa.
—¿Desayunamos, cielo? —le sirvió el café, con esa mirada que lo nota todo—. ¿Durmiste bien?
—Sí, mamá —mintió, clavando la vista en la taza—. Solo… un poco cansada.
Comieron en silencio. Hasta que el timbre cortó la calma de golpe.
Valeria fue a abrir. Y ahí estaba él. Damián. Con un ramo de sus flores favoritas, el cabello revuelto, la respiración agitada, como si hubiera corrido hasta llegar.
Ella dio un paso atrás, como si le hubieran dado un golpe.
—¿Tú? —la voz le tembló—. ¿Cómo te atreves?
—Valeria, por favor, déjame hablarte —dijo él, acercándose un poco—. No es lo que viste.
—¿Que no es lo que vi? —los ojos se le llenaron de lágrimas al instante—. La vi, Damián. La vi abrazándote. Vi cómo la mirabas. ¡Y me dolió como si me clavaran algo aquí! —se puso la mano en el pecho—. ¿Quieres decirme que me equivoqué? ¿Que todo fue mi imaginación?
—No, no mires así… —él bajó la voz, herido—. Ella se acercó, yo no la busqué. Tú sabes que eres la única para mí.
—¿La única? —soltó una risa amarga—. ¡Eso no se lo dice a la única! ¡Eso no se le hace a quien te entrega todo!
Su madre se acercó suavemente.
—Valeria… escúchalo un momento.
—No, mamá, no —negó ella, con la voz quebrada—. Ya escuché demasiado. Ya vi lo suficiente. Dile que se vaya.
Pero Damián no se movió. La miró con desesperación.
—No me voy a ir sin que me escuches. No voy a perderte así.
—¿Así? —lo miró a los ojos, con lágrimas que ya no podía detener—. Tú ya me perdiste ayer. Cuando estabas con ella, sonriendo… ahí me perdiste.
—Déjame demostrártelo —le tomó la mano, suave pero firme—. Solo salgamos a caminar. Si después no quieres verme, me alejo para siempre. Te lo prometo.
Ella dudó. Y antes de saber cómo, ya estaba fuera, caminando a su lado, sin soltarle la mano, sintiendo que el corazón se le partía en dos.
Caminaron unas cuadras en silencio, hasta que Valeria se detuvo en seco y le soltó la mano de golpe.
—Habla. Dime lo que tengas que decir. Y luego vete.
—Valeria, escúchame bien
—él la miró a los ojos—. Esa chica… se acercó a mí. Me dijo cosas, me abrazó por sorpresa. Yo la aparté en cuanto pude. Pero tú ya te habías ido.
—¿Y por qué lo hiciste? —le reprochó, con voz quebrada—Solo es un mal entendido
—Necesitabas calmarte primero. ¡No quiero que te alteres más!
—¿Y quién te dio el derecho de decidir por mí? —dio un paso hacia él, con los ojos brillantes de rabia y dolor
—¡Me destrozaste, Damián! Me sentí pequeña, tonta, insignificante. Como si todo lo nuestro no hubiera significado nada.
—¡No digas eso! —él la tomó de los hombros, con desesperación
—Tú lo eres todo para mí. Todo. No hay nadie más. No puede haber nadie más.
—¿Y cómo quieres que te crea? —se zafó de él, con fuerza—. Las palabras se las lleva el viento. Lo que vi… eso no se borra con frases bonitas.
—¿Qué tengo que hacer para que me creas? ¿Qué tengo que darte para recuperarte? —su voz se rompió—. Dímelo. Lo haré. Lo que sea.
—No puedes devolverme lo que sentí ayer —las lágrimas le corrían por las mejillas—. No puedes quitarme ese nudo en la garganta que no me deja respirar.
—Valeria, por favor… —la abrazó, suave, rogando—. No me dejes así. No nos dejes así.
—¡Suéltame! —lo empujó, con las manos temblorosas—. ¡No me toques! ¡No tienes derecho a abrazarme después de lo que vi!
—No te voy a soltar —la sujetó con firmeza, desesperado—. No te voy a perder.
—¡Que te sueltes te digo! —se debatió, con rabia y dolor mezclados—. ¡Déjame ir!
En el forcejeo, ninguno miró hacia la calle. El chirrido de frenos fue lo único que se oyó antes de que todo se volviera oscuridad.
-----------descripción -----------
"" Valeria — 20 años. Cabello castaño largo y suelto que suele recoger en una coleta cuando está triste; ojos color avellana grandes y expresivos, que ahora se ven apagados, sin el brillo que los hacía únicos. Piel suave, sonrisa dulce que se le escapa poco últimamente. Delicada, de sentimientos profundos, leal y apasionada cuando ama.
Damián — 22 años, cabello negro, alto, musculoso, con bonita parecencia, alegre, decidido, intenso, dispuesto a luchar por ella sin rendirse, orgulloso y amoroso. ""
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Cuando despertó, todo era blanco y silencio. Dolía moverse, pero lo que más dolió fue verlo allí. De pie, pálido, con los ojos hinchados, mirándola como si ella fuera lo único que le quedaba en el mundo.
Valeria lo miró y frunció el ceño.
—¿Mamá… quién es él?
Damián dio un paso hacia la cama, con el alma en la garganta.
—Valeria… soy Damián. No me reconoces?
—No —ella se acurrucó un poco más entre las sábanas, confundida—. No lo conozco.
Valeria lo miró y frunció el ceño.
Damián dio un paso hacia la cama, con el alma en la garganta.
—Valeria… soy Damián. ¿No me reconoces?
—No —ella se acurrucó un poco más entre las sábanas, confundida—. No lo conozco. ¿Por qué está aquí?
Su madre la abrazó con cuidado, con lágrimas en la voz.
—Tranquila, mi amor. Estás bien. Estuviste en un accidente, y… hay cosas que por ahora no recuerdas.
Damián no pudo quedarse quieto. Salió corriendo al pasillo en busca del médico, el corazón golpeándole tan fuerte que le dolía el pecho.
—Doctor, dígame la verdad —le tomó del brazo, desesperado—. ¿Por qué no me recuerda? ¿Va a quedar así para siempre?
El médico lo miró con calma.
—Respire. El golpe afectó la zona de la memoria. Tiene lagunas mentales: hay recuerdos que se han desvanecido, otros que quizá regresen poco a poco.
—¿Y… cuánto tiempo? —preguntó Damián, con voz quebrada—. ¿Un mes? ¿Un año?
—No hay plazo exacto —respondió el médico—. Puede ser cuestión de semanas… o de meses. Todo depende de ella, de cómo evolucione, y de la paciencia y cariño que la rodeen.
Damián se quedó en silencio. Y entonces, de entre el miedo, nació algo más fuerte: una sonrisa pequeña, decidida, se formó en sus labios. No era el final. Era una oportunidad.
Volver a conquistarla, pensó. Desde el principio. Haré que se enamore de mí otra vez, igual que la primera vez.
Regresó a la habitación con paso firme, la mirada clara. Se acercó a la cama, despacio, sin asustarla.
—Valeria… —dijo suavemente—. No me recuerdas ahora, pero te voy a decir la verdad. Soy tu novio. Llevamos años queriéndonos. Estoy aquí porque te amo, y porque siempre he estado a tu lado.
Ella lo miró con desconfianza, luego volvió la vista a su madre.
—¿Es verdad, mamá?
—Sí, mi vida —asintió ella, con ternura—. Es verdad. Damián es tu novio. Han estado juntos mucho tiempo. Te quiere muchísimo.
Valeria lo miró de nuevo, ahora con menos miedo, aunque aún sin reconocerlo del todo.
—No… no me acuerdo —susurró—. Pero… si ustedes lo dicen…
—No tienes que recordarme hoy —le dijo él, sentándose con respeto al borde de la cama—. Solo déjame volver a conocerte. Y dejarme que te conozca a ti, otra vez.
Ella asintió despacio. Y así, sin que ninguno de los dos lo supiera aún, comenzó su historia de nuevo.
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Editado: 03.10.2026