Adalsten continuaba arrastrándose por la nieve, dejando tras de sí un rastro irregular mientras cada movimiento le arrancaba un esfuerzo que apenas podía soportar. Sabía que, si continuaba de aquella manera, no llegaría muy lejos antes de que sus fuerzas lo abandonaran por completo, pero detenerse tampoco era una opción mientras Eirik siguiera en algún lugar frente a él. Reuniendo todo lo que le quedaba de energía, clavó ambas manos en el suelo y comenzó a incorporarse lentamente, haciendo un esfuerzo por levantar primero el torso y después una de sus piernas. Sus músculos temblaban bajo el peso de su propio cuerpo y, apenas consiguió ponerse de pie, comprendió que no podría mantenerse así durante mucho tiempo. Miró a su alrededor hasta encontrar una rama gruesa que sobresalía de la nieve; se acercó como pudo, la sujetó con ambas manos y comprobó que fuera lo suficientemente resistente para soportar su peso. Cuando finalmente se apoyó sobre ella, consiguió mantenerse erguido, aunque sus piernas continuaban temblando y cada respiración se volvía más pesada. No era mucho, pero tendría que bastar. Si quería encontrar a Eirik, tendría que seguir avanzando, aunque cada paso le costara una parte de las fuerzas que todavía le quedaban.
Y así fue como Adalsten continuó avanzando por el bosque, apoyándose en la gruesa rama cada vez que sus piernas amenazaban con ceder. El trayecto era lento y agotador, pero no estaba dispuesto a detenerse mientras existiera la posibilidad de encontrar a Eirik. A medida que se internaba entre los árboles, su mente regresaba una y otra vez a la criatura con la que se había enfrentado. No podía apartar aquella imagen de sus pensamientos. Había visto numerosas bestias durante sus viajes, algunas capaces de poner en peligro incluso a guerreros experimentados, pero ninguna se parecía a aquella. Su aspecto, su fuerza y la forma en que se había abalanzado sobre él eran completamente desconocidos.
—¿Qué demonios era esa cosa...? —murmuró mientras continuaba caminando, con la respiración entrecortada—. He recorrido más tierras de las que puedo recordar y me he enfrentado a criaturas de todo tipo, pero jamás había visto algo semejante.
Adalsten guardó silencio durante unos instantes, tratando de reconstruir cada detalle de aquel encuentro. Cuanto más lo pensaba, más extraño le parecía. Aquella bestia no parecía pertenecer a ninguna especie que hubiera conocido durante sus viajes, y tampoco recordaba haber escuchado jamás una historia sobre una criatura con aquellas características. Lo peor de todo era que seguía sin comprender de dónde había salido ni por qué se encontraba allí. Sin embargo, había algo que le preocupaba todavía más: si aquella criatura había sido capaz de sobrevivir a todo lo que había soportado y obligarlo a luchar por su vida, entonces no podía descartar que existieran otras iguales en algún lugar del bosque.
—Sea lo que sea... espero no volver a encontrarme con otra —dijo finalmente, apretando con más fuerza la rama mientras continuaba avanzando—. Ahora tengo algo mucho más importante que hacer. Tengo que encontrar a Eirik.
Adalsten continuó avanzando entre los árboles hasta que, a lo lejos, distinguió algo tendido sobre la nieve. Al acercarse un poco más, reconoció inmediatamente el enorme cadáver del jabalí al que se habían enfrentado. La preocupación se apoderó de él al recordar que Eirik se encontraba cerca de aquella criatura, así que aceleró el paso todo lo que sus debilitadas piernas le permitieron. Entonces lo vio. A un lado del cuerpo de la bestia se encontraba Eirik, recostado sobre la nieve y completamente inmóvil. Durante un instante, Adalsten sintió que el corazón se le detenía.
—¡Eirik!
Adalsten soltó la rama y se apresuró hacia él, cayendo de rodillas a su lado. Al observarlo con mayor atención, descubrió varias heridas de las que todavía brotaba sangre. La respiración de Eirik era apenas perceptible y no respondía a sus llamados. Adalsten sintió que el miedo comenzaba a apoderarse de él mientras intentaba encontrar alguna señal de que siguiera con vida.
—¡Eirik, despierta! ¡Vamos, despierta! —exclamó mientras lo sujetaba por los hombros y lo sacudía con desesperación.
No obtuvo ninguna respuesta.
Adalsten volvió a intentarlo, esta vez con mayor fuerza, pero Eirik continuó inconsciente. No sabía qué hacer. No tenía medicinas, tampoco podía cargarlo en aquellas condiciones y, si se quedaban allí demasiado tiempo, las heridas de Eirik podían terminar siendo mortales. Desesperado, tomó una decisión que probablemente Eirik no agradecería cuando despertara.
Le dio una bofetada.
Nada.
Adalsten lo miró con incredulidad y volvió a golpearlo.
—¡Despierta, maldita sea!
Otra bofetada.
Y otra.
Y otra más.
Con cada golpe, las mejillas de Eirik comenzaron a adquirir un tono cada vez más rojizo, pero el guerrero seguía sin reaccionar. Adalsten ya no sabía si estaba intentando despertarlo o simplemente descargando toda su desesperación sobre él, hasta que finalmente los ojos de Eirik comenzaron a abrirse lentamente.
Eirik parpadeó varias veces, completamente desorientado. Su visión era borrosa y durante unos segundos no consiguió distinguir dónde se encontraba. Lo único que alcanzaba a ver era una figura inclinada sobre él. Intentó enfocar la mirada y, poco a poco, reconoció el rostro de Adalsten.