La señal de transmisión que Ceidy intentaba estabilizar desde el búnker subterráneo de la base de Hawái comenzó a apagarse, una a una, en las pantallas del mapa global de defensa.
El pánico que los invasores sentían por el parásito tecnológico desató una represalia de proporciones cataclísmicas. Incapaces de contener la mutación dentro de las áreas metropolitanas ocupadas y temiendo que la plaga se infiltrara en los sistemas de su propia flota, los comandantes de la armada alienígena activaron el protocolo de erradicación total: la Purga Orbital.
Desde la estratosfera, los cruceros nodriza liberaron descargas simultáneas de rayos térmicos y artillería de antimateria sobre los principales centros urbanos del planeta.
—¡Se apagó el sector de Norteamérica! —anunció uno de los operadores de comunicaciones, con la voz quebrada por la desesperación—. ¡El rastro de energía de Nueva York acaba de desaparecer del mapa!
—Lo mismo ocurre en Europa y Asia —añadió Ceidy, observando cómo las líneas de comunicación con Londres, Tokio y París se convertían en estática pura—. No están bombardeando para ganar territorio ni para eliminar a nuestras tropas... están borrando las ciudades enteras del mapa para enterrar al parásito y frenar su avance a cualquier precio.
En las calles de las metrópolis asoladas, el espectáculo era dantesco. Los batallones de Marines y las unidades de infantería pesada que intentaban mantener las líneas de defensa tras la ofensiva inicial se vieron atrapados entre el fuego implacable de los invasores y la marea descontrolada de híbridos parásitos que devoraban tanto a humanos como a alienígenas por igual.
En el subsuelo de la torre principal, Andrés Amaya, Juan y Alex contemplaban a través de una compuerta blindada la magnitud de la catástrofe. El suelo temblaba con una violencia inusitada mientras la superficie de la ciudad colapsaba bajo el peso del bombardeo orbital.
—Nos están haciendo el trabajo sucio y destruyendo el planeta al mismo tiempo —dijo Juan, recargando el módulo de energía de su armadura M-9 con un gesto de furia contenida—. Prefieren arrasar sus propias conquistas antes de permitir que la infección prospere.
Andrés se ajustó el arnés del casco, observando el pequeño contenedor hermético donde resguardaban la muestra segura del núcleo parásito que habían extraído en el enfrentamiento anterior. Sabían que ese fragmento era la clave: el único elemento capaz de desestabilizar los escudos de la nave insignia si lograban infiltrarse en medio del caos.
—El enemigo cree que con esto nos han aniquilado y han contenido la plaga —afirmó Andrés con voz firme, mirando a su escuadrón y al Capitán Vera, quien se comunicaba por radio desde el puesto de mando táctico—. Se equivocan. Si el mundo está cayendo, lo usaremos como cobertura para el golpe final.
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ciencia ficcion militar, invasión alienígena, acción y supervivencia
Editado: 20.10.2026