La comisaría de Villa Luzuriaga tenía un olor a trapo de piso y a café quemado que Matías iba a recordar durante años. Lo sentaron en una silla de plástico frente a un escritorio de fórmica con una quemadura de cigarrillo en el borde, y un oficial joven, que evitaba mirarlo a los ojos, le pidió el documento, el domicilio y el nombre completo de su entrenador. Eran las tres y diez de la madrugada. Todavía tenía el vendaje en las manos. Nadie había pensado en cortárselo.
—Fue una pelea autorizada —repitió Aurelio por tercera vez, de pie junto a la puerta, con la toalla aún colgada del hombro—. Había médico, había árbitro. Fue un golpe limpio.
—Nadie dice lo contrario, don Aurelio —respondió el oficial—. Es el procedimiento.
Pero el procedimiento, esa noche, tuvo algo que no era de rutina. Dos hombres de civil, con campera de cuero y credenciales que no alcanzó a leer, entraron y salieron de una oficina contigua. Se llevaron los guantes en una bolsa de evidencia numerada. Se llevaron las vendas. A él le tomaron fotos de los nudillos, de las muñecas, del antebrazo derecho, y un médico forense le pidió que abriera y cerrara la mano mientras anotaba algo en una planilla. Le preguntaron si había consumido alguna sustancia. Si alguien le había dado algo antes de subir. Si el viejo le había puesto algo en las vendas. Matías respondía que no con una voz que no reconocía, plana, de hombre que habla desde el fondo de un pozo.
El peritaje salió a la luz tres días después, filtrado a un canal de noticias por alguien que no firmó. Los guantes eran reglamentarios, de dieciséis onzas, sin alteración alguna. Las vendas, comunes. Lo que desconcertó a los médicos fue la autopsia. Ismael Cordero no había muerto por el golpe en la mandíbula ni por el choque de la nuca contra la lona, como suele ocurrir. Tenía una lesión cerebral difusa, simétrica, con un patrón de aceleración rotacional que los neurocirujanos consultados describieron, con una prudencia casi religiosa, como «incompatible con la fuerza de un debutante». Un especialista del Hospital Italiano habló en televisión de una energía de impacto comparable a la de una colisión vehicular a baja velocidad. Otro, más cauto, dijo que algo no cerraba en los números, que los números, simplemente, no podían ser esos.
Matías no vio ninguna de esas entrevistas. Las supo por Gonzalo, que dejó de llamarlo al quinto día, y por los mensajes de Lucía, cada vez más espaciados y más cortos. El último decía: «Necesito aire. No me busques». Lo leyó parado en la cocina del departamento, con la heladera vacía zumbando a su espalda, y no sintió el golpe que habría esperado sentir. Solo una especie de acuerdo.
El video había salido de tres ángulos distintos. El de la primera fila, el del muchacho de la gorra, era el que había dado la vuelta al mundo. Matías lo vio una sola vez, a las cuatro de la mañana, con el volumen en cero. Se vio a sí mismo recibiendo golpes, torpe, gris, acorralado contra las cuerdas, y de pronto, durante un cuarto de segundo, algo cambiaba. El cuerpo se enderezaba, la cadera giraba con una suavidad ajena, el brazo salía como un látigo y la cabeza de Cordero giraba hacia un costado con una violencia que ninguna cámara de celular había sido diseñada para registrar. Había una versión ralentizada con millones de reproducciones. Había una versión con música de suspenso. Había comentaristas deportivos en cuatro idiomas diciendo palabras como «anomalía», «imposible», «asesino». Un conductor de Miami lo llamó «el hombre que aprendió a matar en tres semanas».
Se encerró. Bajó las persianas del departamento de Ramos Mejía, desenchufó el televisor, dejó el celular boca abajo sobre la mesa, vibrando contra el vidrio hasta que se quedó sin batería. Afuera, en la vereda, esperaban dos móviles de prensa y un grupo de curiosos que cambiaba cada tanto. Alguien había escrito con aerosol en la puerta del edificio una palabra que el portero borró dos veces y que volvió a aparecer cada mañana. Matías dormía poco. Cuando lo hacía, soñaba con la gota de sudor suspendida en el pómulo del rival, temblando, y despertaba con el brazo derecho dormido hasta el codo.
Comió pan duro. Tomó agua de la canilla. Revisó el saldo del banco una sola vez y comprendió, con una risa breve y fea, que seguía en rojo, que la muerte de un hombre no había movido ni un peso de la cifra. Octavio Brandán había dejado de contestar. El viejo Aurelio apareció en la puerta una tarde, con una bolsa de facturas y la mirada baja, y se quedó parado en el umbral sin atreverse a entrar.
—Yo te vi esquivar ese golpe en la tercera semana —dijo al fin—. No tendrías que haberlo visto, pibe. Nadie podría haberlo visto.
—Don Aurelio...
—No digo nada. Solo que lo vi. —El viejo dejó la bolsa sobre la mesa, sin mirarlo, y se fue sin despedirse.
Fue la noche del noveno día cuando sonó el timbre. No el portero, sino el timbre del departamento, directo, dos toques breves y educados. Matías se quedó inmóvil frente a la puerta. Por la mirilla vio un pasillo vacío, la luz amarilla del palier, la alfombra gastada. Abrió de todos modos, sin saber por qué.
Había un hombre en el rellano. Alto, delgado, de unos cincuenta años que podían ser sesenta o cuarenta, con un abrigo gris oscuro que no tenía una sola arruga y el pelo plateado peinado hacia atrás con una pulcritud de otra época. No traía maletín ni teléfono. Tenía las manos juntas por delante, tranquilas, y sonreía apenas, con una amabilidad que no pedía nada.
—Señor Ferreyra —dijo, y pronunció el apellido con las dos erres bien marcadas, con una corrección que nadie había tenido en nueve días—. Perdone la hora. Me llamo Adrián Vael. Creo que usted y yo tenemos una conversación pendiente.
Matías pensó en los periodistas de abajo, en los móviles, en las cámaras. Pensó que ese hombre tendría que haber pasado frente a todos ellos. Miró detrás de él, hacia la escalera, y no había rastro de nadie. Ni un paso, ni un ascensor, ni una puerta cerrándose. Solo el silencio ordenado del edificio.