Tiempo
—Hola, ¿profesora?
La mujer levantó muy lentamente la mirada, despejando la atención de su libro. El árbol donde estaba apoyada se movía con la sutileza del viento.
—Vaya, vaya, pero mira quien me ha traído el destino —se quita los lentes con una sutil soberbia.
—No la veo muy sorprendida por verme profesora —respondió el muchacho.
—Has venido desde muy lejos, pero eso no es sorpresa para mí, la sorpresa será cuando me digas la razón por la que viniste tan lejos para verme. Pero no te quedes sentado, ven y siéntate a mi lado, llegase justo a una buena hora, el atardecer se ve magnifico.
Los rayos del sol proyectaban varios tonos de amarillo hasta converger con los naranjas y a su vez con los rojos, tanto el lago como las nubes reflejaban un dorado en toda su gloria. Mientras que los gigantescos monolitos que conforman las pirámides parecían que brillaban màs intensamente.
—¿Por qué viniste hasta aquí? —preguntó la profesora con una voz calmada.
—Solo Leticia puede responder estas preguntas.
—¿Por qué no le preguntas a Leticia de tu propio tiempo? —. La mujer observó cómo evitaba darle la cara al muchacho. —Ya veo, ¿sufrió antes de morir?
—No, no lo hizo, fue rápido. Creo que el mayor dolor en ese aspecto.
—La muerte es el fin, lo sabes bien, el fin del dolor, pero de igual forma de toda la posible felicidad. ¿cómo estás?
—Bien, ahora todo está bien y perfecto.