El calor remanente de los restos del Escuadrón Bravo distorsionaba el aire en el pasillo principal. Las tres siluetas masivas de los Devastadores viraron al unísono, alineando sus sensores ópticos rojos hacia el parapeto improvisado donde Andrés, Juan y Alex se parapetaban.
El canal táctico de la escuadra rugía con estática, pero la voz de Andrés se filtró firme entre las interferencias.
—No podemos competir contra ellos en potencia de fuego frontal —ordenó Andrés, ajustando los parámetros de combate en la interfaz de su visor M-9—. Tienen proyectores de masa electromagnética y látigos térmicos. Si nos quedamos a cubierto, nos van a freír los núcleos uno por uno.
—¿Cuál es la maniobra entonces? —preguntó Juan, sujetando con ambas manos el cañón pesado mientras sus servomotores vibraban por el estrés mecánico—. Esos monstruos pesarán al menos cuatro toneladas cada uno.
—Usaremos la propia geometría del pasillo y el peso de su blindaje en su contra —explicó Andrés, marcando dos puntos críticos en el mapa holográfico del sector—. Alex, vas a sobrecargar el emisor de pulso electromagnético del chasis M-9 para cegar sus sensores primarios durante cuatro segundos. Juan y yo entraremos por los flancos antes de que sus sistemas auxiliares se reinicien.
—Sobrecalentar mi emisor desactivará mis escudos defensivos durante la recarga —advirtió Alex, revisando los medidores de energía en su pantalla gráfica—. Me dejará completamente expuesto si la maniobra falla.
—No va a fallar —sentenció Andrés—. A mi señal
—¡Ahora! —gritó Andrés.
Alex saltó por encima de la barricada de hormigón. Activando los propulsores dorsales del traje, se lanzó hacia el centro del corredor y liberó la descarga completa del pulso magnético de su armadura M-9. Una onda azul brillante reverberó por todo el nivel 45, fundiendo los cables secundarios de las paredes y apagando instantáneamente las visores ópticos de los tres Devastadores.
Los monstruos biomecánicos emitieron un rugido sordo cuando sus arneses de puntería se desconectaron por el choque electromagnético.
—¡Flancos, muevan sus armaduras ya! —vociferó Alex mientras la energía de sus sistemas descendía a niveles críticos.
Juan irrumpió por la izquierda utilizando la velocidad máxima de su traje. Se deslizó por debajo del látigo térmico inerte del primer Devastador, clavó los anclajes hidráulicos de sus botas en la estructura y disparó un proyectil perforante de wolframio directamente en la junta blanda del cuello de la criatura. El impacto provocó una explosión interna de fluido refrigerante que paralizó por completo la masa enemiga.
Por el lado derecho, Andrés superó la cobertura del segundo enemigo. Escaló por el fuselaje exterior del objetivo usando los estabilizadores de la armadura M-9 y encajó la hoja de energía directamente en la abertura del sensor del núcleo del Devastador central. El destello de plasma abrasó las conexiones nerviosas del organismo biomecánico, provocando un colapso en cadena que hizo derribar también al tercer objetivo en su caída.
El corredor se sumergió en un silencio denso, roto únicamente por los siseos de vapor térmico y el goteo de fluido hidráulico sobre las placas de metal rotas.
—Unidades enemigas neutralizadas —reportó la voz automatizada del casco de Andrés—. Sensores locales despejados.
Juan ayudó a Alex a reincorporarse mientras los sistemas del traje de este último se reiniciaban gradualmente. Aunque la amenaza inmediata había sido anulada, la pérdida del Escuadrón Bravo dejaba en claro que la penetración hacia la cúspide de la Torre Central requeriría cada gramo de disciplina de la fuerza M-9.
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Editado: 20.10.2026