Escrituber 2026

13

El Charro Negro

Aun recuerdo esa tarde recalcitrante de hace más de cuatro años, el calor sofocante y el recuerdo del agua que tenían en cantimplora horas atrás es tan tangible como el papel en el que escribo estas palabras. No supe cuando había llegado la noche mientras me movía entre los vértices del cerro. Había elegido aceptar la búsqueda de una chica, solo tenía un bonito retrato dibujado por su hermano y la afirmación que se la habían llevado a caballo días atrás. No sabía porqué había aceptado, pero envié una carta donde avisa lo que tenía pensando, me habían llamado loco por intentarlo, pero había algo en aquella fotografía que me indicaba el camino. Tome las cosas que necesitaba en una maleta y una pequeña jaula donde había solo un guajolote. Tarde poco en escuchar el sonido de las pezuñas chocar contra el suelo una vez caída la noche.

—Buenas noches caballero. Creo que se perdió, puedo llevarlo en mi caballo si así lo quiere.

El cansancio me había dejado con la mirada cabizbaja, solamente logré ver las pezuñas e incluso ante la tenue luz de una luna en cuarto menguante ver el color azabache de tan magnífico animal. Al subir la mirada noté el fino traje que tenía, las mancuernas y botones de oro, y una camisa tan blanca como se lo permitía. Su sombrero de ala ancha era capaz de hacer una sombra tan grande que me consumía. Su rostro era de un color tizne casi cadavérico. Extendió su brazo dejando ver su chaqueta corta y me subió al caballo.

—¿Hacia dónde?

Mi voz seca apenas y pudo nombrar las palabras.

—Arriba, en la punta del cerro.

El jinete sonrió y se guardó aquella intención de hacer más preguntas. El frío pareciera consumirlo todo rastro de que alguna vez existió aquel calor tan sofocante, lo consumía todo en ese corto trayecto. Arriba del cerro se encontraba una casona, cuando llegamos fuimos recibidos por un hombre que no le dio la mirada a ninguno de nosotros y recogió el caballo azabache. Las puertas se abrieron de par en par sin ayuda de nadie. La chimenea se encendió y el hombre se sentó.

—Y dígame forastero, ¿a quien está buscando?

Su voz parecía provenir de todos los lugares de la casa.

—Estoy buscando a un hombre en especial.

—Bien, no podemos esperarlo así nada más.

Las fuerzas de mi cuerpo se estaban yendo, apenas y pude levantar la mirada para observar cómo se levantaba. Se acercó a una repisa con un centenar de botellas y comenzó a moverlas, el sonido del choque de los cristales era estruendoso.

—¿Se puede saber el nombre de aquel hombre?

Su voz cambió, ahora era la de un hombre normal y de calidad.

—No sé, si podría llamarlo hombre...

Se quedó inmovil, las últimas botellas arrojaron un sonido agudo que se prolongó. Recordé el pequeño pedazo de papel que venía en el sobre, recordé cada letra, ensayé el nombre una y otra vez.

—Es como un hermano mayor para todos. Tenía que entregarle algo.

Se volvieron a oír las cristaleras, el sonido del impacto de dos vasos y el líquido caer en el cristal.

—¿se puede saber que le entregaría?

Llevo dos vasos, uno para él y el otro para su anfitrión.

—¿Entonces como había dicho que se llamaba a quien buscaba?

—Nunca dije su nombre, pero puedo decir los regalos que le traje.

Coloque lentamente en la mesa una botella de mezcal, un habano, algunos chocolates y el guajolote que tenía sed.

—¿Sabe lo que ha pasado en el pueblo?

Trató de no preguntar de dónde era el mezcal, quien había manufacturado el habano o quien había criado a tan magnífico animal. Pero se concentró en mi pregunta.

—La gente del pueblo, de alto nivel o miseria no saben una cosa de sí mismos o de los otros, todos son iguales, no pueden concentrarse y se pierden en cosas tan ingenuas como el alcohol, el dinero o las mujeres.

—Hay quienes son mucho más ingenuos.

Se quitó el sombrero cuando me escuchó decir eso, trato de recortar el gesto que hizo, no fue de sorpresa, sino de genuino interés.

—¿qué cosa?

—El amor, sabes de antemano, que si está en juego, siempre se pierden con eso.

Sonreímos en señal de complicidad. Sorbí un poco del vaso y me di cuenta que en ese momento, no tenía un fin del cual un humano fuera conocedor. La perdición y la locura se sentía atravesar por cada una de mis papilas gustativas.

—Desde tiempos inmemoriales se busca crear un lazo que llegue a la confianza. Pará juntos ser capaz de vencer el legado del mal.

Su voz volvió a escucharse emanada de toda la cazona. Sabía que era imposible mentirle, imposible escapar e imposible hacerle trampa. Toda mi jugada comenzaba y terminaba en aquel papel.

—Aún no me ha dicho a quien buscaba por cierto.

—Qué olvidadizo me he vuelto. Creo que no estoy seguro de cómo se pronuncie. Tamatsi Teiwari Yuawi me parece.

Por primera vez dije con toda claridad su nombre.

—Tamatsi Teiwari Yuawi, ¿Sabes cuanto tiempo llevo sin escuchar ese nombre? ¿Sabes de igualmente cuántos han venido aquí buscando lo que anhelas?

—Nunca dije que estaba buscando.

—No, pero estás buscando algo y es por eso que vienes. Paremos de rodeos ¿qué quieres? ¿Dinero, poder, mujeres o algo?

Entraron dos mujeres con platos entre sus manos, aves que no alcanzaba a distinguir, puerco, res, decenas de frutas diferentes y una cantidad interminable de bebidas. Ante mí un festín que ningún líder, monarca o rey había tenido en estas tierras durante cientos de años anteriores. El olor hacia algo insoportable, algo que no provoca hambre sino un deseo.

—Adelante, come lo que quieras.

En cuanto me dije elegí una pieza de pan de inmediato, era un bolillo y disfruté el crujir de mi platillo.

—Vengo por una persona, la cual desapareció. Una chica a la cual no han encontrado durante el día.

—¿Pará qué tener una si puedes tener cien?

De entre las puertas a nuestro alrededor aparecieron decenas de mujeres, caminando, bailando y sonriendo. Sus aromas inundaron la habitación.



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En el texto hay: vampiros, androides, cyberpunk

Editado: 28.10.2026

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