Éramos tres en un matrimonio de dos

Capitulo 4

## Capítulo 4

### Lo que la familia ya había decidido

La noticia no llegó a Diana como una propuesta, sino como una conclusión. Nadie le preguntó directamente si deseaba casarse con Carlos. Le hablaron de la posibilidad con el cuidado con que se menciona algo que todavía debe mantenerse en secreto, aunque todos los presentes ya lo consideren inevitable. En la casa, las conversaciones cambiaron de tono. Las visitas se volvieron más frecuentes y las preguntas, más precisas. De pronto, su ropa, sus modales y hasta la manera en que respondía comenzaron a parecer asuntos de importancia pública.

Diana lo percibió en los pequeños detalles. Su madre le pidió que eligiera con más cuidado lo que decía delante de ciertas personas. Su hermana mayor empezó a observarla con una mezcla de preocupación y curiosidad. Incluso las mujeres que trabajaban en la casa parecían saber algo que ella ignoraba. Cuando Diana entraba en una habitación, las conversaciones se interrumpían durante unos segundos y luego continuaban con una naturalidad demasiado estudiada.

Aquello la hacía sentirse como una visitante dentro de su propia vida.

Carlos, mientras tanto, se encontraba atrapado entre dos decisiones que no quería enfrentar. La familia real había comenzado a hablar de Diana con una seguridad que le resultaba incómoda. No decían que debía casarse con ella, al menos no de manera directa. Utilizaban palabras más suaves: *conveniente*, *adecuada*, *bien considerada*, *una joven de buena familia*. Pero Carlos entendía lo que significaban. En su mundo, las decisiones importantes rara vez se imponían de frente. Se construían alrededor de una persona hasta que negarse parecía una forma de egoísmo.

—Diana podría ofrecerte estabilidad —le dijo alguien durante una conversación privada.

Carlos permaneció junto a la ventana, mirando los jardines.

—No la conozco lo suficiente.

—La conocerás después.

—Eso no parece una razón para casarse.

—No todo matrimonio comienza con una gran historia de amor.

Carlos apretó la mandíbula. Había escuchado esa frase muchas veces, pronunciada por personas que parecían considerar el amor una ventaja secundaria. Para ellos, el matrimonio era una estructura. El afecto podía llegar después, con los años, si ambos cumplían con sus responsabilidades.

Pero Carlos sabía que no estaba libre para esperar ese afecto.

Camilla seguía presente en su vida, aunque su nombre ya no se pronunciara con la misma facilidad. Se había casado con Andrew y comenzaba a construir una familia. Desde fuera, parecía haber elegido una nueva vida. Sin embargo, Carlos sabía que la distancia no había destruido lo que existía entre ellos. Solo lo había vuelto más peligroso.

Camilla ya no era una mujer soltera que podía verlo sin consecuencias. Ahora era una esposa, una madre y una figura vinculada a otra familia. Carlos también estaba a punto de convertirse en esposo. La diferencia era que, en su caso, el matrimonio no sería una decisión privada. Cada gesto sería observado. Cada rumor tendría consecuencias.

Aun así, continuaba buscándola.

No siempre la llamaba. A veces bastaba con enviarle una carta breve o encontrar una excusa para coincidir en algún lugar. Carlos se decía que necesitaba hablar con ella, que no podía dejar las cosas sin resolver. Pero ambos sabían que nunca hablaban para resolver nada. Se buscaban porque la distancia les resultaba insoportable y porque, juntos, podían fingir que todavía tenían control sobre sus vidas.

Camilla no le preguntaba directamente por Diana. No necesitaba hacerlo. El nombre aparecía en las conversaciones de los demás, en los periódicos y en los comentarios de quienes comenzaban a observar la cercanía entre Carlos y la joven Spencer.

—¿La has vuelto a ver? —preguntó Camilla una tarde.

Carlos estaba sentado frente a ella, con una taza de té intacta entre las manos.

—Sí.

—¿Y?

—Hablamos.

—Eso ya lo sé. ¿De qué hablaron?

Carlos la miró.

—De cosas normales.

Camilla sonrió con tristeza.

—Qué tranquilizador.

—No tienes por qué hablar así.

—¿Cómo debería hablar?

—Como si no estuvieras esperando que te diga algo que ya decidiste creer.

Camilla dejó la taza sobre el plato.

—No estoy esperando nada.

—Eso no es cierto.

—No, Carlos. Lo que no es cierto es que tú puedas seguir tratándome como si yo fuera la única persona que debe aceptar las consecuencias de tus decisiones.

Él bajó la mirada.

Camilla había cambiado desde su matrimonio. No se había vuelto más fría, pero sí más consciente de sus límites. Antes podía discutir durante horas, exigirle respuestas y luego perdonarlo cuando él la abrazaba. Ahora había una distancia nueva en ella. Una parte de su vida ya no estaba disponible para él, aunque su corazón todavía lo estuviera.

—No he decidido casarme con Diana —dijo Carlos.

—Pero estás dejando que todos hablen como si ya lo hubieras hecho.

—No es tan sencillo.

—Siempre dices eso cuando quieres ganar tiempo.

Carlos se levantó y caminó hacia la ventana.

—¿Qué quieres que haga?

—Por una vez, quiero que hagas algo sin preguntarme qué debes hacer.

Camilla lo observó de espaldas. Conocía esa postura. Sabía que estaba incómodo, que quería escapar de la conversación y que, al mismo tiempo, esperaba que ella lo detuviera.

—Si te casas con ella —dijo—, no podrás seguir viniendo a mí como antes.

Carlos se volvió.

—No me pidas que te abandone.

—No te lo estoy pidiendo. Te estoy diciendo que no puedes tenerlo todo.

—No quiero perderte.

—Pero tampoco quieres perder la vida que esperan de ti.

Carlos no respondió.

Camilla se levantó lentamente. El anillo de matrimonio brilló en su mano cuando recogió su bolso.

—Eso es lo que más duele —continuó—. No que no me ames. Sino que tu amor nunca ha sido suficiente para que renuncies a nada.




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