El ronroneo constante de los motores de turbina de las dos aeronaves de transporte pesadas se filtraba a través del fuselaje reforzado mientras los dos escuadrones de Marines y el sargento Andrés Amaya surcaban la negrura del cielo del Pacífico. Las pantallas tácticas parpadeaban con los códigos de telemetría de vuelo rasante, diseñados para evitar los haces de barrido orbital de la flota enemiga.
—Llevamos doce minutos de trayecto silencioso —anunció el piloto desde la cabina delantera, manteniendo la vista fija en el horizonte oscuro—. A este ritmo estaremos sobre la cordillera en menos de un cuarto de hora. Sin rastro en el radar principal por ahora.
El Capitán Felipe Vera, sentado en el banco central con el fusil firmemente sujeto entre las manos, asintió en silencio. Sin embargo, la calma duró poco. Apenas la formación cruzó la línea de las pequeñas islas atolones, las pantallas de navegación de ambas naves sufrieron una sacudida de estática violeta.
—¡Alerta! —gritó el operador de sistemas con la voz quebrada por el pánico—. ¡Tenemos múltiples firmas no registradas interceptando nuestra ruta! ¡No son drones de patrulla, son cazas interceptores de clase pesada!
Antes de que el Capitán Vera pudiera dar la orden de maniobra evasiva, el cielo nocturno se iluminó con destellos de plasma puro. Desde las nubes superiores, cuatro silueta aerodinámicas de diseño alienígena —híbridos entre naves orgánicas y metal pesado— cayeron en picada sobre el convoy humano.
Una descarga de energía concentrada impactó de lleno en el ala estribor de la Aeronave Beta. El motor secundario estalló en una bola de fuego y chispas metálicas, haciendo girar al transporte fuera de control antes de precipitarse hacia la densa selva de una de las islas menores.
—¡Derribaron a Beta! ¡Perdimos la escolta! —bramó el piloto de la primera nave, luchando contra los mandos mientras los sistemas hidráulicos fallaban en cascada.
La nave de Andrés y el Capitán Vera se sacudió violentamente cuando los cazas enemigos pasaron a escasos metros, rozando el fuselaje con sus campos de plasma. Las alarmas de despresurización y fallo estructural ensordecieron la cabina mientras el humo comenzaba a invadir la zona de carga.
—¡Sujétense todos! ¡El sistema de vuelo manual no responde! —vociferó el piloto.
Andrés aferró los asideros de su armadura M-9 mientras la aeronave iniciaba un descenso en tirabuzón hacia el terreno montañoso y accidentado que se extendía debajo. Con los propulsores laterales intentando amortiguar el golpe, el transporte patinó violentamente contra las copas de los árboles y la roca viva, abriendo un surco de tierra y metal antes de detenerse bruscamente en medio de la oscuridad.
El silencio que siguió al impacto fue interrumpido únicamente por el crujir del metal caliente y el siseo de los sistemas de refrigeración dañados. La misión de reconocimiento había sido interceptada, y el escuadrón ahora se encontraba varado en territorio hostil.
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Editado: 20.10.2026