El fantástico circo tortuguil
La oscuridad absorbía todo a su alrededor, las pocas estrellas en el cielo les permitían ver el riel de aquel tren. Las dos niñas en medio de la nada procuraban seguir aquel camino, a veces una se lo perdía y únicamente tenía que ver a su amiga. Los campos de maíz en todas direcciones le obstruye la visión.
—Esto es tu culpa —dijo la niña más alta.
—¿Cómo va a ser mi culpa? —dijo la niña más pequeña.
—Si no fuera que abriste tu gran boca no estaríamos aquí.
—Tu fuiste la que mintió.
—Esa mentira hizo que estuviéramos en nuestras casas, mientras que la verdad hizo que estuviéramos en esta noche caminando a no sé donde, sin zapatos en estas vías.
De pronto bajo sus pies comenzó a vibrar el suelo, a la distancia observaron una luz de la cual proviene un sonido extremadamente agudo.
—Por fin, un tren, no había visto ni uno desde que comenzamos a caminar.
Aquel tren se acercaba velozmente, mientras la chica más grande comenzaba a mover las manos para que la notaran, la pequeña estaba observándola y viendo como se acercaba la gigantesca maquinaria. El ruido y la luz se volvían más intensos con cada segundo. A pesar de eso no había señal de que se detuviera, mientras la más pequeña comenzó a preocuparse y en el último momento antes de que la locomotora atravesara aquellas vías salto para quitar a la niña grande.
—¿Qué te pasa?, ¿Estas loca?
—No se iba a detener.
—Claro que si se iba a detener, pero me quitaste antes de que se detuviera.
Aquel gigantesco monstruo de acero estaba completamente iluminado, el ruido de sus ruedas de acero hacían casi imposible escuchar sus palabras. Algunos pasajeros comenzaron a observar a las niñas pelear en medio de los campos de maíz y fue cuando la locomotora comenzó a detenerse.
Aquel ferrocarril kilométrico se detuvo y el último vagón quedó a unos metros de las niñas. Mientras ellas gritaban, la puerta del último vagón se abrió y dos sombras salieron con una lámpara mineral.
—¿Hay alguien ahí? —gritó con fuerza una sombra.
—Los pasajeros posiblemente observaron sombras en el maizal.
—Hay algunos que tienen buena vista nocturna amigo mío, hay que revisar.
Las niñas se levantaron de entre los maizales para pedir ayuda.
—Si, aquí estoy, por favor ayudenme.
—Aquí también estoy, ayudenos por favor.
Las dos sombras se apresuraron hacia donde se encontraban las voces y con la lámpara las observaron a la distancia.
—Santo cielos, ¿qué estás haciendo aquí en medio de la nada?, ¿Se cayeron de otro tren?
—No sabemos cómo llegamos hasta aquí —dijo la niña grande.
—Tienen amnesia, seguramente se cayeron aquí y se golpearon la cabeza.
Las dos niñas no pensaron en esa posibilidad hasta ese momento.
—Hay que subirlas al tren —dijo la sombra más ancha.
—No, imposible —dijo la sombra más delgada—. No han pagado ningún boleto y estamos en números rojos. Imposible dos boletos.
—¿Y si me adelantas una paga de mi sueldo?
—Ya te adelante 18 meses de paga de tu sueldo, imposible.
—Hay que preguntarles si tienen dinero para pagar un boleto.
La lámpara apuntó a aquellas dos niñas descalzas que tenían un vestido delgado.
—No creo que tengas así que mejor vámonos.
La sombra más ancha se quedó observando y mirando como su colega se acercaba al tren.
—¿Y si les damos un préstamo?
La sombra delgada comenzó a regresar muy entusiasmado.
—Si, un préstamo al 10% que pagará el costo del boleto.
La sombra más ancha pensó por unos momentos.
—Este préstamo sería por todos los consumos en el tren, el boleto y lo necesario para regresar con sus respectivos padres y aumentará paulatinamente un uno por ciento en cada nueva estación —dijo la sombra ancha.
La sombra delgada no sabía hacer cuentas, pero la idea de ganar con cada estación del tren le hacía mucho dinero.
—¿Es un trato?
Las dos figuras extendieron sus manos para cerrar el trato con ambas niñas, cuando las niñas les dieron la mano cerraron aquel contrato verbal. Aunque al darles la mano notaron algo extraño, una textura diferente a lo normal.
—Muy bien aquí está el costo de su viaje, más impuesto, en clase normal.
Las niñas escondieron varias monedas muy pesadas y después el mismo que se las dio se las quito para darle un boleto de tren. Notaron que era de un papel muy frágil, observaron el nombre de una compañía escrita en letras doradas, después la sombra les quitó el boleto para perforar y regresarlo.
—Muy bien ahora son oficialmente pasajeras del tren de la compañía más grande del mundo en entretenimiento “El fantástico circo tortuguil S.C.”, vamos adelante.
Mientras avanzaban las dos figuras guiaban el camino, les ayudaron a subir y entraron por la gigantesca puerta del último vagón. Al entrar el calor de la habitación era acogedor, las dos niñas se giraron para ver a sus dos nuevos amigos cuando se dieron cuenta que eran dos gigantescas tortugas.
—Son tortugas —dijo aquella niña grande.
—Bueno, al menos no perdieron la vista con su caída. Pero que descortés de mi parte quisiera presentarnos, mi amigo aquí a mi derecha es el maestro de ceremonias del circo el magnífico Dardan Testudines, y su servidor el jefe de revisión de este querido tren Almeric Quelonios.
Las niñas asustadas estaban que no lo podían creer, nunca habían visto algo parecido, al menos no lo recordaban, pero las dos se dieron cuenta que quizás era más común, después de todo habían vivido toda su vida en un pequeño pueblo o al menos eso es lo que creían hasta ese momento. Esperando que se presentarán las niñas dieron un paso al frente.
—Mi nombre es Ren Balam —dijo la niña más grande.
—El mio es Kar Canul —dijo la niña más pequeña.
—Que nombres más extraños —dijo Dardan mientras se quitaba el sombrero en señal de respeto—. Un gusto conocerlas señoritas. Bienvenidas a este nuevo viaje.