La Penitente
Había escuchado muchos rumores con anterioridad, sobre algunas extrañas apariciones enfrente de la gran catedral de Guadalajara, desde niño escuche las historias y mientras lentamente me convertía en adulto comenzaron a diluirse en mi mente hasta ser casi olvidadas. Sin darme cuenta me volví taxista, siempre me había mantenido al norte de la ciudad de los barrios bajos, en más de una ocasión me asaltaron. Imagínese mi alegría cuando me dijeron sobre mi cambio de ruta al centro de la ciudad. Ahora lo veo, ¿quién diría sobre la necesidad de declarar lo ocurrido aquella noche?
Necesitaba dinero, había redoblado el esfuerzo para tener un turno extra. La noche era joven, escuché por la radio el himno nacional justo a la media noche y de inmediato el sonido de unos tacones altos llamó mi atención. Había sido una noche calmada, desde las once nadie había requerido el servicio y yo estaba al pendiente del reflejo de mi retrovisor. No podría provenir de otro lado, solo de una Catedral. Escuché como la puerta se abrió, vi como se sentó, pero no note el típico movimiento cuando alguien sube. Era joven, no podía sobrepasar los veinticinco años y su vestido corto escotado dejaba ver su hermosa figura. La chaqueta era perfecta para una noche acalorada como esta.
—Muy buenas noches señorita. ¿A dónde la llevó?
Traté de sonreír, incluso sentí como mi rostro se arrugaba en los pliegues de mis facciones. Ella no me observó, solo miró por la ventana, esa tonta sonrisa se me quitó en el momento de decirme su objetivo. El automóvil se sintió pesado en ese momento, como si no quisiera ir a nuestro destino.
Las calles vacías para variar, únicamente habían abierto los tugurios de mala muerte o alguna cantina no presentaban algo extraño. Intenté hacerle la platica con temas de política, clima, ropa, lugares de interés y cuando no quería hablar de ese tema lo dijo.
—¿Usted es creyente? —me preguntó dirigiendo su mirada hacia mí.
—Si—respondí, recordando las figuras religiosas de mi casa, siempre siendo las mismas, siendo parte de la casa como las paredes, el piso o el techo. Puestas en ese lugar sin saber por qué.
—Yo no lo era —dijo la mujer —. ¿Quien realmente lo es?, trabajaba cuando respiraba, iba con mis amigos a fiestas. Aunque mis padres me dieron todo, siempre trataba de no verlos. Ahora ya no podré verlo más. Siempre escucho que rezan por mí, pero yo no recuerdo la última vez que reze. ¿Usted recuerda la última vez que rezo?
Intente de buena fe en recordar, en intentar borrar de mi mente todo ese ruido estorboso. Tantas cosas inútiles de las cuales antes de esa pregunta me llenaban, dejaban sin espacio mi cabeza y me tenían ocupado.
—No—respondí balbuceando —. Creo que es culpa de los padresitos. Ya no puedes confiar en ellos.
Ella permaneció callada, intentó no contradecirme o decirme su opinión. Su rostro no mostró ni una expresión hasta que llegamos al más antiguo de los panteones de Guadalajara, las puertas parecían estar cerradas y en un instante las puertas del auto se abrieron pidiéndome que esperara dentro del auto. Cuando ya no pude verla la estación de radio volvió a escucharse, me percaté en ese instante sobre la estática de la radio, todo ese momento se escuchó únicamente un irreconocible zumbido proveniente de las bocinas, tan tenue y bajo, pero tan común. Era imposible separar aquel sonido de mi voz dentro del auto, como si de uno se tratara. Después de varios minutos cuando el sonido de las voces, la música y las noticias me habían hartado como nunca antes, se volvió a escuchar la estática y con ella el sonido de la puerta abrirse.
—¿Todo bien señorita?
Por primera vez noté los rasgos de genuino dolor envuelto en una melancolía desoladora en su rostro. Las lágrimas parecían haberse petrificado en sus mejillas. Recordé en ese momento al antiguo dueño de mi puesto como chófer, un viejo con toda la cabellera de plata, me había visto en fiestas de la ruta de taxis con anterioridad, pero aquella mañana fue la primera vez que nos dirigimos la palabra.
Estaba a punto de jubilarse, no entendía cómo, pero el anciano había logrado un lugar que le permitía tener una buena jubilación a pesar de lo precario del oficio de taxista. Me dijo claramente "mi corazón ya no está para emociones tan despiadadas", me burlé de él al mencionarle todas las veces que me asaltaron con arma de fuego en los barrios. Recuerdos consoladores en ese momento enfrente de aquel panteón.
No podía moverme, me sentía abrumado por una inmensidad inexplicable, sentía como un mundo de horrores estaba abriendo sus puertas ante mí lentamente. Me pregunté ¿así se deben sentir los animales cuando presienten una muerte inminente?, se resignan a la idea de haber entregado todo aceptado su inferioridad ante tal acontecimiento. Me moví lento para ofrecerle papel con mucho cuidado como si cada movimiento fuera el último.
—Encienda el auto, tengo que ir a otros lugares.
—Como diga.
Encendí el auto, la radio se apagó y cuando se encendió una vez más el ruido casi se había callado. No había otra cosa en mi mente, los recuerdos del pasado se diluían lentamente, llegaba a mi el rostro de aquel hombre de la cabellera plateada, lleno de una serenidad y una paz. Llegamos al segundo panteón, de una serie de cinco escalas. Lentamente la señorita se encontraba tranquilizando.
—Disculpe señorita, me podría decir ¿qué está buscando?
—Fui a ver algunos antepasados.
—¿Qué le dijeron?
—Necesito buscar el Xalate de la familia.
No entendí lo que buscaba, no quería verme ignorante así que asentí con la cabeza.
—Requiero ir a un último lugar, ahí le pagarán mis familiares por el viaje.
Me dio la dirección, la cual ya no recuerdo, después de tantos años uno se aprende cada esquina, callejón, camino, avenida y barrio de esta ciudad. Pero por dios que no se como llegue, ni recuerdo como me fui de esa casa.