¿Por qué me cuesta trabajo decir lo que siento?
Siempre me estuve haciendo esa pregunta por mucho tiempo y nunca encontré una respuesta hasta ahora, más bien hasta todo lo que tuve que pasar o lo que tuvimos que pasar. No fue como un cuento de hadas porque era el mundo real, pero ojalá así lo hubiera deseado. Y no logré superar estos obstáculos yo sola, sino con ayuda de la persona que más amo en este mundo; la vida nos tiraba una cuesta cada vez más empinada, de esas donde el aire te quema los pulmones, pero sostener su mano lo podía todo...
¿O no?...
Comencemos con el inicio en Guanajuato. Sí, ahí nací; dicen mis padres que fue el día más feliz de sus vidas, bueno, también el día de su boda, pero nací el 12 de diciembre, el Día de la Virgen de Guadalupe, por eso me pusieron María, que significa «la elegida» o «la amada por Dios». ¿Un nombre muy bello, no creen?
Recuerdo que cuando vivía en Guanajuato tuve una infancia estricta. Casi siempre me dejaban al cuidado de las hermanas de mi padre: la mayor, Rosario, y la del medio, Estela. Para ser honesta, nunca me llevé bien con ellas; si mis padres eran estrictos, ellas lo eran mucho más. No me dejaban hacer casi nada, por ejemplo, salir a las casas de mis amigas o comer dulces. Si quería salir, debía ser obligatoriamente con una de ellas, y si salíamos, era solo para ir a misa —de lo cual no me quejo, ya que ahí le rezaba a Nuestro Señor para que todo aquello terminara—. Era como un convento de monjas, donde te dictaban cómo comportarte, cómo vestir y cómo actuar. Era un infierno cuando me quedaba con ellas. Aún recuerdo exactamente que, a mis 7 años, le rogué de rodillas a mi padre para que no me dejara con ellas, pero nunca me escuchó; decía: «No seas exagerada, te tratan muy bien». Incluso pataleé para no ir, pero me cargaban aunque hiciera berrinche.
Es que ellos no lo entendían: un hijo quiere estar con sus padres. Jamás lo entendieron y jamás lo entenderán. Para ellos, solo quiero llamar la atención, pero no es así. Incluso, cuando se estrenó la telenovela mexicana Cadenas de amargura —que veía junto con mi mamá—, ya no me sentía tan sola porque entendía perfectamente lo que sentía Cecilia. Hasta bromeaba en mi mente preguntándole a Dios: «¿Quién decidió escribir sobre mi vida?». Sí, era algo tonto...
Cuando cumplí exactamente los 18 años, un día que debía ser especial y feliz se convirtió en algo horrible de recordar. Siempre pasaban cosas en mis cumpleaños: o discutía con mi padre y con mis tías, o debía celebrar yo sola en esa gran casa que parecía una mansión, porque nadie tenía tiempo debido al trabajo. Era entendible, pero se les olvidaba que lo material no me importaba; yo solo quería estar con mis padres a pesar de las peleas que tuviéramos. Cada cumpleaños, al apagar las velas, pedía siempre el mismo deseo: que mi familia estuviera unida...
Exactamente a las 9:00 de la noche ya me encontraba dormida, cuando me despertó el sonido de las puertas de la entrada abriéndose con fuerza y los gritos. Eso me hizo bajar de inmediato a las averiguar qué pasaba. Eran mis padres, Don Rogelio y Doña Margarita, discutiendo con mis tías Rosario y Estela. ¿Por qué? No lo supe hasta que lo escuché... Al parecer, hubo malos entendidos porque mis tías nunca quisieron a mi madre, y mi padre jamás la defendía a ella, sino a sus hermanas. Yo sabía cómo eran realmente, así que no dudé en bajar para defender a mi mamá. Ni siquiera mi padre me defendió cuando recibí una cachetada por parte de Rosario, solo porque creían que defendía lo indefendible. Ahí quedó más que claro que jamás volveríamos a tener una relación familiar con ellas; yo ya no las consideraba familia ni siquiera las llamaba tías.
Fue así que decidimos mudarnos al Valle de México, a Ciudad Satélite. Esta mudanza significó pasar de la opresión de Guanajuato a una prisión moderna de concreto y asfalto: una casa enorme en un fraccionamiento exclusivo donde todo el mundo aparentaba perfección, pero donde me sentía más aislada que nunca del mundo real.
Por fuera se veía linda, pero por dentro... era bastante grande para solo tres personas; al menos tenía una piscina y un patio. Me quedé asomándome por la ventana para ver los autos americanos pasar, sintiendo que este suburbio moderno era solo una prisión con paredes más grandes.
A pesar del cambio de estado y de casa, las dinámicas familiares no cambiaron. Mi padre, Rogelio, y mi madre, Margarita, seguían igual de ausentes, absorbidos por las apariencias y el trabajo. Con eso me demostraban que huir geográficamente no borraba los problemas de raíz.
Después de que pasaron tres días, la mudanza terminó y fue así como llegó Carmela —o como yo le decía de cariño, Carmelita—, la empleada doméstica. Era una excelente cocinera y funcionaba como mi segunda madre; me trataba bien, como si fuera su propia hija. Con ella no me sentía tan sola, excepto cuando estaba ocupada con las cosas del hogar, como limpiar o lavar la ropa. En lo que podía le ayudaba, pero casi todos los días de la semana los pasaba recibiendo clases en casa. Nunca fui a una escuela, ni siquiera cuando vivía en Guanajuato; siempre tuve curiosidad de saber cómo sería. Veía a los niños con sus amigos ir a la escuela riendo y jugando, uno que otro quejándose de un profesor o de una tarea difícil, y aun así yo moría por ir a una.
Ahí estaba Joaquín, mi profesor. Era estricto, sí, pero terminaba siendo como un amigo. Me daba clases de:
* Instrucción Cívica y Español: dos materias que mi padre elegía con pinzas para asegurarse de que aprendiera a comportarme, a redactar cartas impecables y a no cuestionar la autoridad de nadie.
* Aritmética y Geografía: aunque las cifras y los mapas del mundo se sentían absurdos cuando mi único horizonte real eran las paredes de ladrillo de la casa en Satélite y los circuitos que veía desde la ventana.
* Historia de México: repitiendo de memoria las fechas de los héroes patrios mientras por dentro sentía que mi propia vida estaba estancada en el mismo sitio, sin ninguna revolución a la vista.