Equivocadas percepciones.

Capítulo 1

Cuando los días pasan, las matemáticas se vuelven más insoportables y Chastin ya se quería ir a su casa, aun cuando el día todavía no había empezado.

Al pisar el instituto ese día, tenía el presentimiento de que la iba a pasar muy mal. Cálculo ¿Por qué las ecuaciones diferenciales habían sido parte de sus sueños esa mañana? Los procedimientos con respuesta incorrecta la perseguían en cada instante y no podía creer que ni esforzándose en utilizar todas las fórmulas matemáticas establecidas, todavía sus resultados dejaran tanto que desear, por no decir que dejaban todo por desear.

Era pésima en eso.

Dejó su mochila a un lado de la mesa y respiró con profundidad. Como si fuera poco sus resultados desfavorables -lamentables a decir verdad-, nada había salido bien esa mañana.

Descubrió que el calentador se había estropeado y se enteró cuando ya se encontraba dentro de la ducha. Tal vez hubiera sido buena opción calentar un poco de agua en la estufa, pero no era opción cuando te levantas con la confianza de que las cosas no se dañan de repente y en cambio, decides enrollarte un poquito, solo unos treinta minutos más en tu cobertor mientras tratas de redimir el sueño que no pudiste aprovechar en su totalidad.

En el paradero del autobús descubrió de que su ruta ya estaba cerrando las puertas, pero lo único que obtuvo al correr fue el revoloteo de los cabellos estampandose contra su cara, dejándola en ridículo con las personas que ya se encontraban dentro. La observaban desde arriba y con desprecio como miembros de la alta sociedad en sus carruseles.

Miró su reflejo en uno de los cristales del paradero y se vio lamentable; su cabello que hace unos minutos estaba perfectamente peinado en ese momento era un monstruo del frizz gracias la humedad y el viento helado.

Matemáticas... mientras se peinaba en el baño, Chastin jaló su cabello con fuerza al recordar que ese día entregaban las notas del tercer corte. Santo Dios, era decisivo, necesitaba por lo menos un 3/5 para no preocuparse por el siguiente examen, pero tenía dudas de que fuera a alcanzar una nota tan alta, si a un 3 se le consideraba una nota alta.

Cuando se sentó Mariana la observaba con la ceja elevada y los brazos cruzados.

—Te ves fatal.

—Te agradezco la sinceridad —Le respondió, mientras se aplicaba un poco de brillo rosa en los labios.

—Parece que dormiste una hora, ¿por qué llegaste así? Ya lo habíamos hablado.

—Lo sé, no tienes porque recordarlo.

Su amiga suspiró y negó con la cabeza.

—¿Déjame adivinar?, ¿otro chico? —Insistió ella. Chastin mordió su labio inferior y se sintió lamentable por un momento. Sí, había sido por un chico, pero también había sido por su calentador estropeado, su maratón por el autobús y la caminata de más de treinta minutos desde su casa hasta Wisdom.

—En efecto, pero ya me aburrí de él.

—Ya veo —Mencionó organizando sus libros mientras la miraba de reojo, inquisitiva.

Chastin la miró fugazmente para darse cuenta que estaba impecable, con su cabello oscuro bien peinado y su piel morena sin imperfecciones. Su uniforme se encontraba intacto, era claro que había llegado mucho antes que ella; y como no, sin percances de calentadores estropeados o cabellos alborotados a causa de una maratón fracasada.

Mariana parecía no preocuparse por nada. Era como una columna rígida que mantenía la compostura ante cualquier situación. La consideraba una mujer implacable.

De todas formas ¿qué podría sacar de sus casillas a Mariana? Siempre obtenía buenas notas, era organizada y no conocía alguna situación que la hubiera sacado de casillas. Era claro, que no había pasado la noche en vela pensando en su nota de cálculo, ni mucho menos, teniendo pesadillas de fórmulas matemáticas con formas antropomorfas con resultados incorrectos. Eso apestaba.

Apoyó la mejilla en su mano y pensó que quizá estaba siendo demasiado negativa. Tal vez si pensara positivo, prendiera una vela blanca en la mitad de su habitación y se mentalizaba que aprobaría, existían altas probabilidades de que su subconsciente la escuchara y todo marchara bien. Solo que tenía que estudiar un poco más y tal vez...

—Clase, llegué yo. ¡Buenos días! —Y como si se hubiese tratado de una bomba nuclear explotando en sus oídos, todo rastro de positivismo y buenas vibras desaparecieron al mismo tiempo que surgieron.

Su voz se sintió como un golpe en la cabeza, como un timbre que no dejaba de resonar y que no paraba, pues sus compañeros se habían puesto de pie a saludarlo.

Nuevamente la estrella del espectáculo, el protagonista del circo.

Oriol.

Los estudiantes se habían contagiado de su energía inacabable y su positivismo abrumador. De pronto, todos sonreían, incluso Mariana a quien se le dibujaba un pequeño surco en los labios.

Si Chastin creía que el día se iba a arreglar siendo positivo, pues ya no. Se sintió repentinamente irritada y de mal humor.

—Otra vez la misma payasada —Se quejó pasando la mano por su cabello antes de desviar la mirada hacia la ventana. Decidió que era mucho más importante ver el aguacero que casi parecía una alerta de desastre natural.

—No creo que sea una payasada. Más bien creo que es muy enérgico. Es agradable.

Lo que menos necesitaba Chastin ese día -en su vida en particular- era escuchar o ver a alguien siendo positivo sin ningún motivo aparente.

Le parecía falso y artificial.

Todos tenían problemas, nada se solucionaría tan solo por pensar o actuar positivo y sonreirle a todo el mundo. Allá afuera de esa burbuja de supuesta felicidad se encontraban personas con problemas reales.

Problemas como los de ella, con exámenes de cálculo pendientes por aprobar, y por supuesto; calentadores de gas estropeados.

—Creo que te está observando —Le susurró Mariana.

Por supuesto que lo sabía; siempre hacía lo mismo cada mañana. A pesar de eso, giró la cabeza un poco, solo un poco y descubrió que en efecto, Oriol la estaba mirando.




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