Fábulas I

Capítulo 19

Nerith. 30 de abril.

El aire olía a humedad, aunque no era extraño en Las Islas. De vez en cuando, un relámpago iluminaba el cielo cubierto de nubes grises y el sonido de los truenos hacia retumbar la tierra bajo sus pies.

Laina estaba calada hasta los huesos; la lluvia los había pillado de improvisto, un fuerte aguacero en mitad del camino. Bufó para sus adentros. No le gustaba la lluvia y la humedad. Estaba acostumbrada al calor seco y asfixiante de Nujal. Elyas, en cambio, parecía encantado, pero claro, él había nacido allí.

Notaba a Zyra retorciéndose en el interior del bolsillo de su guardapolvo. Metió una mano y rozó su cabeza con un dedo para tranquilizarla. Zyra enroscó la cola en su dedo; el tacto de sus escamas hizo que se sintiera mejor.

El brujo caminaba delante de ella, ambos medio hundidos en el barro del camino, que se empinaba con cada paso que daban. Al final, todavía demasiado lejos, se alzaba un castillo de piedra. Estaba sobre la cima de la colina escarpada, con árboles altos rodeándola. Tenía un aspecto tan sencillo, tan común, que Laina no entendía como podía pertenecer a Myca Crest. No es que se hubiera esperado un castillo tenebroso como en los cuentos infantiles; más bien había esperado todo lo contrario, un castillo lujoso que se acomodara a los gustos caros que tenía la familia Crest. Pero ese lugar parecía soso y aburrido…

Tal vez por eso estaban allí, pensó Laina. Nadie se esperaría que la familia de brujos más poderosa y rica viviera en ese castillo, así que seguramente nadie los molestaría mucho.

Lo que Laina le molestaba, aparte de la dichosa lluvia, era la falta de un portal. Las Islas estaban en un punto muy complicado para hacer portales permanentes, porque no había suficientes Líneas Nyris (el material bruto de dónde se extraía el acero nyris), para que los portales se pudieran mantener con el tiempo; incluso era difícil hacer un simple portal temporal para llegar a Las Islas. Elyas lo había logrado al segundo intento, aunque había sido un portal inestable y débil que los había dejado a las afueras de la ciudad de Nerith, a más de dos horas de caminata del castillo. Elyas no había sido capaz de hacer otro portal, así que ahora les tocaba caminar hasta llegar a la cima de la maldita colina.

Se arrepentía de haber aceptado acompañar a Elyas, no iba a negarlo. No solo era el horrible mal tiempo de Las Islas, si no que, conforme más se acercaban a Myca Crest, más incómoda se sentía Laina. Los brujos que rodeaban a los Crest no eran conocidos por su amigabilidad hacia otros ocultos que no fueran brujos. Ella misma había sido una bruja de sangre antes de morir, y sabía por experiencia como funcionaba ese mundo; no lo había echado de menos desde su muerte.

—Ya casi estamos —jadeó Elyas a través del sonido de la lluvia. Laina miró hacia delante y descubrió que tenía razón. Había estado tan sumida en sus pensamientos que se le había pasado volando la última parte del camino. En ese momento notó que las piernas le ardían del esfuerzo y que ella también tenía la respiración agitada.

Estaban a apenas unos metros del castillo. Una fuerte muralla de piedra rematada en almenas cercaba la estructura principal y una puerta cerrada con un rastrillo de metal estaba al otro lado del puente levadizo; Laina no distinguió a nadie en la parte superior de la muralla. Un profundo foso vacío se hundía delante de ellos. A ambos lados del camino no había nada, tan solo el vacío y una caída de varios metros que mataría incluso a un inmortal. El puente levadizo estaba subido y las grandes y gruesas cadenas tintineaban con fuerza por el viento, golpeando la madera y la piedra sin piedad.

La piel le hormigueó al acercarse. Había fuertes hechizos protectores rodeando el castillo. Con toda esa protección no hacía falta guardias en las almenas. Era imposible que alguien se acercara y Myca no lo supiera al instante. La idea de que la Reina los hubiera estado vigilando durante toda su caminata le puso los pelos de punta.

Laina notó el momento en el que cruzaron la barrera mágica, cuando estuvieron a apenas unos pasos del foso. Todo su cuerpo se tensó mientras una magia fría e intrusiva le rozaba la piel y parecía fundirse con su cuerpo. La sintió dentro de ella, rebuscando con unos dedos largos y esqueléticos en su pecho. Laina apretó los puños y sintió su propia magia luchando contra la intrusión. Su visión se oscureció y se volvió roja durante unos instantes. La magia de la barrera se retrajo y salió de ella y todo su cuerpo se relajó. Parpadeó un par de veces y el rojo despareció de su visión.

—Has estado a punto de transformarte —comentó Elyas, no como un reproche, si no como si tan solo quisiera apuntar lo evidente.

Laina bufó. Ya se había dado cuenta de que casi se había transformado. A él no parecía haberle hecho nada la barrera, seguramente porque la magia protectora lo habría reconocido. Al fin y al cabo, lo habían estado esperando. A Laina, en cambio, no.

El puente levadizo empezó a bajar con un chirrido de metal contra metal. En menos de dos minutos, el puente de madera estaba totalmente bajado y ellos cruzaron. Laina miró hacia abajo, aunque sabía que no debería hacerlo. El final del foso estaba muy lejos, pero, aun así, Laina pudo ver las afiladas picas clavadas en el fondo, el brillo mortal del acero resplandeciendo cada vez que un relámpago iluminaba el cielo. Era una visión alarmante cuanto menos.

Laina escuchó el molesto sonido del rastrillo subiendo. Ni siquiera lo levantaron del todo, tan solo lo suficiente para que Elyas, el más alto de los dos, pasara sin golpearse la cabeza. A Laina no le gustó, pero por supuesto no dijo nada. Apretó los labios y siguió a Elyas por el patio de armas vacío. Había grandes charcos en el suelo de piedra y las gárgolas de los tejados escupían agua sin piedad para los que iban caminando bajo ellas.




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