Evangeline

Capítulo 17

—¿Sucede algo más? —inquirí con urgencia al tiempo que Anne bajaba la cabeza, pero no pronunciaba palabra— ¡Dime! —exclamé más en una suplica que una exigencia. Escuché el eco de mi corazón acelerado mientras aguardaba una respuesta.

—El doctor dijo que nuestro señor se encuentra en un sueño, algo llamado coma —explicó mi doncella con su mirada aún en el suelo.

«¿Coma? ¿Qué significaba eso?»

Apreté las sábanas con toda la fuerza que mis manos me permitieron. Intentaba calmarme, pero parecía imposible cuando todo en mi interior se sacudía intensamente. No sabía qué significaba lo que Anne me estaba contando, pero no podía significar nada bueno.

En ese momento la puerta se abrió y apareció la señora Wittles, quien lucía mucho más preocupada que Anne.

—¡Necesito ver a Albert! —supliqué acercándome a la señora Wittles— ¡POR FAVOR! —pedí con la voz quebrada.

Quería abrazarlo, estar a su lado. No podía estar aquí mientras él estaba alejado de mí.

—Mi niña, debe calmarse —pidió la señora Wittles tomándome por los brazos, tratando de calmarme.

—¿Qué le pasa a Albert, señora Wittles? —pregunté mientras ella me empujaba para que tomara asiento.

—Lord White, está en algo llamado coma, señorita. Según explicó el doctor está en un estado de sueño, que no se sabe cuando despertará —explicó la señora Wittles, sentándose en la cama también—. Sacar la bala fue muy difícil, perforó un pulmón.

Sentí las lágrimas correr por mis mejillas. Me dolía cada fibra de mi cuerpo. Esa bala era para mí, yo era quien debería estar postrada en una cama o muerta.

—Señora Wittles, quiero verlo —Apenas podía hablar en medio de las lágrimas que se acumulaban en mi garganta.

La señora Wittles pasó sus dedos delicadamente por mis mejillas borrando los rastros que aún quedaban de lágrimas. El gesto me hizo cerrar los ojos en busca de la calma.

—Yo te llevaré esta noche —me prometió la señora Wittles y abrí los ojos, en donde vi la seguridad de aquella promesa—. Anne vendrá a buscarte —añadió dirigiendo la mirada hacia mi doncella. Yo también llevé mis ojos hasta ella justo a tiempo para ver como asentía.

******
El tiempo que pasó hasta que Anne apareció para buscarme fue infinitamente eterno. El sol se había ocultado hacía bastantes horas y todo estaba cubierto por un velo negro, que sólo podían sobrepasar las velas que iluminaban el pasillo por donde Anne me conducía.

Nos deslizamos con la mayor discreción sorteando pasillos. Tenía entendido que tanto Lady White como su acompañante se habían retirado a sus respectivas habitaciones, así que era muy poco probable que me las cruzara. Cuando llegamos a una puerta de madera nos detuvimos y Anne abrió la puerta revelando la habitación a la que había entrado ese mismo día.

Miré a la cama, donde se encontraba acostado Albert. Parecía estar en un sueño plácida, pero la venda alrededor de su hombro me recordaba que no era un sueño normal. A su lado se encontraba la señora Wittles, quien se puso en pie cuando entré.

—La dejaré a solas con él. Si hay algún problema vendré a buscarla —dijo ella pasando por mi lado.

Me acerqué a la cama de Albert mientras no dejaba de mirarlo esperando que en cualquier momento abriera los ojos. Cuando llegué hasta él, me senté en el suelo junto a su cama y extendí mi mano hasta la suya. Estaba cálida a pesar de todo. Entrelacé sus dedos con los míos queriendo que su mano apretara la mía.

—Albert, por favor despierta —susurré sin dejar de apretar su mano—. No puedo vivir con la culpa de que hayas muerto por mi culpa. Por favor, por favor, por favor despierta —Sorbí por la nariz mientras la imagen de él se volvía borrosa.

Esperé unos minutos más, quería que él me contestara. Pero el silencio se mantuvo.

—No lo decía en serio. No te odio. Creo que jamás podría odiarte, a pesar de todo el dolor que me causaste —confesé al tiempo que apretaba su mano—. La verdad es que te amo y mucho. Amo que me hayas visto cuando todos parecieron olvidarme. Que hayas sido el impulso que necesitaba para seguir adelante. Vuelve conmigo. Te amo más de lo que nunca te he dicho. No sé si puedes escucharme pero te amo.

Apoyé mi cabeza en nuestras manos entrelazadas mientras oraba y pedía cada instante que él despertase. Cuando los ojos comenzaban a cerrarse le hablaba nuevamente. No iba a desaprovechar cada instante de tiempo a su lado, nunca más.

—Querida, ya debe irse —dijo la señora Wittles entrando en la habitación—. Ya casi va a amanecer.

Me levanté para mirar hacia la ventana, en efecto, los primeros ya pintaban el horizonte. La señora Wittles tenía la razón, debía irme, Lady White no debía verme aquí.

Apreté la mano de Albert una vez más antes de soltarla. A continuación me dirigí hacia la salida de la habitación, no sin antes volverme una última vez para ver una vez más al hombre que amaba. Él seguía igual que cuando yo había entrado, dormido y tranquilo.

—¿Señora Wittles, cómo fue que su hijo y los otros trabajadores nos entraron tan rápidamente? —inquirí mientras la mujer me acompañaba por el corredor hacia mi habitación.

La mujer soltó un suspiro antes de responder:

—Cuando una criada descubrió las sábanas colgando de tu habitación dio aviso a nuestro señor. Este pidió alguno de sus trabajadores que ayudarán a buscarte y el salió en su caballo nada más estuvo ensillado. Debió verlo, parecía que había perdido la cordura. Así que le pedí a mi hijo que lo siguiera, me preocupaba que pudiera pasarle algo.

Lamentablemente habían llegado después de que sucediera, aunque dudaba que hubieran logrado hacer algo si hubieran llegado antes. El arma ya había sido disparada y poco se hubiera podido hacer.

—Quisiera ver al hombre que disparó a Albert.

La señora Wittles me miró horrorizada y enseguida negó con la cabeza.

—Señora Wittles, necesito verlo, hablar con él. Entender que trato tenía con mi madrastra, porque ella fue quien lo envió —expliqué, aunque ella seguía negando con la cabeza—No será peligroso. Estaremos separados por barrotes. No puedo seguir huyendo de lo que me atemoriza.




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