Escuela para Jóvenes Artistas: Ilusionistas y Hechiceros.

Cala

NALA VEYREN

3 meses antes...

El sonido de la sal chocando contra las rocas no era nada comparado con el tránsito que siempre había en mi cabaña al despertar.

Ni siquiera había terminado de vestirme cuando el menor de mis primos irrumpió en mi habitación, sacando todo lo que había en un cajón antes de encontrar el corno que le había quitado para poder dormir el día anterior.
Solté un alarido cuando empezó a soplar.

—¿Es que siempre tienes que estar molestando?
—¿Es que siempre tienes que estar tan amargada por las mañanas?

Le lancé una almohada. Él me sacó la lengua y se fue corriendo.
Salí de mi habitación con los ojos pegados y el pelo revuelto. Para trabajar en los muelles y arrecifes me lo recogería en un moño estrellado, pero para disfrutar de las primeras horas de sol, prefería tenerlo suelto. Aunque los rizos se me enredarían con todo lo que los niños me tiraban encima.

Las casas aquí estaban construidas un poco diferente a como lo hacían en el norte, o eso decía Nirmala. Nosotros vivíamos en, casi, tierra firme. Y digo casi porque aunque los cimientos se sostenían sobre las rocas entre islas, siempre había dos habitaciones sostenidas sobre el agua. Cuando la marea estaba alta nos mojaba los tobillos, y cuando estaba baja sellábamos el suelo para que no entrasen insectos.

Era importante para Eivara, los vínculos con las lunas se fortalecían a través de nuestros pies, y ella, a cambio, nos arropaba los tobillos.

La religión no era una cuestión de creencias, era una cuestión biológica. Sentíamos a las lunas como un órgano más de nuestro cuerpo. La tierra, las plantas, las rocas, los animales... Todo estaba en el mismo nivel de conexión.

Con los años aprendí a aplacar los vínculos, las emociones que inundaban mi pecho y que de niña pensaban que eran mías. Era complicado y al mismo tiempo sencillo de apagar, como si dentro de mí hubiera una palanquita que cambiaba la forma en la que procesaba el mundo.

Sentía la vida de una forma extraña: la percibía entera y, al mismo tiempo, no importaba lo que ocurriese con ella, si es que eso tenía sentido. ¿Se podía observar el mundo y sentirse desfallecer sin querer interrumpir su destrucción?

No era parálisis, es que sentía su dolor y no quería pararlo. Sentí el dolor de Nala el día que volvió con el vendu sin compañía. Sentí sus recuerdos y su derrota. Pero es que yo nunca conocí a Ingrid. Sentía culpa por no sentir tristeza por ella. ¿Qué podía hacer de todas formas?

Ese dolor no había desaparecido de ella, pero en lugar de hacerme daño por la extensión de nuestro vínculo, solo quería que sufriera en una habitación en la que yo no estuviera. Su dolor no iba a parar y sus pensamientos eran muy repetitivos.

Mi hermana pequeña pasó por mi lado empujándome para pasar al comedor, una de las habitaciones teñidas de agua. La cabellera rizada de mi hermana no era la única allí. Mi tía, mis primos, mi abuela y mis otros dos tíos hablaban unos sobre otros mientras Nirmala miraba al mar sentada en el alféizar de la ventana. Toda la habitación se mecía con las olas y mis pies ya habían tocado la frescura del mar.
—¿Has presentado la solicitud?
Mi tía me pasó el pan.
—Iré después de ir al arrecife.
—¿De verdad vas a ir con Nirmala a la EJAIH? —preguntó Navani, mi hermana pequeña.
—Lo tengo decidido.
Nirmala soltó un bufido.
Sonreí, tratando de ignorarla.
—A mí me parece bien, trabajas muy mal en el muelle. Solo sirves para recoger las redes del arrecife —espetó mi tío.
—¡Amil! No le digas eso a la niña.
—Es una boca menos que alimentar, ya somos demasiados aquí.
—Podría morir, Nirmala casi lo hace meses atrás —respondió mi tío Farrukh.
—Es que es lo que quiere.
El sonido cortante de Nirmala provocó un mínimo instante de silencio antes de que comenzara de nuevo el caos.
Me levanté para irme, se me había quitado el apetito.

Horas más tarde, aún seguía recogiendo redes. En las islas los trabajos se dividían por familias. La mayoría eran comerciantes o artesanos, pero la mía se dividía en soldados, y en el trabajo por el que todos se decantaban cuando pensaban en isleños, pescadores.
Los hijos mayores de mis tíos estaban en la mar, los que quedábamos nos repartíamos las tareas como podíamos.
Nirmala pensaba como yo, al menos antes lo hacía. Queríamos ver mundo, ayudar, continuar la causa de nuestros padres. Lo que fuera con tal de salir del muelle. No podíamos seguir aquí, enterradas en peces, redes y familiares. Familiares que no eran nuestros padres. Queríamos saber qué les había pasado, qué había al norte que los había atrapado. Que los había devuelto a la tierra.
Entonces ella entró en la escuela, fue más al norte de lo que ellos lo jamás lo hicieron. Volvió distinta. Peor. Más insoportable.
Estaba empeñada en que no me presentara, pero ella tampoco quería dejarlo. Si realmente había encontrado a alguien especial y lo había perdido, ¿por qué demonios querría volver? ¿Qué había en la montaña? Debería haber querido abandonar la lucha.
Pero estaba obsesionada con el frente. Se pasaba el día entrenando y sentada en esa ventana. Sin ocupar la habitación principal.
Había descubierto algo y yo quería hacerlo también. Y había desarrollado un odio específico a los del Este, los sovende.
Quería descubrir por qué.

Parpadeé hasta volver al momento presente, suspendida en la roca mientras July luchaba con una cuerda enredada en el arnés, intentaba arreglarlo, mirando por encima del hombro para que Adrik no la viera y la juzgara.
—Este trasto... Voy a cambiar de arnés, es la tercera vez que me pasa hoy. No está mirando, ¿no? Como se vuelva a poner de superior le doy una toña.
Reí.
—No está mirando, pero ve más rápido, tenemos que llegar a la ruta de la plata antes, ayer nos perdimos campo a través y quiero ver el sendero por el día.
—Sí, no es normal que solo sepamos escalar pero no andar por la montaña.
—¿Se supone que tú sabes escalar? —se burló July mirando hacia abajo. Callum estaba bastante más atrás.
—Ja ja, eres tronchante.
Dejé que se picaran entre ellos, mi atención estaba en la flor que brotaba de la pared frente a mí. Tenía unos pétalos extraños, como si los hubieran retorcido en tubitos, de un color amarillo y pequeña, no medía más de dos de mis dedos. Normalmente se encontraba en suelos ácidos, no en plena tirada de pared. La arranqué con cuidado, metiéndola en una talega. La llevaba siempre encima para este tipo de casos, prácticamente tenía una caja llena de plantas y ungüentos preparados para la simulación. Era antiagregante, lo que significaba que ayudaba a los hematomas a reabsorberse, y también ayudaba con el dolor muscular y con esguinces. Pero solo se podía usar en ungüentos, era increíblemente tóxica si se ingería.
—Nala, corre, pásame un hueso de cereza de esos que cogiste esta mañana.
—Pero no están limpios, July.
—Lo sé, pásame uno.
Apuntó bien, dándole en el cogote a Adrik, que buscaba por todas partes al culpable. July fingió buscar su cantimplora para dar un sorbo. Sonreí para mis adentros.
—Sabes que él es el que se ocupa de encontrarte compañero, ¿no?
—Sin pruebas no hay delito. Además, Sean no permitirá que me ponga un mal compañero —dijo ella riendo disimuladamente mientras lo miraba regañar a uno de los vaken musculitos.
No es que me pasase el día pensando en Sean. En cómo la s parecía el comienzo de un susurro en cursiva. Y tampoco había pasado la tarde anterior dibujando la forma de sus ojos... Solo había pensado en hacerlo.
Pasé los dedos por la roca hasta encontrar una hendidura. Incluso la piedra se sentía más blanda que el muro que sentía entre mi hermana y yo. Entre mi familia, la isla, el arrecife, entre Eivara y mis propios deseos. Eivara era la segunda luna. Asociada con los vínculos, con los sellos y los compañeros.
—Oye, July, ¿alguna vez piensas en las lunas? ¿En Eivara?
Ella inspiró hondo, antes de subir un poco más para alejarnos del grupo.
—No es que no piense en ellas. Pero en Mmela nos encargábamos de Líodes, ¿sabes? Pienso en ella gran parte del tiempo, es la luna del conducto, del umbral, bueno, ya lo sabes. El caso es que los más cercanos... No sabría explicarlo, no es falta de devoción, es que los sovendes no recurrimos a ellas como hacéis los vaken. Nosotros las vemos como familiares, el mismo respeto del que se deja guiar por un progenitor pero conscientes de que los dueños de nuestra forma de actuar somos nosotros.
—Sí, a veces nuestra sacerdotisa criticaba a los vuestros. Dicen que no las respetan lo suficiente.
—Bueno, compartimos espacio, plano energético. Pero no les damos el poder completo de nuestras vidas. Supongo que el sentimiento es parecido a no escribir a tus padres más allá de una carta al mes para pedir consejo o contar alguna anécdota.
—Pero vosotros sí tenéis destino, ¿no debería haceros más devotos?
July se encogió de hombros.
—Supongo que nunca he dudado sobre si estoy destinada a algo o no. Pero tener la certeza de que hay un camino no significa que deje de relacionarme con ellas solo porque estoy tan agradecida del regalo del sello que no me permita a mí misma alejarme cuando lo necesito como lo hago con cualquier otro ser. Y sé que para algunos puede parecer impersonal, un trabajo de yo te rindo culto si tú me ayudas, pero para mí al menos es el vínculo más puro, no dudar de la conexión aunque durante un periodo se trate de consensos u otro de desahogo dramático sin respuesta.
Me recargué en la cuerda, haciendo una pausa.
—No es que no trabaje con ella, es que últimamente siento que me ha bloqueado la conexión. Sé que hay algo, pero el vínculo está enmudecido.
—Al menos no somos krishi, no tenemos que sufrir por no oír la respuesta, nosotros sí escuchamos su voz. Pero entiendo lo que dices, Líodes me bloquea constantemente, de hecho el vínculo casi siempre está bloqueado, no es muy de hacerse presente de forma cotidiana. Solo está ahí, en el fondo de mi cabeza. Pero la Sacerdotisa Amara decía que si Eivara se alejaba es porque estaba tejiendo un nuevo hilo en el tapiz.
—¿Y eso qué significa?
Bebí de mi cantimplora, mirando la guía de la ruta para continuar.
—Que disfrutes del bloqueo mientras puedas vivir en la ignorancia.
—¿Quién tiene un bloqueo? —dijo Callum apareciendo junto a nosotras.
—Nala.
—July.
Me miró alzando las cejas.
Callum siguió nuestra mirada, sin tomar demasiada importancia a la respuesta, estaba más ocupado intentando ignorar el cansancio con una mueca.
—Qué más da, yo también estoy bloqueado. ¿Alguien más ha intentado hablar con Yrdis últimamente?
Nala y yo nos giramos en redondo.
¿Yrdis?
Los del centro de la península se encargaban de su templo. Las termas de Yrdis eran conocidas por sanar heridas, deshacer hechizos e inhibidores y aportar dones a los soldados. Siempre estaba en la ruta a la frontera. Pero Yrdis era guerrera, sanadora, centro de viajes. ¡Por algo estaba en el medio! Nunca cortaba la conexión, jamás. Siempre estaba disponible.
—¿Yrdis no contesta?
—¿Crees que las termas siguen disponibles?
Vi como los ojos de July se tornaban plata, sabía que estaba buscando conexión. Intenté hacer lo mismo, pero el canal seguía bloqueado. Y yo no era acólita, no tenía acceso a otros canales directos.
July volvió, buscando la forma más rápida de subir por fin al sendero.
—Líodes no ha decidido dejar el canal abierto para esta ocasión tampoco —dijo rodando los ojos. Sí, podía entender perfectamente por qué las sacerdotisas vaken decían que les faltaba respeto.




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