La expresión del Padre de Todos se endureció. Sus ojos se clavaron en Thor, y la indignación que ya deformaba su rostro se convirtió en una cólera todavía más profunda al comprender que su propio hijo se había atrevido a desafiarlo delante de los habitantes de Midgard.
—¡¿Te atreves a interponerte mientras disciplino a tu hermano?! —bramó Odin, dando un paso hacia él—. ¡¿Acaso has olvidado quién soy, Thor?! ¡Soy el soberano de Asgard, el dios que ha mantenido a raya las amenazas que habrían reducido estos reinos a cenizas, y no permitiré que vengas a cuestionar mi autoridad como si tu juicio estuviera por encima del mío!
Thor apretó los dientes, afianzando los pies contra el suelo. No apartó la mirada de Odin, aunque una parte de él comprendía que aquella confrontación había dejado de ser una simple disputa familiar. Su padre no estaba dispuesto a escuchar razones, y la energía que se acumulaba a su alrededor amenazaba con desatar una destrucción que ninguno de los presentes podría detener una vez que comenzara.
—¡No estoy cuestionando tu autoridad, padre! ¡Estoy intentando impedir que sigas destruyendo todo a tu alrededor mientras descargas tu ira contra alguien que ya ni siquiera puede defenderse! —respondió Thor, alzando la voz para imponerse sobre el creciente estruendo de la energía que envolvía a Odin—. ¡Mírate! ¡Observa lo que estás haciendo! ¡Estos aldeanos te han venerado, han confiado en ti y han acudido a ti creyendo que eras su protector, pero ahora están contemplando cómo conviertes su hogar en un campo de batalla!
Las palabras apenas habían terminado de abandonar sus labios cuando Odin extendió una mano hacia él. Un destello de energía estalló desde su palma y avanzó como una descarga devastadora, iluminando las fachadas de las viviendas y proyectando sombras violentas sobre la nieve. Thor apenas tuvo tiempo de levantar los brazos antes de que el ataque lo alcanzara de lleno.
El impacto lo obligó a plantar ambos pies con fuerza contra el suelo. Thor cruzó los brazos frente al pecho y contuvo la descarga con las manos, pero la presión lo hizo deslizarse varios centímetros hacia atrás, abriendo dos surcos profundos en la nieve. Una vibración brutal recorrió sus brazos y se extendió hasta sus hombros, mientras el aire a su alrededor comenzaba a temblar por la energía que trataba de atravesar su defensa. El resplandor era tan intenso que apenas podía distinguir los contornos de su propio martillo, y cada segundo que permanecía conteniendo el ataque parecía exigirle un esfuerzo mayor que el anterior.
No era solamente la fuerza del impacto lo que lo preocupaba. La energía de Odin continuaba acumulándose contra sus manos, expandiéndose en todas direcciones y amenazando con desbordar la barrera que Thor intentaba mantener. Si cedía, aunque fuera durante un instante, la descarga no se limitaría a alcanzarlo a él. Todo lo que se encontraba detrás de su cuerpo quedaría expuesto a una fuerza capaz de arrasar la aldea.
Fue entonces cuando los vio.
Los aldeanos permanecían inmóviles a sus espaldas, paralizados por el espectáculo que tenían delante. Algunos observaban a Odin con una expresión de incredulidad, incapaces de reconciliar la imagen del dios al que habían confiado sus vidas con la figura que ahora descargaba semejante poder contra su propio hijo. Otros se habían quedado aferrados a sus familias, demasiado aterrorizados para comprender que no podían permitirse seguir allí. Un hombre sostenía a un niño contra su pecho mientras su esposa permanecía inmóvil a su lado, con los ojos clavados en el resplandor que amenazaba con devorarlos a todos.
Thor sintió que la presión aumentaba de nuevo. Sus brazos comenzaron a temblar bajo el esfuerzo de contener la descarga, y la tierra bajo sus pies crujió mientras la nieve se dispersaba a su alrededor. No podía mantener aquella posición indefinidamente, y mucho menos garantizar que la energía no terminara escapándose hacia las viviendas.
Giró ligeramente la cabeza hacia los aldeanos, sin apartar las manos del ataque que seguía golpeándolo, y les gritó con una desesperación que rara vez habían escuchado en su voz:
—¡NO SE QUEDEN AHÍ PARADOS, RETROCEDAN! ¡ALÉJENSE DE LAS CASAS Y PONGAN TANTA DISTANCIA COMO PUEDAN ENTRE USTEDES Y NOSOTROS! ¡SI NO SE MUEVEN AHORA, NO HABRÁ NADA QUE PUEDA HACER PARA SALVARLOS!
Las palabras de Thor rompieron finalmente el estado de parálisis que se había apoderado de ellos. Los aldeanos comenzaron a correr, llamando a sus familiares y ayudándose unos a otros a abandonar las calles, mientras algunos tropezaban con la nieve y otros volvían la cabeza para comprobar si el dios que habían venerado durante tanto tiempo realmente pretendía destruirlos.
Pero Thor no podía seguir pendiente de ellos.
Frente a él, Odin continuaba alimentando la descarga con una expresión implacable, observando cómo su hijo resistía el ataque sin apartarse de su camino. No había vacilación en sus ojos, ni señales de que estuviera dispuesto a reconsiderar sus actos. Para él, Thor no estaba protegiendo a Tyr ni evitando una tragedia; estaba desafiando su autoridad en el peor momento posible.
Y mientras la energía seguía creciendo entre ambos, Thor comprendió que había llegado demasiado lejos para limitarse a pedirle a su padre que se detuviera.
Si quería proteger a Tyr y a los habitantes de Midgard, tendría que enfrentarse a Odin.
Los aldeanos comenzaron a alejarse de la zona, ayudándose unos a otros mientras el estruendo de la energía de Odin hacía temblar las casas que todavía seguían en pie. Algunos corrían con sus hijos en brazos, mientras otros se detenían para auxiliar a quienes habían caído sobre la nieve. El miedo se había apoderado de todos. El dios al que habían considerado su protector ahora estaba destruyendo su hogar, y nadie sabía si conseguirían ponerse a salvo antes de que otro ataque los alcanzara.