Emili Powers
—Han pasado casi cinco años desde que te vi —dijo Emili—. No puedo creer que aún causes estas sensaciones en mi.
Su cuerpo desnudo no reflejaba ningún titubeo, sus grandes pechos podían transpirar una ligera capa de sudor que se unía para crear una gota de agua que cruzaba por su firme abdomen, hasta llegar a su monte venus completamente depilado y desaparecer entre su pierna. La poca luz de la habitación apenas reflejaba el fornido glúteo de la espía, se movía con delicadeza mientras sus gruesas piernas la desplazaban por la habitación sin perder de la mira a su objetivo. En tres ocasiones intentó tirar del gatillo y se detuvo en el último momento.
—Si, creó que son cinco años. Te has conservado muy bien Emilli.
—Debí matarte la última vez que te vi —dijo Emili mientras intentaba detenerse. Ese lindo cabello esponjado era su perdición, a la luz de los autos que atravesaba entre las cortinas para iluminar tenuemente la habitación—. Quítate la ropa.
La mirada asesina de Emili lo dijo todo, hablaba en serio, el hombre comenzó a desvestirse, se quitó la corbata, el cinturón y cuando llego a la camisa le dijo que lo hiciera lento, noto su cuerpo perfectamente definido, delgado, pero cad a músculo en su lugar, observo como se quitaba los calzoncillos dejando su miembro al aire, era tal como lo recordaba, “un poco dormido” pensó.
—De rodillas —dijo Emili.
El hombre no dijo nada y se arrodilló.
—Cierra los ojos —dijo Emili.
—Si vas a disparar hazlo de una puta vez.
Acercó el cañón a su cabeza, él sintió el frío del metal tocar tu frente sudorosa y cerró los ojos por inercia.
—Abre la boca —dijo Emili casi susurrando.
Emilia se acercó lentamente, acarició su cabello, colocó sus piernas separadas cerca de él a manera que con un solo movimiento de su pelvis se acercara a su rostro y ambos pares de labios se tocaran. Lo sostuvo del cabello con su mano para que no se alejara y comenzó a sacar su lengua.
—Ya sabes cómo hacerlo —dijo Emili mientras lo empujaba más profundo dentro de ella. Con su otra mano le puso el cañón del arma en su nuca.
Emili lo llevó casi arrastrando a la cama, se montó encima de él y con fuerza le dio un centón. Se éxito cuando escucho el gemido del hombre. Le gustaba observar su cara de placer, como con un ligero movimiento de su cadera lo hacia gemir.
—¿Quién eres? —preguntó.
Emili se movió más rápido, esa pregunta lo perturbaba, no sabía cómo responder. Hizo que terminara un par de veces y cuando estaban acostados descansaban. Comenzó a fumar, sintió ligeramente el humo en sus pulmones y luego lentamente exhalo, el doctor le había prohibido fumar por cuestiones de salud. Le dio el cigarro a su acompañante y con un poco de desde lo miró, el arma estaba en el costado, lista para darle un disparo final.
—¿A qué te refieres con quien soy? —preguntó Emily.
—Te busqué en cada base de datos, del FBI, CIA, Interpol, C6 incluso el MOSSAD. Pero no hay nada. Muchas Emili Powers pero ninguna eras tú.
—¿Sabes que morirás esta noche verdad?
—Si.
—¿Por qué quieres saber?
—Quiero saber algo verdadero de tu parte, quiero saber que fuiste real y sabiendo ese secreto sabré que me dirás la verdad a partir de ese punto.
—Alguna vez pertenecí al CNI. Después, fui convocada para pertenecer a una división especial del ALAD.
—¿ALAD?
—Si, ¿cuál es tu última pregunta?
Un frío entumece el cuerpo de aquel hombre. Sabía que lo mataría después de responder, podría preguntar qué era en ALAD, pero tenía una pregunta en su pecho.
—¿Me amaste alguna vez?
— Si, mi verdadero nombre es Emilia Pacheco, y ella te ama con todo el corazón.
El silenciador del arma se escuchó en toda la habitación, pero no salió a las calles. La sangre brotó manchandola, sintió aquella tibieza de la sangre y se acercó un poco más al cuerpo. Se quedó quieta hasta que el cuerpo se enfriara, se levantó, fue directo al baño y observó en el espejo su rostro. Abrió la regadera en la tina y entró cuando el vapor llenó toda la habitación. Entró y el agua casi hirviendo no hizo que se inmutaba un poco. La sangre se diluyó con el agua hasta perderse en el agujero del drenaje. Al terminar y recoger una toalla el teléfono de la casa sonó.
Emili contestó la llamada.
—¿Está hecho?
—Si —respondió.
—Regresa al cuartel.
—A sus órdenes.