Tyr seguía paralizado por lo que acababa de presenciar en la mente de Odín. La imagen de aquella presencia desconocida y la sensación de haber contemplado algo que escapaba a toda comprensión continuaban atormentándolo, impidiéndole ordenar sus pensamientos. Sin embargo, antes de que pudiera siquiera comenzar a asimilar lo ocurrido, algo cambió frente a él. Las cadenas de energía que Zong Khui había utilizado para mantener inmovilizado al Padre de Todo comenzaron a desvanecerse hasta desaparecer por completo, dejando a Odín libre para moverse. Pero, lejos de recuperar la compostura, el dios se llevó ambas manos a la cabeza y se dobló sobre sí mismo, soltando un gemido de dolor que resonó por toda la cabaña.
Algo le estaba sucediendo.
Odín apretó los dientes mientras un dolor insoportable le atravesaba la cabeza, como si algo invisible estuviera hurgando en lo más profundo de su mente, desgarrando sus pensamientos y obligándolo a enfrentarse a aquello que más temía. Su respiración comenzó a volverse irregular, y sus manos temblaron mientras intentaba aferrarse a cualquier cosa que le permitiera resistir aquella tortura. Pero cuanto más luchaba, peor se volvía. Sus temores, aquellos que había enterrado durante años bajo capas de orgullo, ambición y una voluntad inquebrantable, comenzaron a intensificarse hasta convertirse en una presencia abrumadora que lo consumía desde dentro. Por primera vez en mucho tiempo, Odín no parecía un rey, un estratega ni el soberano de Asgard, sino un hombre atrapado en su propia mente, incapaz de escapar de aquello que lo estaba destruyendo.
—¡Tyr, ayúdame! ¡Por favor, tienes que ayudarme! —suplicó Odín, levantando el rostro hacia él con una desesperación que difícilmente habría podido imaginar en otras circunstancias.
Aquellas palabras hicieron que Tyr apartara de golpe su atención de lo que acababa de presenciar. Durante un instante, el desconcierto que lo había mantenido inmóvil quedó sepultado bajo una oleada de emociones mucho más antiguas, una rabia que llevaba demasiado tiempo acumulándose y que jamás había conseguido extinguir, por mucho que hubiera intentado convencerse de que podía seguir adelante. ¿Ayudarlo? ¿Después de todo lo que le había hecho? ¿Después de haber manipulado su mente, arrebatándole recuerdos que le pertenecían y privándolo incluso de la posibilidad de comprender su propia infancia? La desesperación de Odín no despertó compasión en él, sino que abrió de golpe una herida que nunca había terminado de cerrar. Tyr apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron, mientras una expresión de furia se apoderaba de su rostro. El dios que tenía delante podía estar sufriendo, podía estar aterrorizado y podía necesitar ayuda, pero nada de aquello borraba lo que había hecho. Y Tyr estaba harto de seguir conteniendo todo lo que llevaba dentro.
—¡¿AYUDARTE?! ¡¿DE VERDAD TIENES EL DESCARO DE PEDIRME QUE TE AYUDE, MALDITA RATA?! ¡ME ARREBATAS MIS RECUERDOS, MANIPULAS MI VIDA Y TODAVÍA ESPERAS QUE CORRA A SALVARTE CADA VEZ QUE ALGO SALE MAL! ¡Y NI SIQUIERA FUE UNA SOLA VEZ, MALDITO MENTIROSO! ¡ME BORRASTE LA INFANCIA, ME QUITASTE UNA PARTE DE MÍ QUE JAMÁS PODRÉ RECUPERAR Y ME MANTUVISTE EN LA IGNORANCIA MIENTRAS DECIDÍAS QUÉ DEBÍA SABER Y QUÉ DEBÍA OLVIDAR! ¡NO QUERÍAS UN HIJO, ODÍN, QUERÍAS UN PUTO SIERVO! ¡UN GUERRERO OBEDIENTE QUE CUMPLIERA TUS ÓRDENES SIN HACER PREGUNTAS, QUE ENTREGARA SU VIDA POR TI SIN SIQUIERA SABER QUE LE HABÍAS ROBADO LA SUYA! ¡PORQUE, CLARO, YO NO LLEVO TU SANGRE, ¿VERDAD?! ¡QUÉ MÁS DA LO QUE ME PASE, QUÉ MÁS DA LO QUE SIENTA O CUÁNTO TENGA QUE SUFRIR, MIENTRAS SIGA SIENDO ÚTIL PARA TUS MALDITOS PROPÓSITOS! ¡PUEDES REPETIR MIL VECES QUE ME AMAS, PUEDES LLAMARME TU HIJO HASTA QUE TE QUEDES SIN VOZ, PERO NUNCA PODRÁS BORRAR LO QUE HICISTE! ¡PORQUE EN EL FONDO, NO IMPORTA CUÁNTO ME HAYA ESFORZADO NI CUÁNTO HAYA SACRIFICADO POR TI, PARA TI SIEMPRE SERÉ UN MALDITO INSTRUMENTO AL QUE PUEDES UTILIZAR Y DESECHAR CUANDO DEJE DE SERVIRTE! ¡ASÍ QUE NO TE ATREVAS A PEDIRME AYUDA COMO SI TUVIERAS DERECHO A HACERLO DESPUÉS DE HABER DESTRUIDO TODO LO QUE HABÍA ENTRE NOSOTROS! ¡NO VUELVAS A LLAMARME TU HIJO!
Odín apenas podía escuchar las palabras de Tyr. Los gritos resonaban en su cabeza, mezclándose con aquella presencia que continuaba invadiendo su mente y retorciendo cada uno de sus pensamientos. El dolor se había vuelto insoportable, pero era el miedo lo que verdaderamente lo estaba destruyendo. Sentía cómo sus temores más profundos comenzaban a escapar de los rincones donde los había mantenido ocultos durante años, creciendo hasta envolverlo por completo, arrebatándole la capacidad de distinguir sus propios pensamientos de aquello que parecía susurrar desde el interior de su conciencia. Intentó aferrarse a su voluntad, recuperar el control, recordar quién era y por qué no podía permitirse mostrar debilidad, pero cada esfuerzo resultaba inútil. Su respiración se volvió errática, sus manos comenzaron a temblar y su único ojo se movía desesperadamente, incapaz de encontrar algo en lo que pudiera concentrarse. Frente a él, Tyr continuaba descargando toda la rabia que había acumulado durante años, sin comprender que el hombre al que estaba enfrentando ya apenas podía soportar lo que ocurría dentro de su propia cabeza.
—¡CÁLLATE! —rugió Odín, llevándose una mano a la sien mientras intentaba contener el dolor que lo estaba consumiendo.
Pero Tyr no se detuvo. Las palabras que había guardado durante tanto tiempo seguían brotando de su boca, cargadas de resentimiento, decepción y una furia que parecía crecer con cada segundo. Odín apretó los dientes, sintiendo que su paciencia se desmoronaba bajo el peso de aquella tortura. No podía soportar los gritos de Tyr, no podía soportar aquella voz que le recordaba sus propios errores y, sobre todo, ya no podía soportar el miedo que se había apoderado de él. Todo parecía cerrarse a su alrededor, como si las paredes de su mente estuvieran estrechándose hasta dejarlo sin espacio para respirar. Su rostro se contrajo en una expresión de desesperación, y durante un instante pareció que iba a desplomarse de rodillas. Sin embargo, algo dentro de él terminó por quebrarse.