Escrituber 2026

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Aquel que está debajo de nuestros pies

El sonido de la puerta corrediza se escuchó como todas las mañanas para Juan, entró sin intentar saludar a alguien, era el primer pasajero de una interminable cantidad de hombres y mujeres entran en cientos de vehículos. Elije el rincón más apartado de la puerta donde coloca su cabeza para descansar, tiene sueño como de costumbre, mientras revisa sus pocas pertenencias; una cartera con escaso dinero, un teléfono viejo y un doble perfecto de cada uno, alista el dinero para pagarle al conductor cuyo rostro nunca vero. Su única comunicación con otra persona es un pequeño agujero comunicando dos espacios virtuales entre los pasajeros y el conductor. Antes de cerrar los ojos se acurruca ese pequeño lugar en la esquina, donde no molesta a nadie y nadie lo molesta, el frio empaña los vidrios del vehículo, pero para él están bien, no se molesta en tratar de ver más haya del fino cristal, no quiere ver a nadie. Sus ojos se cierran y en un respiro comienza a dormitar. El vehículo sigue en movimientos en un peregrinar kilométrico donde más la distancia física se acorta, pero barreras mucho más poderosas comienzan a elevarse hasta perderse en el azul crepuscular del amanecer consumiendo las estrellas hasta no poder verlas. Mientras tanto el sonido de la puerta replegada se escucha y Juan entre abre los ojos un poco para ver a la cara a su compañero de viaje, posiblemente lo había visto en otra ocasión pensó, no logra distinguir su rostro entre el ropaje oscuro, quiere integrase por completo, pero el sueño lo consume una vez más. El calor dentro del pequeño espacio comienza a desaparecer y la poca luz a extinguirse.

El aliento de Juan era pesado, doloroso después de unos segundos, decide abrir los ojos por completo, pero los gritos de las voces lo confunden, le piden que no vea, que no los abra, le piden entregarle todo lo que tiene. Juan abre los ojos y ve como el transporte esta completamente lleno, como las personas enlista sus pertenencias más valiosas en sus manos, unos hombres piden con fuerza todo lo de balos, algunos sacaron incluso luz. La confusión no fue lo suficiente para Juan, entrego su pago como si nada, las manos comenzaron a tener en cuerpo, piernas y una cabeza indistinguible, similar a millones. Los hombres pidieron que el vehículo se detuviera, la luz del sol comenzaba a teñir con un amarillo todo el paisaje, simplemente un auto trato de esquivarlos, pero no lo logro, sus cuerpos fueron abatidos, pintando con gruesas pinceladas el asfalto negro. Sus rostros ahora eran conocidos, ahora eran visto y distinguidos. La sangre comenzó atravesar el asfalto, Juan sabia a donde iría, sabia a donde se pedía toda esa sangre, mientras recogía sus pertenencias pudo sentir como la oscuridad atraía toda esa sangre, sintió la oscuridad decirle que se alejara, pudo sentir la risa generada por una felicidad desmedida, entre los miles de kilómetros de asfalto se pintaban con gruesas brochas rojas todos sus caminos y sabia de ante mano que toda esa sangre era suya por derecho.



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En el texto hay: vampiros, androides, cyberpunk

Editado: 28.10.2026

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