Kiara
El invierno había llegado a Roma. Era encantadoramente reconfortante porque lo usé como excusa para venir a vivir de una vez con Luciano. Era mi recompensa por haber logrado graduarme. Además, necesitaba relajarme antes de empezar con los preparativos de la boda.
Liana e Isadora estaban muy dispuestas a ayudarme. ¿Y yo? Era la mujer más feliz del mundo. Tan feliz que había veces que todavía no me lo creía. Después de tanto dolor, finalmente podíamos disfrutar de nuestro amor sin que nadie intentara arruinarlo.
La vida estaba siendo muy buena.
Estiré los brazos y bostecé mientras abría los ojos lentamente. Toqué el lugar a mi lado en la cama, pero se encontraba vacía. Era la primera vez en esta semana que despertaba sola. ¿Dónde había ido Luciano? Tal vez trabajando o respondiendo llamadas. Había tomado el control total de la corporación Vitale.
Su padre era un inepto y Gian no se encontraba en su mejor momento. Su relación con Liana poco a poco se estaba deteriorando, pero no era mi problema y no tenía derecho a juzgarlos. Era cosa de dos, aunque amaba a ambos. Esperaba que pudieran resolverlo de la mejor manera posible.
Me levanté con el segundo bostezo y tomé la camiseta de Luciano que se encontraba arrugada en la alfombra. Anoche ni siquiera tuvimos tiempo de llegar a la cama. Me puso sobre mis manos y rodillas y me follo justo allí.
Bendita alfombra…
Me reí mientras salía de la habitación para buscarlo. Los pasillos de la mansión se encontraban impecables, con ese exquisito y dulce aroma a lavanda al que me había acostumbrado. Flores frescas en los rincones, cortinas blancas sacudiéndose con la brisa y Bruno ladrando desde afuera. Apostaba que estaba persiguiendo de nuevo a las aves que se detenían en nuestro patio cada tanto.
Amaba a ese perro. A veces era juguetón, otras dormía durante horas después de comer y pasear. No convivía tanto con otros animales y me entristecía. Bruno también necesitaba amigos o una pareja. Hablaría con Luciano al respecto. Me encantaría adoptar una perra para que le hiciera compañía.
Todos merecíamos ser amados.
Llegué hasta su oficina sin sorprenderme que la puerta estuviera abierta. Mi piel cosquilleó ante la vista de mi prometido. Lo conocía desde que era una niña y seguía quitándome el aliento como el primer día. Sus ojos azules estaban atentos en el ordenador mientras escribía notas, pero en cuanto notó mi presencia, su mirada se encontró con la mía y me dio la sonrisa más hermosa que había visto a pesar de que su cansancio era evidente.
—Buenos días —musité, apoyándome contra el marco de la puerta.
Luciano emitió un suspiro de satisfacción.
—Buenos días, pequeña flor. ¿Qué tal dormiste?
Me sonrojé.
—Tan bien cómo podrás imaginar —respondí con un mohín—. Siempre me dejas tan agotada.
Soltó una carcajada y se pasó una mano por el pelo.
—Te dije que podía ser más suave contigo.
Mi piel cosquilleó y el deseo corrió por mis venas. Dios mío… ¿Alguna vez mi adicción a este hombre sería saciada? Imposible. Debería tratarme para calmar estas hormonas incontrolables. ¿Pero quién podía culparme?
—No me gusta que seas suave.
Su rostro se tornó serio.
—Ven aquí —ordenó, palmeando su regazo.
Di un paso cerca, conteniendo la mueca cuando el dolor pulsó entre mis piernas. Ayer lo habíamos hecho unas tres veces. Nos habíamos vuelto más pegajosos desde que me mudé aquí con él. Mi madre no estaba muy contenta, pero prometí visitarla y llamarla a menudo.
Solo quería disfrutar mis días con el hombre que amaba.
Luciano apartó el ordenador y los papeles de su escritorio para sentarme sobre ella. Sus manos ásperas y callosas recorrieron mis muslos desnudos, jadeando cuando abrí un poco las piernas y me mordí el labio.
—¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó, tocando los bordes de su camiseta que traía puesto.
Miré su torso desnudo, los rasguños que decoraban su piel. Tenía chupones en el cuello y mordiscos en los hombros. Él los llevaba con orgullo. Ayer también elegimos la tipografía perfecta porque quería tatuarse mi nombre.
Luciano estaba obsesionado conmigo.
Y yo con él.
—Me gustaría ir a comer en un restaurante tailandés —musité, mi pecho agitándose por las caricias de sus manos—. He visto buenas reseñas en Google.
—¿Y después?
—Volver a casa y hacerlo en nuevas posiciones.
—Kiara…
Me moví del escritorio hasta sentarme a horcajadas en su regazo. Luciano sostuvo mi cintura mientras yo envolvía los brazos alrededor de su cuello.
—Creo que nos merecemos esto, ¿no? —Acerqué mi boca a la suya y hablé entre besos—. Fueron meses de agonía.
Se tensó.
—Nadie más va a lastimarnos.
—Lo sé, pero… —Besé su mandíbula—. A veces no puedo evitar pensar en todo lo que hemos pasado para estar juntos.
Pasó una mano por mi largo cabello castaño.
—¿Por qué recordar el pasado cuando tenemos un increíble presente?
—Es mi mejor arma para no volver a cometer los mismos errores.
Él me frunció el ceño.
—Kiara, tú no cometiste ningún error —murmuró—. Yo fui el idiota por haber confiado en personas que no debía.
Ni siquiera pronunció su nombre y lo agradecía. Barnie era un mal recuerdo. Una pesadilla olvidada. Todavía me desagradaba pensar que obtuvo su final feliz a pesar de los horrores que nos hizo pasar. Ella no merecía una segunda oportunidad.
Me tragué el odio y me concentré en el hombre que amaba. Luciano tenía razón. No valía la pena regresar al pasado.
—Pero eres mi idiota favorito —sonreí—. Siempre lo serás.
Empuñó mi cabello y chocó sus labios contra los míos. Le devolví el beso, sin molestarme en ocultar lo desesperada que estaba. Luciano gruñó cuando metí la mano en sus pantalones y apreté su gruesa erección. Ya estaba duro.
—Kiara…
—Fóllame —supliqué sin aliento—. Aquí. Sobre tu maldito escritorio.