## Capítulo 2
### El nombre que ya conocía
Carlos ya sabía quién era Diana antes de que alguien se la presentara.
No la conocía realmente. Sabía su apellido, conocía a su familia y había escuchado comentarios sobre ella en conversaciones donde su nombre aparecía acompañado de palabras como *joven*, *discreta* y *adecuada*. Para los demás, aquello parecía suficiente.
Para Carlos no lo era.
Había visto una fotografía suya unos días antes. Diana aparecía con una expresión seria, casi incómoda, como si no supiera qué hacer frente a la cámara. No parecía estar intentando agradar. Esa falta de esfuerzo había llamado su atención.
—Es demasiado joven —había dicho Camilla al ver la fotografía.
Carlos no respondió enseguida.
Estaban sentados en una habitación tranquila, lejos del ruido de la casa. Camilla tenía una taza entre las manos y observaba la imagen que él había dejado sobre una mesa. No parecía celosa. Al menos, no de una manera evidente.
—No he dicho que vaya a casarme con ella —contestó Carlos.
—No hace falta que lo digas.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Carlos tomó la fotografía y la guardó dentro de una carpeta. El gesto fue automático, pero Camilla lo observó con atención.
—¿Qué sabes de ella? —preguntó.
—Lo mismo que tú.
—No. Tú has preguntado.
Carlos levantó la mirada.
Camilla sonreía, aunque sus ojos permanecían serios. Tenía una forma particular de hablarle: nunca lo enfrentaba de manera directa cuando podía hacerlo sentir descubierto con una frase sencilla.
—Solo quería saber quién era —dijo él.
—¿Y ahora lo sabes?
—Sé quién es su familia.
—Eso no es lo mismo.
Carlos no contestó. Camilla tenía razón, y ambos lo sabían.
Diana Spencer era una muchacha que todavía no comprendía el peso de su propio apellido. No pertenecía por completo al mundo de la corte, pero estaba lo bastante cerca como para ser considerada una posibilidad conveniente. Era joven, inglesa, de buena familia y, sobre todo, no parecía traer consigo una historia complicada.
Carlos sabía que eso era lo que los demás buscaban.
Una esposa que pudiera cumplir con su papel.
Una mujer que entendiera que el matrimonio no sería únicamente una relación entre dos personas. Sería una alianza, una obligación y una imagen pública. Alguien capaz de sonreír cuando fuera necesario y de guardar silencio cuando las circunstancias lo exigieran.
Camilla no cumplía con esa descripción.
Tal vez por eso Carlos no podía apartarse de ella.
—¿La has conocido? —preguntó Camilla.
—La vi una vez.
—¿Y?
Carlos recordó a Diana en la fiesta. La manera en que había respondido que no se estaba divirtiendo. La sinceridad inesperada de su voz. El gesto con el que había intentado ocultar los nervios.
—Es tímida.
—Eso dicen.
—No parece fingir.
Camilla dejó la taza sobre la mesa.
—Todos fingen algo.
Carlos la miró.
—Tú también.
—Por supuesto.
La respuesta fue tan tranquila que él no pudo evitar sonreír.
Camilla se inclinó hacia atrás en el sillón. La luz de la tarde entraba por las ventanas y dibujaba sombras sobre su rostro. Carlos conocía cada una de sus expresiones. Sabía cuándo estaba molesta, cuándo quería provocarlo y cuándo fingía indiferencia para no mostrar miedo.
Conocía sus silencios.
Eso era lo que hacía que todo resultara más difícil.
—¿Te gusta? —preguntó ella.
Carlos tardó demasiado en responder.
Camilla lo notó.
—No te estoy preguntando si la amas —continuó—. Solo quiero saber si te gusta.
—Apenas la conozco.
—Pero la has mirado.
Carlos apartó los ojos.
No quería discutir con Camilla. No esa tarde. Había ido a verla buscando un momento de calma, aunque sabía que la calma nunca existía completamente entre ellos. Incluso cuando estaban solos, había algo pendiente. Una conversación que no terminaban, una decisión que ninguno se atrevía a tomar.
—Diana no significa nada —dijo.
Camilla permaneció en silencio.
La frase había sido demasiado rápida. Demasiado defensiva.
—No te he pedido que me tranquilices —respondió.
—No intento tranquilizarte.
—Entonces no la menciones como si tuvieras que explicarme su importancia.
Carlos sintió una irritación que no sabía si estaba dirigida a Camilla o a sí mismo.
—No la he mencionado yo.
—Pero estás pensando en ella.
El silencio se volvió más pesado.
Carlos se levantó y caminó hasta la ventana. Desde allí podía ver parte de los jardines. Todo parecía ordenado, quieto, bajo control. Le resultaba extraño que su vida no se pareciera en absoluto a aquel paisaje.
—Mi familia espera que me case —dijo.
Camilla no respondió.
—No es una novedad.
—No.
—Y tú sabes lo que eso significa.
—Sé lo que significa para ellos.
Carlos apoyó una mano contra el marco de la ventana.
—¿Y para ti?
Camilla soltó una risa breve, sin humor.
—Para mí significa que algún día dejarás de venir.
Carlos cerró los ojos un instante.
Aquella era la verdad que ambos evitaban. No importaba cuánto tiempo pasaran juntos ni cuántas veces prometieran que las cosas serían distintas. Había una estructura entera esperando que Carlos cumpliera con su deber. Y Camilla sabía que, al final, él no tendría el valor suficiente para destruirla.
—No quiero perderte —dijo él.
—Pero tampoco quieres elegir.
Carlos se volvió hacia ella.
Camilla no lloraba. Nunca lo hacía delante de él. Su dolor aparecía en otros lugares: en la rigidez de sus hombros, en la forma en que dejaba de mirarlo, en el cuidado con que pronunciaba cada palabra.
—No es tan sencillo —dijo Carlos.
—No. Nunca lo es cuando la decisión te perjudica a ti.
Él quiso acercarse, pero Camilla levantó una mano.
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Editado: 07.10.2026