Gabriel
Si alguna vez has vivido en una ciudad cerca del agua, sabes esto: nada se queda intacto mucho tiempo. El aire siempre pesa, la sal carcome los rincones oscuros y la humedad se mete debajo de la piel. Todo se hincha, se oxida o se pudre un poco más rápido.
Nueva Orleans es exactamente así. Las paredes, los postes, la gente.
Yo también.
Esa mañana el calor ya estaba pegado al techo cuando abrí los ojos, denso como una toalla mojada. El ventilador viejo vibraba como si estuviera en su última misión suicida, girando sobre mi cabeza con un zumbido metálico que conocía mejor que muchos de mis recuerdos de infancia.
—Estás mirando el ventilador otra vez —dijo Aria, sin asomarse—. Te va a caer en la cara un día de estos.
Su voz salió desde la sala, clara y tranquila. Siempre está despierta antes que todos, como si el sol tuviera la obligación de reportarse primero con ella.
Me incorporé despacio en el colchón fino que tenemos tirado en mi cuarto. "Cuarto" es una palabra demasiado generosa: media pared de yeso descascarado, un biombo viejo que encontré en la calle y una ventana con el marco hinchado que nunca cierra bien. El resto del apartamento es una coreografía complicada de supervivencia entre muebles usados y facturas sin pagar.
—Si me cae en la cara, por lo menos me arregla la nariz —respondí, con la voz pastosa de recién despierto, pasándome una mano por la cara.
—Tu nariz no tiene arreglo, Gabriel —añadió otra voz, más grave y amortiguada por algo metálico.
Ryu, mi hermano menor, estaba sentado en el suelo de la sala. Tenía las piernas cruzadas y estaba rodeado de un cementerio de cables de cobre y piezas de metal. Sostenía un destornillador en la boca y balanceaba sobre sus rodillas algo que parecía una prótesis robótica a medio terminar.
—Eso parece ilegal —le dije, señalando su invento mientras me apoyaba en el marco de la puerta.
Se sacó el destornillador de los dientes, limpiándose una mancha de grasa de la frente con el dorso de la mano.
—Solo es un brazo hidráulico para levantar cajas pesadas. Si mamá me deja terminarlo y no lo tira a la basura, no tendrás excusa para seguir cargando peso en el muelle como un burro.
—Qué detalle —murmuré—. El amor fraternal me conmueve.
Aria estaba frente al espejo astillado del pasillo, peinándose el cabello oscuro mientras tarareaba una melodía. No cualquier melodía. Inmediatamente reconocí la progresión de acordes de un viejo estándar de jazz que mi papá solía tocar en la radio del carro cuando llovía.
—Autumn Leaves otra vez —dije, sintiendo un pinchazo repentino en la garganta—. Vas a desgastar la canción.
—La canción no es el problema —contestó, mirándome a través del reflejo con esos ojos demasiado perceptivos—. El problema es tu cara cuando suena.
Tocó un par de notas con la voz, puras y sostenidas. Siempre me pasa lo mismo: algo en el centro del pecho se aprieta, dejándome sin aire por un segundo. Jazz, agua y la voz de Aria. Tres cosas que, no importa cuánto corra, siempre me devuelven a él.
A Héctor.
Mi padre murió ahogado en una ciudad que se estaba hundiendo por su propio peso. Eso resume bien las cosas, pero la versión oficial de los medios siempre es más bonita, más digerible: "rescatista civil heroico que sacrificó su vida para salvar a otros".
A veces odio esa maldita frase con toda mi alma.
El día del huracán, las calles de nuestro sector eran canales marrones y furiosos que arrastraban pedazos de vidas ajenas. Los noticieros hablaban de los grandes héroes de rango S que "iban en camino". Las figuras intocables del mundo.
Llegaron tarde. Siempre llegan tarde cuando las cámaras no están listas.
Papá ya se había metido en un edificio de apartamentos inundado hasta la cintura. No tenía un traje de nanofibras, no tenía un escudo indestructible, no tenía un campo de fuerza personal para repeler escombros. Entró solo con una cuerda gastada, sus pulmones humanos, y esa manera ridícula y terca que tenía de creer que todo valía la pena si alguien más vivía.
Lo encontraron tres días después, flotando en el sótano oscuro, cuando el agua por fin empezó a bajar.
Desde entonces, cada vez que veo un cartel de la agencia o escucho a alguien decir "los héroes nos protegen", siento algo espeso y parecido a las náuseas subirme por la garganta. Y cada vez que alguien me llama "héroe en potencia", tengo ganas de partirle la cara o de salir corriendo en dirección contraria.
No he hecho ninguna de las dos cosas. Todavía.
Me despegué de la pared y fui a la cocina. Nuestra madre, Elise, no estaba. Turno doble en urgencias aquella semana, dejándose la espalda por un cheque que apenas alcanzaba. Dejó un post-it amarillo pegado en la puerta de la nevera, escrito con prisas:
"Desayunen. No gasten dinero en tonterías.
Aria, no llegues tarde a la práctica.
Ryu, por favor, no explotes nada en la sala.
G., no se te olvide respirar.
—Mamá"
Reí por lo bajo al leer la última línea. Siempre pone algo así. Como si supiera que paso la mitad del día conteniendo el aliento.
Abrí la nevera esperando un milagro. Dos huevos solitarios, medio tomate arrugado, un cartón de leche casi vacío y un tupper manchado con arroz de la noche anterior. El reino absoluto de la abundancia.
—Si sigo usando mi poder para que las plantas no se mueran, ¿crees que podamos comernos el helecho? —dije en voz alta, mirando la maceta triste que sobrevivía a duras penas en el alféizar de la ventana.
Aria se asomó por el pasillo, apuntándome con el cepillo.
—Si lo intentas, mamá te mata mientras duermes. Ese helecho fue regalo de la abuela.
La abuela Margaux. La gran matriarca de la familia Fortier, guardiana de la nobleza inquebrantable, controladora de los mares, señora de castillos franceses y... abuela ausente a tres vuelos de distancia que prefiere el orgullo a su propia hija.
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Editado: 01.11.2026