Tyr jamás habría imaginado que descubrir la verdad sobre su pasado sería apenas el comienzo de algo mucho más aterrador. Las revelaciones sobre Odin habían dejado al descubierto una historia de engaños y manipulaciones que se extendía mucho más allá de lo que alguna vez creyó posible, pero lo ocurrido dentro de la mente del Padre de Todos había sido diferente. Aquella presencia desconocida, capaz de transformar aquel espacio en una pesadilla y provocar una reacción de auténtico terror incluso en Zong Khui, había dejado una pregunta para la que ninguno de los dos tenía respuesta: ¿qué clase de ser podía esconderse en la mente de un dios y qué significaba su aparición? Tyr aún no lo sabía, pero mientras intentaba comprender lo que acababa de presenciar, algo que llevaba demasiado tiempo aguardando comenzaba a poner en marcha sus propios planes.
En un lugar donde la muerte parecía haberse apoderado de cada rincón y la desesperación se respiraba en el aire, se extendía un paisaje desolador, habitado por las almas de quienes habían caído en desgracia y ahora vagaban sin esperanza de encontrar la paz. Las sombras se arrastraban entre las ruinas, mientras una quietud inquietante envolvía aquel territorio, como si hasta los muertos hubieran aprendido a temer aquello que habitaba en sus profundidades. Aquel no era un lugar cualquiera, sino Helheim, el Reino de los Muertos, donde terminaban las almas de quienes habían abandonado el mundo de los vivos. Sin embargo, en las profundidades de aquel reino existía algo que no pertenecía a ninguna de aquellas almas condenadas, una presencia cuya naturaleza era tan aterradora que su sola existencia bastaba para evocar los horrores de una guerra que, hasta hacía apenas unos meses, había amenazado con sumir a los reinos en la oscuridad.
En el centro de aquella desolación se encontraba una figura envuelta en sombras, inmóvil, silenciosa, pero lejos de ser inofensiva. Su presencia parecía imponerse sobre cuanto la rodeaba, como si la propia oscuridad de Helheim se inclinara ante ella. Era una figura que ya conocíamos, una cuya existencia habría sido preferible olvidar y cuyo nombre todavía evocaba el recuerdo de la Primera Gran Guerra. Nictofer, el Dios de la Oscuridad, permanecía prisionero en aquel reino desde que Farbautti consiguió detenerlo al final del conflicto, condenándolo a permanecer apartado del mundo que había intentado someter. Su encarcelamiento había supuesto un respiro para los supervivientes de aquella guerra, una oportunidad para reconstruir lo perdido y creer que la amenaza había llegado a su fin. Pero Nictofer no había muerto, ni había desaparecido, y el hecho de que permaneciera encerrado no significaba que hubiera dejado de representar un peligro.
Apenas habían transcurrido unos meses desde que Farbautti lo confinó en Helheim, y aunque para los reinos aquel tiempo había sido suficiente para comenzar a recuperarse de las heridas de la guerra, para el Dios de la Oscuridad su prisión no era más que una interrupción forzada de sus planes. El mundo de los vivos continuaba adelante, ignorante de lo que ocurría en las profundidades del Reino de los Muertos, mientras la existencia de Nictofer permanecía oculta tras los acontecimientos que habían sacudido los nueve reinos. Muchos creían que, con Farbautti fuera de escena y la amenaza encerrada, lo peor había quedado atrás. Era una esperanza comprensible, pero equivocada, porque el ser que había provocado aquella catástrofe seguía allí, intacto, con su poder y su odio, separado de sus objetivos únicamente por los límites de su prisión.
Y ahora, en medio de aquel silencio sepulcral, algo comenzaba a cambiar. La oscuridad que rodeaba a Nictofer parecía adquirir una intensidad inquietante, mientras el ambiente se volvía cada vez más opresivo, como si Helheim entero estuviera reaccionando ante la presencia de su prisionero. No había pasado una eternidad desde su encierro, pero tampoco necesitaba hacerlo para que su regreso se convirtiera en una amenaza. La Primera Gran Guerra aún permanecía demasiado reciente en la memoria de quienes habían sobrevivido, sus consecuencias seguían marcando el destino de los reinos y la posibilidad de que Nictofer volviera a actuar bastaba para poner en peligro todo aquello que apenas comenzaba a reconstruirse. El Dios de la Oscuridad continuaba atrapado, pero su historia estaba lejos de terminar, y lo que estaba por suceder podía convertir aquella frágil recuperación en el preludio de una nueva pesadilla.
Nictofer permanecía inmóvil en las profundidades de Helheim, indiferente a cuanto sucedía a su alrededor. Las almas condenadas vagaban entre las sombras, sus lamentos se extendían por aquel reino desolado y una atmósfera de muerte envolvía cada rincón, pero nada de aquello conseguía captar su atención. Todo parecía insignificante, carente de interés, como si incluso el interminable sufrimiento de los condenados hubiera perdido la capacidad de provocar en él la más mínima reacción. El silencio y la oscuridad se habían apoderado de aquel lugar, manteniendo al Dios de la Oscuridad aislado del resto de la existencia, ajeno a los acontecimientos que se desarrollaban más allá de los límites de su prisión. Sin embargo, aquella aparente indiferencia estaba a punto de llegar a su fin.
Una perturbación recorrió el cosmos, tan sutil en sus primeros instantes que habría pasado inadvertida para casi cualquier ser, pero lo bastante extraña como para alterar la quietud que reinaba en Helheim. No se trataba de una simple fluctuación de energía ni de una anomalía vinculada a los conflictos que sacudían los nueve reinos. Había algo diferente en aquella manifestación, una presencia difícil de comprender que parecía extenderse más allá de las distancias y las fronteras que separaban los distintos planos de la existencia. Nictofer percibió aquella alteración y, por primera vez en mucho tiempo, levantó ligeramente la cabeza, concentrando su atención en lo que acababa de ocurrir.