Las instalaciones subterráneas de la base militar de Hawái se habían transformado en un hervidero de actividad militar y logística. Tras semanas de silencio y consolidación, el búnker albergaba a más de veinte mil efectivos entre fuerzas especiales, batallones de infantería de apoyo y apenas una veintena de las codiciadas unidades mecánicas M-9. La misión era clara y urgente: lanzar una incursión coordinada para rastrear focos de resistencia humana, rescatar a los supervivientes aislados en las regiones costeras e interiores, y establecer líneas de suministro seguras.
En el hangar principal, el parpadeo de las luces de servicio iluminaba los preparativos de dos aeronaves de transporte pesado, listas para despegar bajo la cobertura de la noche en una ruta de vuelo de bajo perfil.
A pocos metros de la rampa de embarque, la tensión se cortaba con cuchillo. Ceidy, con su uniforme médico y la tableta de diagnósticos en mano, revisaba los botiquines de emergencia que se cargarían en las naves. Andrés se detuvo frente a ella, ajustándose las correas del arnés de su armadura M-9, la única de su escuadrón que participaría en esta incursión.
—Ceidy, quédate en el búnker —pidió Andrés con voz firme, aunque teñida de una profunda súplica—. Los reportes satelitales indican que las patrullas de rastreo enemigas siguen peinando las zonas de aterrizaje. No puedo arriesgarme a llevarte al frente.
Ceidy dejó caer la tableta sobre la caja de suministros, con los ojos fijos en él, destilando una mezcla de frustración y protección maternal.
—¡No soy solo una médica novata, Andrés! Conozco los protocolos de evacuación mejor que nadie y sé defenderme —respondió ella, cruzándose de brazos mientras un suspiro pesado cortaba el aire—. No es solo por mí... es por el bebé. No puedo permitir que pongas en riesgo lo único que nos queda de futuro si algo llega a salir mal allá arriba.
Andrés guardó silencio. El peso de la revelación de los últimos días lo golpeaba con más fuerza que cualquier impacto de artillería enemiga. Sabía que ella tenía razón; el riesgo era demasiado alto, tanto para su vida como para la criatura que crecía en su vientre.
—Por eso mismo te quedas aquí, donde estás a salvo —concluyó Andrés con suavidad, tomando con sus manos protegidas por guantes metálicos los hombros de Ceidy—. Prométeme que no saldrás del perímetro del búnker hasta que volvamos.
Ceidy bajó la mirada por un segundo, asintiendo lentamente con un nudo en la garganta antes de darle una última palmada en el peto de su armadura.
—Vuelve con vida, Andrés. Los dos me lo deben —susurró ella, dándose la vuelta para regresar al puesto de control médico.
Un fuerte pitido de advertencia resonó en el hangar, anunciando el cierre inminente de las escotillas. El Capitán Felipe Vera, cojeando ligeramente pero con el fusil de asalto terciado al hombro, hizo señas a los dos escuadrones de Marines que ya ocupaban los asientos de sujeción de la primera aeronave.
—¡A sus puestos! El tiempo corre y las señales térmicas en la cordillera están parpadeando —ordenó Vera por el canal general, antes de subir a la rampa del transporte.
Andrés fue el único miembro del equipo M-9 en embarcar; Juan y Alex se quedarían en tierra coordinando la red de defensa del búnker y los enlaces de radar. Al encenderse los motores de turbina de despegue vertical, la aeronave vibró con fuerza, elevándose lentamente hacia la penumbra de la noche oceánica. Con más de veinte mil almas dependiendo del éxito de estas misiones de reconocimiento, la expedición partió hacia un mundo devastado, donde cada sombra podía ser una trampa mortal.
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Editado: 20.10.2026