Bajo el disparo cayó un cuerpo al suelo, su camisa blanca comenzaba a mancharse de un rojo oscuro. La sangre parecía dejar de circular por mi cuerpo, pues mis manos se habían enfriado y todo a mi alrededor daba vueltas.
—¡ALBERT! —grité antes de correr hasta él.
Miré su cara, sus ojos se habían cerrado. Su rostro comenzaba a verse pálido. Mientras la mancha de sangre se hacía cada vez más grande. Negué con la cabeza, no podía pasarle nada malo. No sabía que hacer, apretar su herida o tal vez eso lo empeoraría. ¿Qué iba a hacer? Llevé mis manos hasta su pecho, él no respiraba. Me llevé las manos a la cabeza ¡No podía ser! ¡Había muerto! ¡Él lo había matado!
Alcé mis ojos hacia aquel hombre, que miraba el cuerpo de Albert atónito. Soltó una palabrota al tiempo que daba un paso atrás.
—¡Asesino! —grité lanzándome sobre él. No podía ver nada más que a ese hombre.
Comencé a golpearlo con toda la fuerza que tenía, mientras sentía el sabor salado de las lágrimas y supe que no podía ver a causa de mis lágrimas.
Aquel hombre me soltó y me lanzó al suelo, haciendo que mi rostro golpeara el suelo cubierto de tierra.
—Tranquila, señorita Walker, pronto estará en el mismo lugar que él —aseguró aquel hombre a mis espaldas. Su trono era tan frío que me heló por completo.
Lo oí dar algunos pasos hacia mí. Los latidos de mi corazón golpeaban mis oídos. ¿Qué podía hacer? Aquel hombre me iba a matar.
Toqué la aspereza de la tierra y tuve una idea. Tomé un poco de tierra en mi puño mientras lo oía acercarse unos pasos más. Cuando se detuvo me di la vuelta y con todas mis fuerzas lancé el polvo sobre sus ojos. Enseguida se llevó las manos a los ojos, soltando el arma.
Aprovechando que estaba indefenso lo empujé haciendo que cayera al suelo y tomé el arma para apuntarle. Mis manos temblaban mientras apretaba con fuerza el arma. Algo me decía que debía dispararle, que solo podía sobrevivir uno de los dos, pero yo no quería disparar. No era una asesina. Él seguí restregándose los ojos y soltando palabrotas.
Cuando al fin puso abrir los ojos y me miró, lo supe. Por más que estuviera indefensa, no podía dispara. Sin embargo, no solté el arma. Si lo hacía él me mataría, completaría su tarea.
—¡Señorita Evangeline! —exclamó una voz masculina conocida para mí y sentí que volvía a respirar. Giré un poco mi rostro y pude ver a cinco de los trabajadores de Albert corriendo hacia mí.
Que ellos estuvieran ahí era como un regalo del cielo.
—Él... él le disparó —susurré con la voz rota cuando aquellos hombres llegaron hasta mí—. Deben apresarlo y llevarlo ante el capitán —agregué.
—Tranquila, señorita. Nosotros nos encargamos de él —aseguró uno de ellos. Se trataba de Maxon, el hijo de los Wittles.
Solté el arma finalmente y me giré hacia Albert. En el suelo estaba otro de sus trabajadores, que se encontraba con la cabeza cerca de su pecho.
—Aún está vivo, señorita —respondió el hombre.
Un peso pareció desaparecer de mi corazón. Caí de rodillas al suelo con las lágrimas envolviéndome. Estaba tan agradecida a Dios, porque Albert estaba vivo. Era un alivio enorme. Cuando había creído que no respiraba, casi había muerto yo también. Le habían disparado para protegerme.
—Debemos llevarlo a la casa —añadió el hombre y yo asentí con la cabeza sin poder responder.
Entre él y dos hombres más lo levantaron para llevarlo hacia un caballo. Ahora que podía pensar un poco me preguntaba cómo todos ellos habían llegado hasta allí. Además de ese, había más caballos más caballos. Yo monté en uno, junto a uno de los trabajadores mientras que otro montó con Albert y el otro montó solo.
—Buscaré al doctor y llamaré al jefe de la guardia para que se encargue de ese hombre —dijo este último, antes de salir con premura en la dirección contraria a la casa.
Por nuestro lado, nos dirigimos hacia Inworth House. Intentamos ir lo más rápido posible, pero era algo complicado con Albert inconsciente.
Cuando llegamos a la casa todo se volvió caótico. Los criados corrían para ayudar a su señor mientras la madre de Albert, que salió minutos después que los criados, solo sabía despotricar.
—¡¿Qué le ha pasado a mi hijo?! —decía una y otra vez mientras detenía las labores de los que intentaban socorrerlo. La desesperación me fue llenando con cada pregunta que hacía. Me llevé la mano a la cabeza para revolver el pelo para intentar guardarme lo que tenía que decir, pero la insistencia de aquella dama terminó de sacarme de mis cabales.
—¡Le dispararon, señora! —exclamé con la voz rota mientras aún las lágrimas llenaban mis ojos— ¡Por si no se dio cuenta, sus criados solo intentan llevarlo hasta la habitación, así que déjelos hacer su labor! —exclamé haciendo que el rostro de ella se enrojeciera.
—¡¿Cómo te atreves?! —comenzó a decir, pero no le presté atención a ella, pues yo seguí a los que llevaban a Albert hasta su habitación.
Cuando lo dejaron sobre la cama, me dolió el corazón. De nuevo me veía transportada al día en que había muerto mi padre, era el mismo desorden y los ruidos. Otra vez tenía a un ser querido entre la vida y la muerte. No quería perderlo. Lo ultimo que le había dicho era que lo odiaba y no deseaba que muriera con esas últimas palabras por mi parte. Porque la realidad era que a pesar de mi dolor y de las mentiras, mi corazón lo seguía amando.
Unos instantes después apareció el doctor con su ayudante.
—Por favor, salgan todos de la habitación —pidió el doctor al tiempo que comenzaba a sacar sus instrumentos.
Sin poder reaccionar me quedé parada allí, sin poder moverme.
—Señorita, por favor, salgamos —pidió el señor Wittles, colocando una mano en mi hombro y casi me vi empujada fuera de la habitación, antes de que la puerta se cerrara en mis narices una vez más.
Me recosté contra la pared para mirar el suelo.
«Lamentablemente su padre ha muerto», había informado el médico el día que papá había fallecido.