Escarlata Rebelde

68.Ceres

Hemos vuelto.

Sigue siendo el mismo lugar, aunque parece que haya transcurrido una vida desde que salimos corriendo de aquí, prometiéndonos no volver jamás.

La ventana por la que me he colado da a una pequeña biblioteca. Nada más entrar, permanezco agazapada e intento afinar el oído en busca de cualquier indicación de que no estamos solas. Pero, justo en ese momento, también se cuela por la ventana Diana, que se deja caer sin gracia desde el alféizar. Aunque sigue siendo invisible, no deja de portar su ruidosa armadura, que chirría con el golpe contra el suelo. Le hago un gesto para que se quede quieta y contengo el aliento, sin dejar de observar entre las estanterías mientras Lyra consigue colarse a continuación.

Está vacía…

Las voces son apenas un susurro. Descubrir la verdad sobre ellas ha sido un shock, tanto para ellas como para mí. Y aunque, en mi caso, la verdad viene acompañada de cierto alivio, en el suyo se ha convertido en un baño de resignación. Supongo que saber que no son simples delirios debe haber cambiado algo entre nosotras.

No estamos resignadas… solo odiamos este lugar.

Ni por un momento las creo.

Un nuevo chirrido de la armadura de mi amiga me obliga a apartar la atención de ellas. Seguimos agachadas junto a la ventana, esperando que alguien se acerque a comprobar qué ha sido ese ruido. Pero nadie viene, lo que no es de extrañar teniendo en cuenta la revuelta que se ha desencadenado a las puertas del lugar. Posiblemente una biblioteca sea el último lugar donde estén los niños ahora mismo.

Me doy la vuelta y veo cómo Lyra, que no es más que una silueta translúcida, me señala hacia la puerta. Yo asiento y emprendo la marcha con cuidado, esquivando estanterías.

Acciono el picaporte con calma y me asomo al pasillo. Nadie… Ni un solo niño corriendo por los pasillos, ni cuidadoras llamándolos, ni sonidos de puertas abriéndose y cerrándose. Con toda esa gente concentrada a las puertas, esperando ver a Audry, al menos los pasillos deberían ser un hervidero.

—Es posible que estén en el pabellón residencial —susurra Diana, que se asoma por encima de mí y parece adivinar mis pensamientos.

—Continuemos —nos apremia Lyra—. El conjuro no tardará en fallar.

Con cuidado, empezamos a recorrer la sección del edificio en la que nos encontramos y que corresponde a la zona de estudio. A cada lado del pasillo encontramos aulas donde posiblemente se imparten clases a los pequeños. Todas ellas están vacías.

Fuera, en la calle, escuchamos cómo aumentan los gritos. Miro con preocupación a mis amigas. Parece que la cosa se está yendo aún más de control y lo último que necesitamos ahora mismo es que una multitud irrumpa en el edificio.

—A los dormitorios… ahora —ordena Diana.

No necesito que me indique el camino. Recuerdo perfectamente ese pabellón. Fue allí donde encontramos el acceso al sótano la última vez. El mismo que terminaba conduciendo hasta la cripta y a todo lo que descubrimos bajo este lugar.

Intento apartar el recuerdo e inicio la marcha, esta vez acelerando el paso. Ya no hay espacio para el sigilo. Cruzamos el orfanato y nuestros pasos nos llevan justo al hall.

Vacío.

—¿Dónde están? —pregunta Lyra.

—No lo sé… —responde Diana—. Pero no han abandonado este lugar. Los vigías del templo aseguraron que nadie había entrado ni salido de aquí en días.

—Si eso es cierto, los niños deben seguir aquí, al igual que Audry —afirmo mientras aprieto el paso hacia la siguiente puerta, la que da acceso a la zona de las habitaciones—. Sigamos buscando.

La cripta… en la oscuridad…

—No, primero los dormitorios —murmuro para mí misma.

Sé que nuestro objetivo es Audry, pero ahora mismo la ausencia de los niños me provoca un desagradable nudo en el estómago. Todavía queda parte del orfanato por registrar. No me rindo ante la idea de que las cuidadoras los hayan reunido en alguna estancia, alejada de este caos. Tal vez deberíamos asegurarnos de que así sea…

Empujo la puerta y entramos en el pabellón residencial, donde el silencio nos encuentra de nuevo. Avanzamos por el ala, abriendo puertas a nuestro paso. Primero la cocina, donde nos encontramos los platos de la comida por fregar. Después el comedor, que nos recibe con sillas desordenadas y mesas llenas de platos por retirar. Seguimos hacia las habitaciones, donde solo hay camas deshechas, mantas amontonadas, ropa tirada en alguna silla y juguetes por el suelo.

—Los niños estaban aquí —observa Lyra mientras se agacha a recoger un peluche de unicornio que me resulta familiar.

—Los han sacado de las habitaciones —murmura Diana—. Ni se han molestado en recoger.

Abajo…

Exhalo con frustración. Esta vez las voces no necesitan añadir nada más.

—Al sótano —me rindo al fin.

—Joder… —protesta Lyra con un suspiro mientras guarda el pequeño peluche en su bolsa—. Era demasiado pedir que por una vez fuese fácil.

—Vamos —nos apura Diana mientras abandona la habitación.




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