Éramos tres en un matrimonio de dos

Capitulo 1

## Capítulo 1

### La casa donde todavía era Diana

Antes de que su rostro apareciera en los periódicos, antes de que su nombre fuera pronunciado con reverencia por personas que jamás la habían conocido, Diana vivía en un mundo pequeño. No necesariamente sencillo, pero sí reconocible. Un mundo hecho de habitaciones familiares, puertas que se abrían sin anunciarse y voces que no cambiaban de tono cuando ella entraba.

En Althorp, los días parecían avanzar con una lentitud propia. Las mañanas comenzaban entre el frío y la humedad, con la luz pálida filtrándose por las ventanas y los árboles desnudos extendiendo sus ramas sobre los jardines. Diana conocía aquellos caminos desde niña. Sabía qué escalón crujía, qué ventana dejaba pasar más viento y qué parte del lago reflejaba el cielo incluso cuando las nubes lo cubrían todo.

A veces caminaba sola por los terrenos, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo. No lo hacía porque estuviera triste. Simplemente necesitaba alejarse del ruido de la casa, de las conversaciones de los adultos y de esa sensación constante de que todos esperaban algo de ella, aunque nadie se molestara en decirle exactamente qué.

Diana todavía no sabía qué quería ser.

La pregunta aparecía de vez en cuando, formulada con una sonrisa amable y una paciencia que no siempre era sincera. ¿Qué harás cuando seas mayor? ¿Te casarás pronto? ¿Te gustaría formar una familia? ¿Te imaginas viviendo en Londres?

Ella respondía con frases vagas. Decía que no lo sabía. Que quizá trabajaría con niños. Que le gustaba enseñar. Que no tenía prisa.

La verdad era que no tenía un plan. Y, por primera vez en su vida, esa falta de certeza no le parecía un problema. Había algo tranquilizador en no saber. Mientras no eligiera un camino, ninguno podía decepcionarla.

En aquellos días, Diana era conocida por su timidez. No una timidez delicada, como la describirían más tarde, sino una forma de protegerse. Observaba antes de hablar. Escuchaba las conversaciones y guardaba para sí las cosas que no comprendía. Cuando entraba en una habitación llena de personas, buscaba primero un rostro conocido antes de decidir dónde colocarse.

No le gustaba sentirse examinada.

Tampoco le gustaba que confundieran su silencio con ingenuidad.

Había aprendido que las personas decían una cosa y pensaban otra. Lo había visto en su propia familia, en las visitas formales, en las cenas donde todos sonreían mientras evitaban ciertos temas. Había aprendido que el afecto podía convivir con la distancia y que una casa podía estar llena de gente sin dejar de sentirse vacía.

Por eso, cuando comenzó a escuchar con más frecuencia el nombre de Carlos, no sintió emoción. Sintió curiosidad.

No era un nombre nuevo para ella. Pertenecía a los periódicos, a las fotografías oficiales y a las conversaciones de los adultos. El príncipe de Gales aparecía en todas partes: en actos públicos, en viajes, en ceremonias donde parecía estar siempre rodeado de personas y, al mismo tiempo, completamente solo.

Diana lo había visto algunas veces desde lejos. Nunca lo suficiente como para conocer su rostro de verdad. Solo recordaba ciertos detalles: la postura rígida, la expresión seria, la manera en que parecía escuchar incluso cuando no estaba interesado.

Carlos pertenecía a un mundo que Diana no comprendía.

Un mundo donde cada gesto tenía un significado y cada error podía convertirse en un escándalo. Un mundo donde el deber no era una palabra, sino una forma de vida. Ella sabía que algún día tendría que casarse. Sabía que su familia consideraba importante que lo hiciera bien. Pero el matrimonio, para Diana, todavía era una idea doméstica y cálida: dos personas compartiendo una casa, riéndose en la cocina, cuidándose cuando una de ellas enfermaba.

No imaginaba que también podía ser una institución.

No pensaba que un esposo pudiera pertenecerle al país antes que a ella.

La primera vez que alguien mencionó que Carlos había preguntado por ella, Diana creyó que se trataba de una broma.

Estaba en una habitación pequeña, sentada junto a una ventana, mientras una amiga hablaba de una reunión a la que ambas habían asistido. Afuera, el jardín estaba cubierto de hojas húmedas. Diana apenas prestaba atención. Tenía un libro abierto sobre las piernas, aunque llevaba varios minutos leyendo la misma línea.

—Creo que le llamaste la atención —dijo su amiga.

Diana levantó la mirada.

—¿A quién?

—A él.

—¿A quién?

Su amiga sonrió, como si la respuesta fuera evidente.

—Al príncipe Carlos.

Diana soltó una risa breve, incómoda. No supo qué hacer con las manos, así que cerró el libro.

—No seas absurda.

—No lo soy. Preguntó quién eras.

—Eso no significa nada.

—Significa que te vio.

Diana miró hacia la ventana. El reflejo le devolvió una imagen que todavía le resultaba familiar: el cabello claro, el rostro joven, los ojos demasiado grandes para ocultar lo que sentía. No se parecía a las mujeres que aparecían junto a Carlos en los periódicos. No tenía su seguridad ni su elegancia. Ni siquiera sabía cómo comportarse en una conversación formal sin decir algo torpe.

—Seguramente preguntó por cortesía —dijo.

—Claro. Por cortesía.

Diana no respondió.

Durante el resto de la tarde intentó no pensar en ello. Se obligó a concentrarse en otras cosas, pero el nombre regresaba una y otra vez, no como una ilusión romántica, sino como una pregunta que no sabía formular.

¿Por qué él?

No se consideraba especial. Era consciente de que podía resultar agradable, incluso encantadora cuando se sentía cómoda, pero no entendía qué podía haber visto en ella un hombre acostumbrado a conocer mujeres sofisticadas, seguras y preparadas para moverse dentro de su mundo.

La idea le producía más nervios que entusiasmo.

Esa noche, antes de dormir, Diana se quedó sentada frente al espejo. Se quitó los pendientes y los dejó sobre la mesa. Luego observó su propio reflejo durante un largo rato.




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