La lluvia de energía no daba señales de detenerse. Cada impacto sacudía la barrera de Angrboda, haciendo que la superficie verde se deformara bajo la presión antes de recuperar su forma. La joven mantenía ambos brazos extendidos, con los dientes apretados y la respiración cada vez más pesada. Por mucho que se esforzara, la fuerza de Odin superaba todo lo que podía soportar por sí sola. Si aquella lluvia continuaba unos minutos más, la barrera terminaría por romperse y todos los que se encontraban bajo su protección quedarían expuestos a los ataques.
Fue entonces cuando se escucharon pasos apresurados entre el estruendo de las explosiones. Arvid llegó acompañado de varios guardias, avanzando entre los restos de las viviendas hasta encontrarse con aquella escena. Al levantar la mirada, vio los proyectiles que caían desde el cielo, las casas reducidas a escombros y la enorme barrera verde que protegía a los supervivientes. Por un momento se quedó inmóvil, incapaz de comprender cómo una situación semejante había podido desatarse en tan poco tiempo. Después reconoció a Thor, a Tyr y a Fenrir dentro de la protección, y finalmente distinguió a Odin, quien continuaba descargando su poder sobre la aldea.
—Por todos los dioses… ¿qué está pasando aquí? —murmuró Arvid, con el miedo reflejado en el rostro.
No tardó en comprender que no había tiempo para buscar respuestas. Un estruendo mucho más fuerte que los anteriores lo obligó a mirar hacia la barrera. Angrboda había doblado ligeramente las rodillas y sus brazos temblaban de manera evidente. La protección acababa de recibir varios impactos casi al mismo tiempo, y durante unos segundos su superficie perdió intensidad, dejando ver profundas ondulaciones en la energía verde. La joven consiguió estabilizarla, pero el esfuerzo le arrancó un jadeo. Arvid entendió que no podría resistir por mucho más tiempo.
—¡Ustedes dos, vayan por más guerreros! —ordenó a los guardias que lo acompañaban, alzando la voz para hacerse escuchar entre las explosiones—. ¡Necesitamos sacar a todos los aldeanos de aquí! Ayuden a los heridos, busquen a quienes estén atrapados y no permitan que nadie se quede atrás. ¡Muévanse!
Los guardias obedecieron de inmediato y se dispersaron entre las calles, llamando a los demás guerreros mientras comenzaban a organizar la evacuación. Arvid, por su parte, corrió hacia Angrboda y se colocó a su lado. La joven apenas pudo dirigirle una mirada antes de que otro impacto hiciera temblar la barrera, obligándola a concentrarse de nuevo.
—No sé cuánto tiempo más pueda sostenerla —admitió Angrboda entre respiraciones agitadas—. El poder de Odin es demasiado grande. Cada ataque golpea con más fuerza que el anterior y, si la barrera se rompe, todos los que están aquí quedarán expuestos.
Arvid observó las grietas de luz que aparecían y desaparecían sobre la superficie de la protección. Sabía que no podía igualar el poder de Odin, pero tampoco pensaba quedarse de brazos cruzados mientras Angrboda cargaba sola con todo el esfuerzo. Se acercó más y extendió ambas manos hacia la barrera, concentrando su propia energía mágica para reforzarla.
—Entonces no tendrás que sostenerla sola. Concéntrate en mantenerla en pie; yo te ayudaré a resistir.
Una luz se extendió desde las manos de Arvid y se mezcló con la magia verde de Angrboda. Por un instante, la barrera recuperó parte de su intensidad, lo suficiente para soportar los siguientes impactos sin deformarse tanto. Sin embargo, ambos comprendieron que aquello solo les permitiría ganar tiempo. La energía de Odin seguía cayendo sin descanso, y cada explosión los obligaba a emplear todavía más fuerza para mantener la protección.
Dentro de la barrera, Thor observaba la escena con el rostro tenso. Vio a Angrboda luchando por mantenerse en pie y a Arvid haciendo todo lo posible por ayudarla, mientras detrás de ellos los aldeanos se apretaban unos contra otros, aterrados ante la posibilidad de que la protección desapareciera. Thor apretó el mango del Mjölnir y volvió la mirada hacia su padre. Odin seguía en el mismo lugar, rodeado por una tormenta de energía que parecía no tener fin.
Thor lo conocía lo suficiente para saber que no se detendría por voluntad propia. Su padre estaba demasiado consumido por el miedo y la desesperación para escuchar razones, y mientras nadie consiguiera frenarlo, continuaría atacando sin importar cuántas personas resultaran heridas. No bastaba con protegerse ni con esperar a que agotara sus fuerzas. Tenía que llegar hasta él y detenerlo antes de que Angrboda y Arvid perdieran la capacidad de mantener la barrera.
Thor respiró hondo, aunque el dolor de sus brazos todavía le recordaba el esfuerzo que había hecho para contener el primer ataque. Miró a Tyr, que apenas podía mantenerse consciente, y después dirigió la vista hacia Angrboda. Ella seguía resistiendo, pero cada vez le costaba más mantener los brazos levantados. No podía pedirles que soportaran aquello por más tiempo.
—Tengo que detenerlo —dijo Thor, aferrando el martillo—. Si sigo esperando, no va a quedar nadie a quien proteger.
Fenrir giró la cabeza hacia él, como si hubiera entendido sus intenciones. Thor no se detuvo a explicarlas. Se acercó al límite de la barrera mientras el Mjölnir comenzaba a vibrar en su mano, atraído por la energía que se acumulaba a su alrededor. Angrboda lo vio de reojo y comprendió lo que estaba a punto de hacer.
—¡Thor, espera! —alcanzó a decir, sin dejar de sostener la protección—. ¡No puedes enfrentarte a él en esas condiciones!