La ciudad, una bestia de neón y asfalto, exhalaba su último aliento antes del amanecer. A esa hora, conocida como "HORA DEL LOBO", las calles se vaciaban de una humanidad ruidosa y quedaban solo los ecos: El zumbido lejano de un camión de limpieza, el parpadeo errático de un semáforo en una esquina desierta, y el silencio, un silencio espeso que se pegaba a la piel como una humedad fría. Era en ese silencio donde él cazaba.
El taxi aparecía sin previo aviso. No surgía de una bocacalle ni doblaba una esquina; simplemente se materializaba en el retrovisor de un peatón solitario, o en la penumbra de una parada de autobús, como una mancha de tinta que se expande en un papel mojado. Un viejo sedán negro, de un modelo que nadie recordaba haber visto en las calles, con su pintura opaca y lustrosa como el lomo de un escarabajo. Su motor no rugía; emitía un suave zumbido eléctrico, casi un lamento, una vibración que se sentía más en los dientes que en los oídos. En su techo, un letrero de "LIBRE" brillaba con una luz enfermiza, un amarillo pálido como el de un ojo enfermo.
Aquella noche, su objetivo era Elena.
Elena era una mujer de mediana edad, bibliotecaria, con una vida tejida con los hilos grises de la rutina y la soledad. Había pasado la noche cuidando de su madre enferma en el hospital, una vigilia agotadora que le había dejado un sabor a ceniza en la boca y un peso de plomo en el alma. Caminaba hacia su apartamento, a pocas manzanas de distancia, abrazada a su propio cuerpo para combatir el frío que no era solo atmosférico. Su pureza no era la de una santa; era la de una persona que, a pesar de las grietas de la vida, nunca había dejado que la amargura le pudriera el corazón. Era una decencia fundamental, una bondad silenciosa y no recompensada que brillaba en la oscuridad como una luciérnaga. Para él, era un faro.
El taxi se deslizó a su lado, tan silencioso como una sombra. La ventanilla del pasajero se bajó con un zumbido mecánico.
— ¿Necesita un taxi, señora? — la voz del conductor era un susurro rasposo, como hojas secas arrastradas por el viento. Elena se sobresaltó. No lo había oído llegar. Miró al conductor, pero su rostro era una mancha borrosa bajo el ala de un sombrero de fieltro, como si estuviera hecho de humo o de una fotografía mal revelada. Solo podía distinguir el brillo frío de sus ojos, dos ascuas sin calor.
— No, gracias — dijo Elena, apretando el paso.
— Estoy cerca —
— La noche es fría — insistió la voz.
— Y los caminos, peligrosos. Suba. La llevaré —
Hablaba con una cadencia hipnótica. Elena sintió una presión extraña en el pecho, una mezcla de agotamiento y una curiosidad malsana. El coche olía a humedad, a moho y a algo más, algo dulzón y metálico, como el aroma de una flor que crece sobre una tumba. La puerta trasera se abrió sola, con un chasquido suave, una invitación silenciosa.
Contra su mejor juicio, Elena se encontró subiendo. El asiento de cuero estaba frío y pegajoso. La puerta se cerró con un golpe sordo y definitivo que resonó en sus huesos. El interior era más oscuro de lo que debería ser, las luces de la calle no lograban penetrar los cristales. El mundo exterior se volvió borroso, como visto a través de un cristal empañado.
— ¿A dónde vamos? — preguntó Elena, su voz temblorosa.
— A un lugar donde el dolor cesa — respondió el conductor, sin girarse. El taxi se movió, pero no hacia su apartamento. Se deslizó por calles que Elena no reconocía, avenidas vacías que parecían no tener fin, túneles que nunca había visto en sus años viviendo en la ciudad.
Elena intentó mirar por la ventana, pero solo veía una negrura líquida, salpicada de vez en cuando por farolas que se retorcían como huesos de dedos esqueléticos. Un frío sobrenatural empezó a invadirla, un frío que no venía del aire acondicionado, sino de dentro, de sus propios recuerdos. Empezó a ver cosas en la penumbra del asiento. A su lado, la silueta de su madre, joven y sonriente, se desvaneció como el humo. Luego, la imagen de un amor de juventud, perdido por una decisión cobarde, le sonrió con una tristeza infinita antes de disolverse. Cada remordimiento, cada arrepentimiento, cada pequeño momento de egoísmo en su vida de abnegación, se materializaban a su alrededor, susurrando su nombre, tocándole el hombro con dedos helados.
— ¿Quiénes son? — jadeó Elena, presionando su espalda contra la puerta, que ahora le parecía sólida como el acero.
— Son sus fantasmas — dijo el conductor.
— Los que la atan a la carne. Los que la hacen digna. La pureza no es la ausencia de pecado, Elena. Es la conciencia de él, y el dolor que causa. Esa luz tenue que has protegido toda tu vida... es un manjar exquisito —
El taxi se detuvo. No había calle, no había edificios. Solo un vacío absoluto, un abismo de niebla negra frente a ellos. Elena sintió que el coche se inclinaba, como si estuviera al borde de un precipicio. A través del parabrisas, en lugar de la carretera, vio un descenso interminable hacia una oscuridad que respiraba, que palpitaba con una vida propia.
— Mi tarifa — dijo el conductor, y por primera vez, giró la cabeza.
Elena ahogó un grito. Bajo el sombrero no había rostro. Solo una boca, un agujero negro y hambriento que ocupaba toda la cabeza, un vórtice de vacío que succionaba la luz y la esperanza. La voz ya no era un susurro, sino un coro de mil almas gritando en agonía.