Evangeline

Capítulo 16

La madre de Albert abrió sus ojos escandalizados mientras sus labios se volvían una fina línea.

—¿Qué dice está chica? —inquirió lady White mirando a uno y a otro criado. Parecía que el asombro ya había pasado, solo quedaba el enojo y la ira hacia mí—. Señorita, mi hijo jamás consideraría casarse con una mujer sin educación —Sus ojos se fijaron en mí mientras parecía acuchillarme.

Abrí mis labios, pero no pude hablar, pues el señor Wittles, que estaba junto a su esposa lo hizo antes que yo.

—Milady, por favor, no sigamos con esta lucha absurda —dijo el señor Wittles con voz respetuosa—. Su hijo está peleando por sobrevivir. Ella es su prometida, aunque eso solo podrá confirmarselo su excelencia cuando despierte.

Lady White pasó su mirada entre el señor Wittles y yo. Su enojo seguía siendo latente en sus ojos. Estaba segura que no me dejaría quedarme de buena manera. Para ella, yo era una maleducada, que ofendía a diestra y siniestra. Solo había una forma de quedarme allí.

Di un paso hacia adelante e hice una corta inclinación en la que me mantuve.

—Milady, sé que la he ofendido con mis palabras, aunque no era mi intención —comencé a decir. Era la única forma que tal vez pudiese endulzar su corazón para que me dejara quedarme—. Estaba un poco alterada y me dejé llevar. Le pido mil disculpas por lo que hice. Le suplico que me deje quedar.

Me mantuve inclinada esperando una respuesta de sus labios, sin embargo, quien habló no fue ella, sino la señora Wittles.

—Se lo pido, milady deje que se quede —suplicó, inclinándose a mi lado.

Incliné la cabeza hacia ella para mirarla con asombro, pero no tuve tiempo de procesar lo que estaba sucediendo, porque a ella lo acompañó su esposo. Después un nuevo empleado se inclinó y a ese le siguió otro, hasta que la mayoría de los empleados quedó inclinado, pidiendo que me dejara quedar.

Los ojos se me empañaron ante tal acto. Albert una vez me había dicho que las personas en Inworth House me querían, pero nunca le había creido, pero ahí estaban, apoyandome como nunca nadie lo había hecho.

—Emm... Bien, podrá quedarse —respondió Lady White y respiré profundo. Me iba a dejar quedar. No tendría que separarme de Albert—. Pero se hospedará en una habitación alejada de aquí y cuando mi hijo despierte se marchará.

Quería quedarme junto a su puerta hasta que despertara, pero cuando iba a protestar, la señora Wittles sujetó mi brazo.

—Gracias, milady, es usted muy madnanima —agradeció sin soltar mi brazo. Pude ver como los ojos de la madre de Albert se llenaban de satisfacción ante las palabras de la señora Wittles—. Ahora nos retiramos —agregó.

Casi me jaló por el agarre de mi brazo para que me diera la vuelta y la acompañara. La seguí por el correrdor a regañadientas, mientras guardabamos silencio, hasta que doblamos hacia otro lugar.

—Yo quería quedarme con él, señora Wittles —protesté en un tono bajo, ya nos habíamos alejado, pero debíamos ser precavidas.

—Lo sé, mi niña, pero Lady White no es muy dadivosa con quien no es de su agrado —respondió ella acariciando mi mejilla—. Debemos conformarnos con que te deje quedarte hasta que Lord White despierte.

Cerré los ojos aguantando las lagrimas.

—Yo quiero verlo —murmuré con la voz ahogada. Cada vez que recordaba el estado de Albert, la bala que había recibido por mi culpa.

—La llevaré esta noche, cuando todos duerman —me tranquilizó y entonces me rompí.

Me abracé a aquella señora, que había sido lo más cercano a una madre que alguna vez había tenido y lloré amargamente en su hombro.

—Fue mi culpa, señora Wittles —dije entre sollozos—Fue mi culpa... Si yo no hubiera huido, él...

No pude seguir hablando, porque más lagrimas sacudieron mi cuerpo. Mi cuerpo se temblaba una y otra vez mientras mi corazón culpable dolía demasiado en mi pecho.

—Lo mejor hubiera sido que nunca hubiera venido. Él no habría pasado por esto —me lamenté cuando me separé de ella.

Solo había traído problemas a él. Mientras cargara con la crueldad de mi madrastra nunca podría ser libre. Debía haberme mantenido alejada de todo después de lo que había sucedido en el palacio.

—No diga eso —replicó la mujer secando mis lágrimas—. Si no lo hubiera acompañado, él la habría traído a la fuerza. Cuando nos escribió para que organizaremos todo a su llegada cuidó cada detalle, quería que todo fuera perfecto para usted. En cuanto comenzó a ir sola a la escuela, parecía inquieto todo el día, paseando de un lado a otro y mirando su reloj. Sé que se equivocó al ocultar su identidad, pero él la ama demasiado como para no lanzarse frente a usted una y otra vez para salvar su vida.

Más lágrimas salieron de mis ojos. El dolor y el amor se ligaban en mi interior. Habían sucedido tantas cosas en tan poco tiempo que no sabía en qué pensar, aunque en ese instante, sólo quería concentrarme en la recuperación de Albert.

—Ahora, mi querida niña, vamos a su habitación para que se de un baño. Está cubierta de sangre —dijo la señora Wittles pasando uno de sus brazos alrededor de mi cuerpo para guiarme a través de los corredores hasta mi habitación.

Al abrir la puerta de la estancia, mis ojos se fueron directamente hacia las sábanas que aún colgaban de las ventanas. Mi corazón se aceleró al rememorar todos los eventos. Cerré los ojos. ¿Por qué tenía que huir?

—Señorita, si quiere podemos cambiar su habitación —sugirió la señora Wittles, pero negué con la cabeza.

—Por favor, solo pídale a alguien que traiga la bañera y agua caliente —le pedía mientras me dirigí a la ventana.

Si me cambiaba de habitación seguiría huyendo como había hecho esa mañana. Al estar en el alféizar de la ventana, miré hacia abajo con los ojos empañados. Sujeté la soga hecha con las sábanas para jalarla hacia mí y cuando por fin tuve todo nuevamente en el cuarto, comencé a soltar cada sábana. Quería distraerme con algo para no pensar en la situación de Albert, pero todo se repetía una y otra vez en mi mente. Mientras desataba los nudos repetía una y otra vez la misma oración: Señor, te lo suplico, salva la vida de Albert.




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